11 septiembre 2008
El premio
-Si echásemos ahora un cadáver con algo pesado para que se hunda, - dijo Sofía- nadie lo encontraría hasta el verano próximo.
Le faltaba poco para cumplir los catorce años y era la más grande.
-¿Y cuánto falta para el verano? -preguntó Natalia.
Estábamos las tres sentadas en el borde de la pileta de nuestra casa mirando el agua podrida. En invierno se ponía de un verde oscuro muy opaco. La imposibilidad de ver el fondo daba la sensación de gran profundidad. Ahí podía ocultarse cualquier cosa. Un noviembre, al vaciarla, papá había encontrado la cuchilla de carnicero que usaba para los asados y que había desaparecido tres meses atrás. Estuvo varios días preguntando retóricamente cómo había llegado allí.
-Capaz que alguien se salvó de ser acuchillado –había bromeado Sofía.
Ahora, desde dentro de la casa, Marta, la esposa de nuestro padre, nos preparaba la merienda.
-En cualquier momento nos llama para tomar la leche -dijo Sofía- Tenemos que decidirnos ya.
Ella lo tenía decidido.
-Estemos preparadas -dije sin mucha seguridad- Por las dudas.
-Entonces estamos las tres de acuerdo -afirmó Sofía.
-¿Y si justo llega papá? -preguntó Nati.
-Papá no va a llegar –contestó secamente Sofía.
Nos levantamos como tres sonámbulas y entramos. Marta horneaba un bizcochuelo que tenía un olor riquísimo.
-¿Y si primero comemos?-pregunté.
-Después -contestó Sofía.
Nos sentamos a la mesa. La esposa de papá se asomó por la puerta.
-¡Les tengo una sorpresa! -dijo sonriendo- ¿Se lavaron las manos?
Nos fuimos a lavar.
-¡Dice que tiene una sorpresa! -susurró Natalia contenta.
-Andá a buscarlo ahora -me ordenó Sofía en voz baja.
Yo había aceptado, pero me sorprendió la orden. Dudé.
-Andá. ¿Qué esperás?
-Pero Marta nos dijo que tiene una sorpresa -volvió a decir Natalia- A lo mejor llega papá.
-No sé si papá va a llegar -dije yo.
-No va a llegar –afirmó Sofía desafiante.
Me escabullí por el pasillo hasta el dormitorio de nuestro padre. Abrí el placard y usando los cajones de escalera me trepé hasta el estante superior. Al fondo, bajo unos manteles viejos estaba la caja con el arma. La agarré y volví al baño.
-¿Y si no está cargada? -pregunté.
-Está cargada -dijo Sofía- Papá siempre se enojaba porque ella quería tenerla cargada.
-¿La puedo ver? -dijo Natalia estirando la mano.
-No -le contesté esquivándola- sos muy chiquita para esto.
Volvimos al comedor. Yo llevaba el revólver en el buzo.
-Dámelo-me dijo Sofía.
Se lo pasé por debajo de la mesa. Natalia agarró el termo de café con leche para servirse.
-Después -la frenó Sofía.
-No -lloriqueó Nati- ¡Quiero ahora!
Entró Marta trayendo la bandeja con la torta y la puso sobre la mesa. Se la veía feliz.
-En algún lugar de la torta hay una cosa que tienen que descubrir. La primera que la encuentre tiene un premio –dijo, y canturreando agregó
-Torta con sorpresa... Torta con sorpresa...
Se fue.
-¿Qué hacemos? ¿La comemos? -pregunté.
-¿Estás loca? -dijo Sofía- ¿Todavía no entendiste? Seguro que hay una trampa. Capaz que hasta veneno le puso ¡Tiene que ser ahora!
-¿Ahora? –pregunté- Dijimos que “por las dudas”... ¿Estás segura?
Noté que le corría sudor por las sienes. Tenía las mejillas sonrosadas. Respiraba agitada. Empezó a sacar el arma.
-Yo siempre estuve segura porque yo lo sé -dijo- Ustedes no me creen, pero yo lo sé.
