04 marzo 2006

Espejo e infierno


Cuenta una famosa leyenda urbana que si te parás frente a un espejo a medianoche y te mirás fijo mientras las campanadas de alguna iglesia dan las doce, en el momento en el que suena la última campanada, verás el rostro del demonio, y tu alma estará condenada eternamente al infierno.
La historia tiene sus variantes, en algunas se ilumina el rostro con una vela, en otras se repite una frase un número determinado de veces; pero en esencia es la misma. Sé que el hecho de hablar de ella es infantil y sin embargo he estado mirándome fijo en el espejo a las doce de la noche algunas veces, creo; claro que nunca pasó nada, y no piensen que voy a terminar la historia diciendo que esta vez por fin he visto algo. No es esa mi intención. Nunca vi ni veré nada en el espejo. No recuerdo bien con que frecuencia hago esto, pero nunca he visto algo.
Esta vez no será distinto.
Se ha escrito mucho sobre los espejos. Transporte a mundos mágicos o infernales. Sabios, místicos, omniscientes espejos. Espejos abominables; veraces o futuristas.
El mío es un espejo común, y es una sensación de dejadez la que me paraliza frente al espejo esta noche cuando me doy cuenta, como saliendo de un sueño, que está terminando de sonar la primera campanada de la iglesia de la avenida.
Y debo reconocer que tengo miedo, como si algo me dijese que deje de mirarme. Tengo suerte de tener una iglesia a media cuadra, porque si la leyenda es cierta, sólo podemos comprobarlo los que vivimos cerca de una iglesia y podemos oír las campanadas nocturnas.

La segunda campanada y un bocinazo me vuelve a la realidad. Si bien sé que nada pasará, me doy cuenta que espero que algo pase. Después de todo, si algo pasase, sería como confirmar la existencia de Dios, porque si existe el Diablo debería existir Dios.

Tercera campanada y volviendo al clima. Otra vez espero que algo suceda, aunque preferiría que no, y créanme que esto no es un cuento de terror. Igual, siento aprensión. Si confirmo la existencia del Diablo, no significa forzosamente que exista Dios, pero si existiese, ¿querría yo comprobar la existencia de un Dios que en el instante en el que por fin creo en el, me manda directamente al infierno?

La lenta cuarta campanada, suena bizarra como una vieja película de vampiros. En el pecho siento una ansiedad creciente. Las películas de horror se basan en la sorpresa que causa el descreimiento. Los que mueren son los descreídos, los irrespetuosos de las leyendas. Tengo una sensación de intranquilidad, un cosquilleo de ansiedad. Pero si Dios ni siquiera existe y estamos en manos del diablo, mirar o no mirar el espejo no supone ninguna diferencia.

Y la quinta campanada suena helada. Noto que mi mente y mi cuerpo están preparados para tener miedo. Reconozco que estoy sugestionada y todo me sobresalta. Ahora estamos el espejo, las campanadas y yo. Y también el Diablo como figura posible, y el infierno. Quizás, romper el círculo sería lo correcto.

Lo único que está en este momento es la sexta campanada retumbando en mi cabeza. Mis ojos fijos. Mi mente que espera pero no espera. Me digo que quizá esta vez podría ser distinto.

Séptima campanada, quiero llegar al final. Hay un desafío, y aunque sé que pasará lo de siempre no me tranquilizo. Es que en el fondo, tener la prueba de que cualquier mito existe, es como entrar en un mundo fantástico. En este caso, un mundo de pesadilla. Y la sugestión me lleva al pánico.

Octava campanada casi muda de silencio. No hay calle ni edificios, hay sólo campanadas lejanas. Miro de reojo, y cada mínimo sonido me sobresalta. Estoy aterrada. Con ansiedad creciente pienso por primera vez en la locura.

La novena campanada me sumerge en un remolino de negrura. ¿Y si en el instante de la campanada final mi mente se rompe y quedo loca para siempre en un infierno imaginario? Considero como otras veces la posibilidad de irme, pero estoy pegada al espejo aunque me propongo llegar al final.

Décima campanada. El corazón me late fuerte. Siento cómo un escalofrío me recorre la espalda, descubro que eso no es una simple frase, es como un dedo frío caminando por mi espina dorsal. Ante mí están mis ojos fijos muy abiertos en medio de un mar esfumado de oscuridad.

Undécima campanada. Los nervios cortan mi respiración. La garganta se me seca de improviso. Faltan unos segundos. Siento la cabeza como un globo y un fino sudor nace de mis sienes hinchadas. Las manos agarrotadas en el vacío. Una brisa me roza la frente, como la locura.
Pero como ya dije antes, sucederá lo de siempre.

Antes de la última campanada, con un suspiro de alivio, cierro decididamente el espejo; y entonces, recuerdo por un instante, con súbito vértigo mientras suena la primera campanada, que mi infierno es la repetición diabólica de este episodio cobarde, eterno y circular.

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3 comentarios:

kuki dijo...

este me re gusto! me imagine la cara de la mina mirando al espejo com una boluda jaja! buen nada sigo leyendo!!
besos teRE!

raimundo gimènez dijo...

esto se llama tener clientela política, bien supo utilizarlo don juan manuel en épocas post coloniales cuando decía "... ay que traer a esos desgraciados africanos y enseñarles lo que es la civilización..." (lo decía cuando tb cagaba a golpes a los gauchos, no se bañaba y se dejaba la barba larga...)

Señorita Cosmo dijo...

Como que la mina tenía cara de boluda?!!! Pero si era yo, Kuki!!