25 abril 2006

El paquete




















Valeria sale de su casa dando un portazo.

Mientras espera el ascensor, se seca con torpeza las últimas lágrimas.
Desde algún departamento vecino le llega el murmullo melancólico de un tango. Justo ahora, a ella, que no le gusta el tango.
Juan sale al pasillo enfurecido, la ve subir rápidamente al ascensor. Amaga gritar algo, pero se corta y se vuelve para adentro con otro golpe de puerta.
En la calle duda unos instantes sobre hacia adónde ir.
Todavía está temblando, pero lo disimula bien.
Le da un poco de miedo la noche, aunque en el fondo le atrae.
Se va para la avenida. Camina con paso decidido, con la cabeza en alto, con superioridad, sin mirar a la gente, como dándoles a entender que para ella, el mundo es algo fácil. Demostrando que es libre y fuerte.
En la prisión de su cabeza, los pensamientos le dan vueltas como una calesita.
Se le dividen las respuestas. La golpea la bronca. Se abre paso la angustia y la culpa.
Camina para ningún lado, con paso fuerte, hasta que el miedo allá adentro comienza a encogerse.
Quiere creer que su vida puede cambiar. Que un sincronismo mágico le cambiará el destino, pero la imágen desencajada de Juan, es como un arpón que la incrusta en la tierra.
A la vuelta de una esquina entra en un bar. Es un bodegón ruinoso.
Hay cuatro jugando al ajedrez. Parecen dos maquetas armadas de viejos polvorientos de boina y bandoneón.
Las paredes de azul oxidado se descascaran enmohecidas.
De fondo, suena el lógico tango desde un tocadiscos vetusto.
Durante un instante piensa en salir y seguir huyendo, pero hay algo en el ambiente que la invita a detenerse.
Se sienta en una mesa de fórmica pegajosa y se pide una gaseosa.
De a poco empieza a respirar mejor.
Un hombre aturdido, la mira desde la barra mientras sorbe un vino.
Un par de mujeres muy pintarrajeadas se dan vuelta como espiándola.
Una está muy teñida de rubio. La otra es una morocha desgreñada.
Comentan algo y se ríen. Deben tener cerca de cincuenta años.
Valeria siente que no es de allí. Sabe, que ese no es su territorio.
Presiente que en ese lugar sombrío, pasa algo a lo que no fue invitada. Algo que conjetura que no es suyo, pero que la vincula.
Una de las mujeres la está mirando fijo justo cuando alguien le toca el hombro.
Ella da un respingo asustada. Un individuo decrépito le pregunta si se puede sentar.
El bar le parece raro. La vida le parece rara. El aire se ha vuelto irreal.
El viejo se sienta.
Como todos los viejos de fonda, tiene el aliento rancio y la nariz grasosa como la frente. Todavía le nacen algunos pelos blancos y descuidados entre el brillo de la pelada.
-Vos sos la pibita del Turco, ¿no?.
El tipo está equivocado, pero ella no se molesta en decirle que no mientras le crece cierta incomodidad asfixiante
-Acá te doy lo que me mandó pedir.
Saca un paquete mediano envuelto en papel de diario y lo deposita en el centro de la mesa.
Valeria mira a su alrededor.
Las dos mujeres la miran sonriendo. El resto parece petrificado en sus ajedreces de piedra y madera. Va a decirle al viejo que se equivoca, pero este ya casi se ha ido.
La mujer morocha se levanta y sin pedir permiso se le sienta en la mesa.
-Te felicito, nena. Te lo debés haber ganado.
-No sé de que habla. El señor se equivocó. Yo no sé que es esto, ¿usted escuchó?, ni siquiera conozco a ningún turco -estira la mano y toca el paquete. Algo blando se le resbala entre los dedos detrás del papel.
-Vamos, Valeria- dice la mujer en un tono que a la chica le suena irónico- no te hagás la idiota. Ambas sabemos que te lo merecías.
Ante su nombre y el insulto, se le acelera el corazón y siente pánico. Algo no está bien. Esa gente de ahí no está bien. ¿O es ella la que no está bien? La mujer la mira gravemente.
Bajo la penumbra de la lamparilla que está justo sobre la mesa, le parece mucho más jóven de lo que le había parecido antes.
Quizás, tenga poco más de treinta años, pero está demasiado gastada, descuidada y pintada como una máscara.
Extiende la cabeza a una costado y observa a la otra mujer que está mirando hacia afuera.
-Ella también lo sabe -dice la morocha.
Hay un movimiento rápido que la chica no puede precisar.
Por un momento siente que está viviendo un sueño. Las cosas se le desdibujan, se alejan. La respiración se le dificulta. El tango se distorsiona.
La mujer de su mesa se incorpora y se le acerca.
Escucha como en un eco lejano que alguien le pregunta si está bién.
Ve una luz.
Oye una sirena. Debe ser la ambulancia. Un golpe.
Ve la luz, pero no está muerta.
-Te desmayaste piba -¿De dónde sacó que venía la ambulancia?- ¿Querés llamar a alguien?
Ella mira para todos lados.
Un par de ajedrecistas han dejado el juego y la miran extrañados.
La puerta del bar se cierra de golpe y ve a las dos mujeres que salen apresuradas.
El hombre de la barra la mira inútil desde la botella.
-¿Querés llamar a alguien, piba? -le repite el mozo con cara de "mejor andate".
De a poco se incorpora y mira la mesa.
El paquete no está.
Mira hacia afuera y ve a las mujeres terminando de meterse en un auto que ya está arrancando.
Valeria se levanta del piso y se sienta en la silla que está justo a su lado. En un susurro le pregunta al mozo cuánto es lo que le debe.
-No es nada nena, si no tomaste nada, quedate tranquila. Mejor andá lléndote a tu casa, que es tarde y tus padres deben estar preocupados ¿Cuántos años tenés?
Cada vez que se pelea con Juan, le dan mareos.
Justo cuando va a salir del bar, entra una chica que parece de su misma edad.
Ambas se miran en una fracción de segundo suspendida. Se sospechan en silencio y después siguen sus caminos cruzados.
En ese lugar se siente como una nena. A veces encuentra lugares o personas que la hacen sentir así.
Es hora de volver.
A lo lejos alguien da un portazo.
Tiene ganas de ponerse a llorar pero en cambio, empieza a susurrar un tango sin darse cuenta.