-¡No quiero! -exclamó Natalia- ¡Tengo miedo! ¡Quiero esperar a papá!
-¡Callate la boca mocosa! -gritó Sofía agitando el arma en el aire- ¡Papá no va a volver más!
-¡¿Y si no es verdad?! –me lancé yo- ¡¿Y si ella no lo mató y es verdad lo que dijo?!
-¡¿Qué decís?! ¡Estúpida! ¡A vos también te lavó el cerebro! -me increpó- ¿Cuándo cambiaste de opinión? ¡Hasta hace cinco minutos estabas de acuerdo!
Escuchamos que Marta venía por el pasillo.
-¡Mi idea era que estuviésemos alertas! -dije levantando la voz- ¡Era como un juego y pensé que vos también jugabas!
Sofía temblaba de furia. La miró a Natalia y la encaró:
-¿Y vos? ¿Vos también pensaste que era un juego?
Natalia se puso a llorar. Yo la miraba a Sofía. Otra vez, todo lo que habíamos hablado me parecía una locura. Sofía estaba completamente loca. Intentaba convencernos desesperada. Hablaba atropelladamente con los ojos desorbitados. Escupía salpicándonos como si ese discurso fuese cuestión de vida o muerte.
-¡¿No se dan cuenta de que nos miente?! ¡Nos mintió en todo! ¡Nos tiene acá atrapadas para poder matarnos a nosotras también!
Marta entró en el comedor sin mirarnos y se sentó. Yo estiré la mano hacia Sofía, le saqué con suavidad el arma y me la metí de nuevo debajo del buzo.
-¿No empezaron a comer? -preguntó sonriendo la mujer.
Me paré y me fui hacia la puerta.
-¿Dónde vas? -me preguntó Marta sin levantarse de la silla.
Miró a Natalia que lloriqueaba.
-¿Qué pasa querida?
Salí al jardín. Me acerqué al borde de la pileta dando la espalda al ventanal. Arrojé el arma al agua. La miré hundirse hasta que desapareció de la vista. Volví al comedor. Natalia masticaba la torta despacio. Sofía daba sorbos al café con leche. Me senté.
-Quería ver si había renacuajos -le dije sirviéndome una porción de torta- Siempre se llena de renacuajos cuando se pudre el agua.
-Coman despacio -dijo la mujer sin abandonar la sonrisa, y volviendo a canturrear agregó -no sea cosa que les caiga mal el bizcochuelo o se atraganten con la sorpresita.
-¿Y vos no comés? -le pregunté con súbita sospecha.
Natalia se sacó entusiasmada un objeto dorado de la boca.
-¡Me tocó a mí! –exclamó feliz alzando la bala en el aire- ¡¿Cuál es el premio?!
-Ahora no –me respondió Marta . Un gesto pérfido se le dibujó en la cara- Yo voy a esperar a a que llegue tu padre.
14 julio 2008
Angelito
Mi familia y yo vivimos en una enorme casa. Nosotros le decimos "La Mansión", aunque en el barrio la conocen como "La casa de los monstruos".
Yo soy la más chica. Hace una semana que cumplí los quince y ya estoy enamorada.
En La Mansión vivo con mis padres, mis abuelos, mis tíos y algunos primos. Somos todos hermosos y los vecinos no nos llaman "los monstruos" ni nos tienen miedo por mí o por mis familiares, sino por la vez que se escapó Angelito.
Angelito no es malo, pero es un poco impulsivo. A mí me gusta porque es todo blanco y tiene la piel tan transparente que se le marcan las venas hasta en el rostro. Esta característica y sus enormes ojos celestes, hacen que todo su cuerpo parezca resplandecer de azul claro.
Cuando duerme, me encanta mirarlo a través de la piedra aguamarina incrustada en la tapa de su cajita. Entonces se bifurca su imagen entre las mil facetas celestes de la piedra y se mezcla con la mía como en un caleidoscopio. Disfruto eso porque me imagino que él y yo nos casamos y tenemos hijos. Yo quiero tener hijos de Angelito y no me importa su edad ni que la gente haya dicho que es un monstruo. Yo lo amo igual aunque no tenga pene.
