04 marzo 2006

Matar al vendedor

Es fácil imaginarse asesinando a algunos vendedores que intentan venderte un zapato de frágil taco aguja y altura ilimitada.
Es de cabritilla roja resplandeciente.
Yo quería los bajos de color negro, pero él me ha traído este modelo rojo taco de hilo e insiste emperrado en vendérmelo.
-Es que los tacos les sientan bien a las mujeres -me dice el joven de sonrisa crónica.
-No uso tacos y no me gusta el rojo.
-Debería probarlos, hace que la postura sea más sensual.
-No sé caminar con tacos.
-Es cuestión de costumbre- Y su sonrisa centellea.
-No me interesan los tacos, -digo empezándome a sentir incómoda- además creo que voy a seguir mirando vidrieras antes de decidirme.
-Pero este zapato a usted la favorece. Fíjese, le combina con el pelo -y sus dientes titilan como luces de kermese.
-También combinan con su lapicera -contesto esta vez con seca irritación -¿Porque no los usa usted?
Ahora brilla de felicidad y me pregunto por qué no me voy y para qué quiero yo hacerle entender a este hombre necio que a mí los tacos no me sientan bien.
-Los tacos se acompañan con vestimenta especial, a esa pollera por ejemplo le quedarían bien.
-También a esos pantalones, de hecho mi hermana tiene unos parecidos y los acompaña con tacos.
-No son mi número -me explica con voz festiva.
No entiendo como nadie lo mató hasta ahora. Sus labios tensos me miran en una mueca macabra.
Intento explicarle que así no es, que de esta manera alguien algún día lo va a asesinar, pero él sonríe y sonríe y además asiente.
-Parecerá más delgada -está diciendo ahora, e imagino el taco incrustado en su cráneo, el taco rojo y brillante con la sangre de rubí inundando el esmalte radiante de su sonrisa.
-No necesita llevar nada más que estos zapatos para lucir elegante.
¿No entiende que lo van a matar? ¿Es que no percibe la locura en la mirada o el silencio helado que lo rodea?
¿Que espero para escapar de esa sonrisa payasesca?
Advierto con horror que no es él quien está intentando venderme obstinadamente el zapato; soy yo. Yo, empecinada y terca, soy la que intenta venderle la comprensión. Pero sin embargo no comprendo nada.
El olvido sería una solución, pero me faltan fuerzas.
La serenidad me embarga cuando descubro resignada que mi destino es quedarme.
Alguien va a entrar algún día con el coraje suficiente y no querría perderme por nada del mundo, el instante perfecto y único de su muerte.


Teresa Piana 2005 (relato breve)
cuentos cortos, relatos, sueños y pesadillas literarias

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