24 marzo 2006

Sin culpas


Hay veces en las que una llamada a tiempo, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Un segundo que puede cambiar el destino. Una grieta, una bifurcación.
Luego iba a pensar en eso, porque en ese momento Julia no era capaz de reconocer siquiera el sonido de su propia voz, y sin embargo, sintió verdadera alegría al despertar aquella tarde. Una euforia como jamás había sentido ni volvería a sentir.
Si bien no entendía lo que había pasado, poco le importaba.
Estaba tirada en el piso de cerámica impecable de su casa. Su cuerpo y sus manos estaba limpios, sentía la cara hinchada y la boca seca y tenía en su mano agarrotada el candelabro de plata, pero faltaba el cadáver de Ariel.
Se incorporó despacio. No podía creer lo que veía. En donde debería haber un cuerpo muerto, había un piso de cerámica brillante. Nada en ella, en los dormitorios. Ni siquiera en el cesto de la basura, ni en el baño.
Se asomó a la ventana. Dos pisos abajo, estaba su auto esperándola tal como ella lo había dejado.
Levemente se preocupó por recordar, pero la euforia excedía todo pensamiento.
Si bien no estaba segura de nada (ni siquiera del engaño), la seguridad ahora le parecía lo de menos.
Bajó a la calle. El sol brillaba pálido. Entró en el auto abierto y arrancó.
Había conducido algunas cuadras cuando empezó a sentir un malestar extraño.
Le había llamado la atención por la mañana que las calles estuviesen casi desiertas.
Frenó el auto despacio unas cuadras más adelante y bajó. a respirar.
Se sentía cansada. La euforia que había sentido al despertar, la estaba dejando vacía, como sin energía.
En la vereda de enfrente, un par de ancianos la contemplaban asombrados.
Ella se miró las manos, el cuerpo, se miró en el espejito retrovisor del auto pero no vió nada raro. Sabía que las miradas deberían ser parte de su paranoia inevitable.
Se subió al auto y recorrió las calles solitarias. Había algo extraño en el ambiente.
Llamó del celular a su marido. Nadie la atendía.
¿Porqué llamar a un muerto?. Marcó el número de informes. Nada. Podía llamar a "la otra", pero no. No tenía a nadie a quién llamar.
Decidió perderse en la avenida.
No eran muchos los autos que circulaban, y sentía las miradas en el suyo, como si estuviese cubierto de sangre.
Volvió a bajar y lo inspeccionó. Abrió el baúl.
Algo estaba definitivamente muy mal, pero no sabía que.
Ella lo había matado, y sin embargo, el cadáver había desaparecido.
Lo que en un principio había sido euforia, se iba convirtiendo de a poco en temor.
Pensó en la locura o inclusive en la posibilidad de un castigo infernal por haber matado a un hombre. Aunque ni siquiera sabía si realmente lo había matado y ni siquiera estaba segura de que hubiese habido un engaño y ya tampoco sabía de un marido o una infidelidad.
Siguió con el auto unas horas más, hasta que oscureció.
Sentía la fiebre en sus mejillas. Detuvo el auto en una calle lateral, y entre miedos y temblores, se durmió.