El día que se escapó, lo tuvimos que volver a meter en la casa entre toda la familia. Era mediodía cuando se oyó el grito de una vecina. Es raro que él esté despierto a esa hora. En general sale de noche cuando nos reunimos todos en el salón rojo a bailar y a cantar. Ángel baja y después de un rato se une tímidamente a nuestro baile. A veces canta. Cuando esto ocurre, el resto de los presentes guardamos un silencio admirado. Su cuerpo refulge tanto que el lugar parece volverse violáceo, entonces, mi tío del medio empieza paulatinamente a acompañarlo, los primos hacemos rondas lentas a su alrededor y al final terminamos todos gritando de felicidad, dando vueltas y saltando por el centro de la pista.
Aquel mediodía sentimos un grito y luego otro. Salimos a la calle a ver qué pasaba y ahí estaba Angelito yendo de casa en casa golpeando las puertas mientras reía a carcajadas todo desnudo con esas alitas pequeñas que le salen en la espalda cuando está contento. Me gusta porque es flaco, casi celeste y no tiene ni un solo pelo en todo el cuerpo.
Los tíos corrían por la calle llamándolo desesperados. La gente se asomaba a sus ventanas o se precipitaba calle abajo. Los abuelos iban de acá para allá sin saber qué hacer, mis primos y yo mirábamos y aplaudíamos contentos. Papá tuvo que salir con la escopeta. Yo sé que mi padre nunca le haría daño a nadie y sin embargo cuando disparó al aire me asusté, pero por suerte Angelito cayó de espaldas durante un segundo y eso bastó para que lo agarren entre varios. Lo que pasó entonces a mí me dio un poco de impresión.
Angelito empezó a ponerse nervioso. Los ojos le bullían de ira. Empezó a gritar algo indefinido y mientras lo sostenían entre mis ocho parientes más fuertes, empezó a moverse para todos lados con furia. Le salía espuma por la boca, tiraba manotazos para todas partes. Al tío más forzudo que intentaba sostenerlo, casi le saca un ojo de tan profundo que le hizo el rasguño en la cara. A mi papá le tuvieron que dar ocho puntos en la frente. Una de mis tías, la que pudo escabullirse para darle la inyección, tiene la cicatriz en el brazo de un tajo que casi le corta la arteria. Esa vez me quedó bien claro que no conviene hacerlo enojar.
-¿Cuántos años tiene Angelito? -le pregunté una vez a mi abuela más vieja.
-No sé -me contestó-, nadie lo sabe. Estaba en la familia desde que mi propia abuela tenía recuerdos.
-¿Y alguna vez se va a morir?
-Dios quiera que sí.
Yo no sé por qué mi abuela más vieja querrá que Angelito muera, porque con nosotros es tranquilo, come poco (apenas un par de frutas al día) y casi no ensucia.
Admito que el día que se escapó fue un problema. A la tarde vino la policía con una orden del Juez y revisaron toda la casa. Claro que no lo encontraron, porque cuando él duerme se vuelve tan chiquito que muy pocos lo vemos. Por eso me gusta mirarlo cuando está dormido. Lo miro través del aguamarina de la tapa de su cajita. Ahí donde mi reflejo se funde con su imagen entre las mil facetas de la piedra preciosa y me enamoro y quiero ser la madre de sus hijos y aunque sé que eso es imposible, igual lo amo: por su cuerpo, por su color, y porque sé que él también me amará algún día, desde dentro, muy desde dentro de su alma.
23 junio 2008
Ataque de apéndice
...En la mayoría de los casos, se produce por una obstrucción que suele estar ocasionada por un fecalito (masa de materia fecal dura y seca) y con menor frecuencia, por cálculos, tumores, cuerpos extraños o parásitos...
A los diez años tuve mi primer orgasmo.
