27 diciembre 2006

El estanque














Hay distintos tipos de calor. Están los calores climáticos, los de la fiebre, la vergüenza o la pasión. Existe el calor de hogar o el del infierno, pero el de la casa del viejo era un calor distinto.
A Pablo lo llamaron por el panfleto que había pegado en la calle: "Clases de natación a domicilio".
La entrevista era para conocer al interesado y para evaluar si la pileta particular permitía las lecciones.
Pleno enero. Uno de los días más sofocantes del verano. Treinta y seis grados a la sombra, cuarenta y cuatro la sensación térmica y eso significa que no corría ni una ínfima brisa en toda la ciudad.
Lo recibió un viejo de mirada esquiva que llevaba una camisa y un pantalón desaliñados de tonalidades claras.
Entró.
Afuera el sol de las cuatro de la tarde. Adentro la penumbra. Con las persianas y las ventanas cerradas la sala estaba apenas iluminada por una lamparita de cuarenta wats, y el calor... el calor que había ahí era comparable al de estar en la cocina de una pizzería que hubiese estado funcionando un día entero sin ventilación.
El aire seco casi no dejaba respirar pero lo más sobrecogedor de esa atmósfera caliente era la fetidez. Imperaba un tufo ácido, como mezcla de orina y humedad o más bien de papa podrida. Si alguna vez olieron una papa putrefacta en el punto máximo de la delicuescencia saben a que me refiero.
A un costado del recibidor había un pasillo sombrío del que parecía provenir un silbido constante.
Atravesaron el living y salieron al jardín trasero en donde el ambiente era húmedo pero real. Una maraña de árboles que no dejaban ver el fondo, daban la sensación de un bosque interminable.
En el medio y rodeado de un revoltijo de yuyos sin podar, un estanque oscuro en donde era imposible nadar más de seis brazadas seguidas, intentaba hacer las veces de pileta.
-Yo sé que acá es difícil de practicar natación, pero tiene que ser acá por que yo no salgo desde que murió mamá.
El chico miró la superficie del agua estancada y creyó ver pasar a toda velocidad un cardume de renacuajos.
-por el agua no se preocupe que la voy a renovar este fin de semana y la profundidad es la adecuada aunque no sé cual es exactamente. Cuando murió mamá me vine muy abajo pero este año me decidí a cambiar, y entonces me llegó el cartelito suyo.
Entraron otra vez en la vivienda y el hedor pareció más fuerte.
Pablo se quería ir, pero el hombre lo hizo sentar en un sillón ajado que estaba sobre un desnivel elevado de la habitación. Desde allí, le sorprendió poder ver a través de una rendija de la persiana una parte del estanque.
-tendríamos que hablar de precios -dijo el viejo.
Y el zumbido desde el corredor que parecía aumentar hincándosele en la cabeza.
-Quisiera un vaso de agua por favor -pidió el muchacho.
El anciano desapareció en el pasillo y volvió en menos de un minuto con un vaso deslucido de agua casi caliente. Pablo humedeció sus labios y sintió nauseas.
Miró hacia el parque mientras sentía que el sudor le bajaba por la frente y la espalda. Le pareció que algo se movía en la podredumbre de la pileta. Dejó el vaso en una mesita desvencijada a su lado.
-la casa se vino abajo cuando murió mamá. Ella murió de repente y siempre se había hecho cargo de todo, entonces yo me dejé estar...
Con una creciente sensación de irrealidad Pablo miró al individuo decrépito y le pareció ver una mancha en el costado de su pantalón.
-La psicóloga me dice que tengo que relacionarme más con la gente, y usted es la primer persona que entra acá desde que murió mamá.
Para cerciorarse de que todavía existía el mundo sacudió la cabeza y miró hacia afuera. Algo flotaba en el estanque.
Se puso de pie y el universo le giró alrededor. Empezó a ir hacia la puerta de calle pero el anciano se paró adelante de el. Tenía un olor nauseabundo.
-¿Se siente mal? -le preguntó. La mancha de su pantalón se había extendido.
Pablo siguió caminando hacia la puerta dando brazadas y boqueando, intentando huir del aire asfixiante que parecía habitar en ese lugar mientras el zumbido crecía como una migraña aguda.
-¿se siente mal, querido?
Mientras caía en la oscuridad alcanzó a ver con pánico tras las espaldas del viejo en ese verano ardiente y en el fondo del pasillo la estufa, encendida al máximo.