Primero la voz, primero las notas, primero las cartas, primero el teléfono, siempre la confusión.
Todo lo que Julia necesitaba para cambiar su vida era un segundo.
El silencio, el sonido, el llamado, el tono, la otra, desde el otro lado de la línea.
Venía arrastrándose desde hacía tiempo.
El abandono, el ahogo, el despecho, la desconfianza, y ahora la ansiedad.
Encarar la situación había ocupado su mente en el último año, pero el miedo siempre ahí, sin dejar paso al cambio.
Ahora su mente era una llama. Le ardía la cabeza y los ojos, como si el pensamiento desbordante se le escapase.
Murmuraba lo que diría, imaginaba respuestas, se contestaba a si misma, siempre dejando en claro que la verdad era suya. Pero no podía reconocerse ni a si misma.
El llamado todavía estaba detrás, y era lo único que estaba presente en su pensamiento.
Ideas que se mezclaban, asociaciones geniales pero sin freno. De repente todo se unía y hasta el más pequeño detalle resurgía hilvanando la tela de la certidumbre.
No había odio, sólo dolor, por ahora. Y no tenía pensado matar a nadie, aunque imploraba el castigo divino.
Estaba también, la esperanza del error.
Un año sin querer saber. Aún sin querer saber, pero inevitable hacerlo.
El encuentro, la carta, el llamado.
La ansiedad por sobre todas las cosas. El miedo absurdo de confirmar lo cierto.
El no le negó nada. Ella esperaba escuchar un perdón desesperado, un ruego, un juramento de amor único que le permitiría hacerse rogar hasta perdonar altiva y triunfante, pero lo único que hubo fue el silencio y el mirar hacia abajo.
La angustia se fue, y vino el odio.
Lo que más le dolió después, fue que nunca planeó nada, el impulso atroz, la fuerza y el sentimiento fuerte de que solamente un segundo se precisaría para volver atrás y contener el golpe definitivo. El arrepentimiento terrible. Saber que ese instante fatal le había cambiado la vida tanto y para siempre.
Dejó la puerta del auto abierta porque la ansiedad le entorpecía los movimientos y le inflaba el cerebro. La calle estaba desierta.
Subió los escalones rápido pero torpemente, sin esperar el ascensor.
Entró en el departamento y lo encontró asomado a la ventana mirando la nada. Él se dio vuelta y la miró sorprendido por la hora temprana.
-No entiendo -dijo ella en un susurro tembloroso- no entiendo cuándo empezó. cómo no me di cuenta.
El bajó la mirada. Podía sentir la rabia contenida de su mujer.
El silencio la hacía estremecer.
-¿Qué pensaban hacer?¿Cuánto tiempo pensaban seguir sin decirme nada?
-Pensábamos decírtelo hace un mes. Pero no sabíamos como. No queríamos lastimarte.
La mujer tragó saliva y respiró profundo. Ahora venía el momento de no tener palabras. Ahora tenía que golpearlo con fuerza hasta que entendiese lo terrible de lo que habían hecho.
No podía entender que ese hombre le dijese con tanta impunidad palabras tan huecas como aquellas. "No queríamos lastimarte", "Lo hicimos por vos" "Yo siempre te voy a querer".
-Contame todo -dijo respirando con dificultad.
-¿Para qué querés saber? Va a ser peor.
La rabia le daba golpes punzantes en todo el cuerpo.
La sensación incontrolable de que ellos podrían haberlo evitado. De que se lo habían hecho a propósito.
Sonó el teléfono. El se quedó quieto y ella miró el identificador.
-Atendé -ordenó.
Él esperó, pero ella le gritó que atienda.
-Estoy charlando con Julia. Después te llamo.
Entonces, fatalmente se dio la vuelta afirmando su destino. El tono íntimo. La exclusión, el "después" en dónde ella no existía hicieron que algo se rompa en su cabeza.
Julia agarró uno de los candelabros que adornaban la mesa, se le abalanzó de repente con un grito de odio y le golpeó en la cabeza con brutalidad desquiciada.
Con el primer golpe el se dio vuelta sorprendido, el segundo lo hizo caer. Con velocidad vino el tercero que lo desmayó sin darle tiempo a darse cuenta de lo que estaba pasando. Y siguió golpeando una y otra vez hasta que estuvo muerto y siguió hasta que casi no quedó cara ni cráneo y hasta que no tuvo fuerzas y el odio fue un sollozo infantil y vino la calma. Entonces quizo morir ella, pero en vez de eso se recostó al lado del cuerpo con arrepentimiento brutal, pero sin culpas.
No se arrepentía de haber matado a alguien, se arrepentía por lo que había cambiado de su propia vida. Él, ahora, no era más que un muerto capaz de marcarle para siempre el futuro. Antes, le había dado la seguridad de saberse casada. La social, la económica. La de ser una dama. La que temía que otra le quitase.
Ahora lo único que había era el estorbo de su crimen.
Y todo estaba rojo.

La despertó un hombre rechoncho con cara de preocupación. Era un día brillante. Había pasado la noche en el auto y le dolía todo el cuerpo.
El hombre le mostraba el cartel de prohibido estacionar. Se dio cuenta que otras personas estaban mirándola también.
Se miró las manos. Limpias.
La cara desgreñada pero sin sangre.
Un segundo, era lo que había pedido para que su destino cambie. Siempre, toda la vida había pedido ese segundo. Una bifurcación.
Arrancó el auto sin contestarle a nadie, y estacionó a las dos cuadras.
Llamó por teléfono a su casa. La atendió una inesperada voz de mujer.
Pidió por su marido. Temiendo escuchar algo sobre el crimen, mintió cuando le preguntaron quien era. No sentía culpa por haberle quitado la vida a un hombre. Por lo único que se arrepentía, era por el giro bestial que podría tomar su vida de ser cierto aquello.
-Una amiga -mintió cuando le preguntaron quién era.
¿Había habido un asesinato? En su mente sin duda, pero quizás aún estaba a tiempo de elegir.
En esos pensamientos estaba cuando reconoció o recordó la voz.
Unas cartas, un mensaje, la sospecha desde hacía un año, los celos manipuladores, y el detonante: la llamada en el momento preciso que había decidido el futuro.
Su propia voz (o mejor dicho, la de la otra) hablándose a sí misma, entrando en la bifurcación de su destino desdoblado.
Para siempre, sin culpas.





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