04 marzo 2006


La calle cuatro
Todo empezó con lo de los vidrios.Salí del edificio como todas las mañanas y Doña Esther, que estaba lustrando el portero eléctrico, me preguntó con voz neutra si había visto lo de la compra de los vidrios.
Yo lo había notado, pero no debí darle importancia
hasta que la encargada me lo recordó.
-Quisiera hablar con el administrador -dije cuando por fin me comuniqué.
-En este momento no está, ¿quiere dejar un mensaje?

Reviso el resúmen de los gastos de expensas. Mil quinientos pesos en compra de vidrios para el hall de entrada. Lo del cuarto piso también me llama la atención.
-No ha llegado todavía, ¿quiere dejar un mensaje?
Lo más raro son los dos mil pesos de antenas. .
-Es por lo del cuarto piso, lo de los vidrios, y lo de las antenas.
-Lo lamento, de esos temas se ocupa únicamente el señor Albertino.
Al cabo de dos días, consigo hablar con el señor Albertino.
-Quería saber que vidrios para el hall han sido comprados por mil quinientos pesos.
-Stock -me contesta el hombre.
-Pero si hace treinta años que aquí no se rompe un vidrio -contesto asombrada- Tampoco entiendo el gasto de dos mil pesos en antenas.
-Es lo que salen.
-¿Y de qué son las antenas?
-Si no confía puede venir a ver las boletas. Están todas a su disposición.
-¿Pero antenas de qué?
-Antenas, es obvio que están muy económicas, si usted quiere puede averiguar otros precios y verá que las conseguimos muy económicas.
-¿Y el arreglo del cuarto piso, ese que dice cambio de ventana a la calle Cuatro? De este edificio no se ve ninguna calle Cuatro. Creo que ni siquiera en la ciudad hay calle cuatro.
-Si mira bien, verá que desde el baño se ve la calle Cuatro. Por cierto, una vista muy bella.
Decido ir a hablar con el vecino del cuarto piso.
-Si, por supuesto -me dice indignado- desde aquí se ve mucho más que la calle cuatro.
-¿Vió el gasto de los vidrios?
-Stock, es una idea genial -se entusiasma- piense que durante treinta años aquí no se ha roto ninguno, por lo que según la ley de probabilidades, en cualquier momento pueden empezar a romperse todos juntos. Es matemática pura.
-Quizás podría usted decirme qué son las antenas que se compraron por dos mil pesos -intento saber aprovechando las matemáticas.

El hombre abre muy grandes los ojos. Por un instante sonrío y asiento ante el apoyo desmedido del vecino.
-¿Dos mil pesos? ¡Dos mil! ¿Se da cuenta? ¡Es baratísimo! -y me cierra la puerta en la cara mientras repite la cifra en voz baja.
Encuentro a Doña Esther lustrando el portero eléctrico y aprovecho para preguntarle si sabe a qué antenas se refiere el resúmen de gastos del mes.
-Lo de las antenas está bien. Antes que preocuparse por lo de las antenas, debería preocuparse por lo del ascensor.
-¿Qué le pasa al ascensor?

-Pregunte en la administración, ellos saben.
-
Hasta que no sepa que pasa, decido subir por las escaleras.
-Algo pasa con el ascensor -le digo a Albertino.
-Es cierto, pero hemos tomado cartas en el asunto. Todo está bajo control.
-¿Que tiene el ascensor?
-¿No lo sabe? Qué extraño, usted que tanto se interesa por las cuestiones del consorcio.
-No, no lo sé.
-Es curioso que no lo sepa viviendo usted en el séptimo. Sin duda sabe que se han comprado vidrios para el hall de entrada, y bueno, eso es esencial en lo del ascensor -parece concluír.
-¿Esencial?, No entiendo.
-¡Déjeme terminar! Cuando compramos las antenas, tuvimos en cuenta el ascensor, así que si se fija en el cuarto piso, es lo de siempre. Está todo resuelto como para que se siga en ese orden. No tiene nada de qué preocuparse. Ahora, si me disculpa, estoy muy ocupado con lo de las antenas. Como verá, siempre me ocupo de su edificio y siempre estoy a su disposición para aclarar sus dudas -me dice con una sonrisa en la voz, y me
corta.

Esa tarde, cuando vuelvo a casa después del trabajo, encuentro al señor Albertino hablando con la encargada que lustra el portero eléctrico.
-¡A usted estaba esperando! -me increpa. Por un instante temo que Albertino saque un arma y me mate, pero en cambio saca una carta y me la entrega.
-Para su tranquilidad, aquí le traigo lo que me pidió -y se va.
En casa, luego de subir por la escalera, abro el sobre. Es la boleta de las antenas
A lo lejos se escucha el ruido de un vidrio que se rompe.
Respiro profundo en la noche. Otro vidrio; mil vidrios.
Algunos, en casos como estos, podrían matar o suicidarse; otros, menos sensacionalistas, prefieren hacer juicios, mudarse o dejar que la cabeza gire como una calesita obsesiva. Yo, cierro los ojos, respiro profundo; y mientras oigo caer el ascensor repleto quién sabe de qué, contemplo con resignación las luces de la calle cuatro.


cuentos cortos, relatos breves, poemas en prosa

2 comentarios:

Fer dijo...

Lo que estás haciendo con las imágenes y los textos me parece cada vez más alucinante, Bravo!!
(publicado en el otro blog el 27 de febrero)

Anónimo dijo...

si, habría que hacer un rating, así entro y voto...
sino es un embole!