cuentos, relatos, poemas

17 abril 2006

El asesino piadoso


Un criminal abre un blog (desde un ciber cualquiera) y cuenta que cometerá un crímen.
Con premeditación, expone los datos completos de la víctima.
Se podría pensar que al decir a quien va a matar, el homicidio será más difícil porque la futura víctima al enterarse estará preparada, pero el asesino aclara que el homicidio será "algún día". No hoy, ni la semana que viene, ni el año que viene. Puede ser dentro un mes, dos años o veinte.
La víctima (a quien llamaremos Alexis), a partir de ahora vivirá sabiendo que tiene un asesino personal.
Durante un tiempo que le parecerá eterno, sentirá temor permanente. De a poco irá ganando confianza. Un día, habrá bajado la guardia por unos minutos, y en unos años se olvidará del asunto.
Por unos días.
Entonces, el asesino abrirá un nuevo post en el que le recordará que todavía no cumplió.
Alexis empieza a vivir en alarma nuevamente, esta vez, con la certeza de que alguien le sigue los pasos. Por algún motivo, siente que el asesino habla con la verdad.
La vida se le hace insoportable.
Ya no se relaja con el tiempo, al contrario, cada vez siente más desesperación.
El sueño y la noche, se tornan imposibles. El trabajo, y todo tipo de relaciones se resienten hasta que queda en la más absoluta soledad.
Entonces decide contratar un asesino a sueldo para que termine con su vida encontrando en esa eutanasia suicida, una suerte de venganza final.
Antes de morir, alcanza a leer el último post que le dedica el asesino:
"No es el dinero ni el odio lo que apura tu muerte. Es la piedad".

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04 abril 2006

Desde adentro


Escuchó por primera vez el ruido una tarde mientras leía "Casa tomada" en el porche. De repente, desde adentro de la casa donde no debería haber habido nadie, vino un sonido como de dos o tres pasos rápidos y el silencio.
Permaneció atemorizada del otro lado de la puerta, a la espera de oír algo más, pero no.
Cuando empezó a dudar de su oído, entró lentamente a su casa. La registró con cuidado y no encontró a nadie.
La siguiente vez que lo escuchó fue mientras entraba al baño. Desde afuera le llegó un sonido como de corridas y muebles atropellados. Paralizada contuvo el aire hasta que el ruido se detuvo. Después de un tiempo que no supo calcular, agarró el tubo del desodorante de ambiente, y esgrimiéndolo como si esto fuese a ofrecerle gran protección, salió lentamente del baño con el estómago endurecido.
Nada.
Por supuesto, la tercera vez, se acordó de las anteriores, pero el miedo no fue menor.
Estaba cerrando la puerta de su dormitorio para poder abrir el placard con comodidad. El ruido esta vez fue largo y bullicioso.
Alguien estaba corriendo por su casa, y esta vez, le pareció que había más de una persona.
Agarró la tijera que guardaba en su mesa de luz, y por primera vez dudó de salir antes de que los sonidos terminaran. Pero esperó, y obviamente, tampoco vio a nadie.
Aprendió a manejar lo de los ruidos viviendo con las puertas abiertas, hasta que una noche, al apagar la luz, lo sintió en su propio dormitorio y a su lado.
Con el corazón a punto de estallar, y el terror en la garganta, estiró la mano y de un golpe encendió la luz, pero al igual que las otras veces, no había nada.
A partir de allí, sus noches cambiaron para siempre.
Como cada vez que apagaba la luz, empezaban los ruidos que eran cada vez más fuertes y bullangueros, decidió dormir con las luces prendidas.
Previendo cortes de luz, compró una linterna que guardaba debajo de su almohada.
Descubrió que el tumulto aparecía siempre que ella no podía ver del otro lado, fuese detrás de una puerta, un armario, o cuando apagaba la luz, y entonces su vida se volvió más luminosa, y sus puertas se mantenían indefectiblemente abiertas.
Las pocas veces que escuchaba accidentalmente los ruidos, notaba que eran cada vez más violentos. Inclusive, una vez le pareció notar que había gritos en el bullicio.
La fatalidad la sorprendió una tarde tranquila, en la que se disponía a dormir una siesta.
Cerró los ojos con deleite y entonces lo escuchó.
Estuvo cuatro días sin dormir.
El último día, comenzó a gritar y a correr para evadir el sueño.
En eso estaba cuando se dio cuenta con pavor, que ahora ella era parte del ruido.

cuentos, relatos, poemas, literatura