Papá es médico, mamá católica, y yo, según dicen todos, estúpida; pero no se crean que esto último es tan así. A mí lo que me pasa es que me cuesta hablar bien, o más bien expresar lo que quiero decir, sin embargo leo a la perfección aunque nadie lo sepa y por eso es que sé tantas cosas; porque siempre ando leyendo todos los libros y revistas que hay en casa, desde las cosas de catequesis de mamá hasta las revistas médicas que le mandaban a papá. Leo, inclusive, mejor que mi primo que ahora tiene 13 años. Claro que lo hago a escondidas porque todos creen que yo no sé leer y que cuando agarro los libros miro las letras imitando a la gente grande. Por eso, por todo lo que leo, sé que lo que yo tuve hace casi un año completo, fue un orgasmo.
Yo estaba bañándome con el duchador manual, y al llegar a lavarme la parte de la entrepierna me detuve como siempre en sentir esas sensaciones cosquilleantes que se me aparecían cuando lo usaba, pero esa vez, de repente, me estalló el orgasmo en toda la panza como si me hubiesen puesto una bomba por dentro. Enseguida supe lo que era y supe que eso que estaba haciendo era masturbarme, que es un pecado y que las mujeres sanas no lo debemos hacer, por lo tanto yo estaba enferma. A mamá y a papá decidí no decirles nada, porque seguramente se iban a enojar, sobre todo ella que siempre está rezándole a la virgen o enojada. Me prometí a mí misma no hacerlo nunca más, pero me mentí.
Empecé a bañarme casi tres o cuatro veces por día y como estaba siempre limpia, me dedicaba a ir directo al grano ni bien meterme en la bañadera. Yo sabía que lo que hacía estaba mal porque lo decían algunos folletos que tenía mamá. Intentaba controlarlo pero no podía. Aún cuando lo intentaba, necesitaba dedicarle aunque fuese unos minutos al duchador. A mamá le llamaba la atención que yo hubiese pasado de hacer tanto escándalo por no querer bañarme, a querer bañarme durante tantas horas. Me limité a explicar con dificultad que el Doctor Socolinsky, a quién me hacía ver en la televisión, había dicho que la higiene era muy importante en los niños.
Fue inútil que me insistiesen en que no era necesaria tanta, así que finalmente mi mamá me prohibió mirar al Doctor Socolinsky y esperó a que se me pase el ataque de limpieza.
En realidad lo que me pasó es que seguramente por el exceso de agua que me entraba por el canal de donde sale el pis, amanecí una mañana con un dolor terrible en el costado derecho del vientre. Casi no podía ni moverme, pero como yo no voy al colegio y mamá reza durante toda la mañana, nadie notó que ese día no me levanté.
Del dolor no dije nada porque mi papá es médico y supuse que ni bien me tocase se iba a dar cuenta de que tenía todo lleno de agua y entonces, por asociación, iban a entender qué hacía en el baño con el duchador a la hora de bañarme. Eso era del todo terrible. Mamá es capaz de pegarme muy fuerte cuando está enojada, así que me quedé todo el día en cama esperando que se terminen los pinchazos, pero a la noche, cuando fui a cenar no sólo eran peores, sino que empecé a vomitar sin poder evitarlo. Después de palparme el estómago, papá me dijo que era un ataque de apéndice y, como tenía mucha fiebre, me llevaron al hospital para operarme.
En el camino me explicó que cuando uno comía uvas, a veces las semillitas se iban acumulando en el apéndice hasta llenarlo y que había que sacarlo porque se podía infectar.
Yo no quería que me operen porque las operaciones me dan miedo, así que entré en la disyuntiva de si decir la verdad o no. Como parecían todos muy apurados por meterme al quirófano, en un momento en el que estaba con mamá y papá a solas en la habitación, les confesé llorando lo del duchador. No lloraba tanto por lo que contaba sino por el miedo a la operación.
Mamá se puso blanca como un papel. Tenía los ojos abiertos como dos platos (estas dos oraciones, están en muchos libros y aunque no hablen específicamente de mamá, parecen hechas especialmente para ella en ese momento).
Papá me miraba seriamente.
En ese momento entró el camillero para llevarme al quirófano y ellos no parecían haber entendido lo que pasaba porque no hacían nada para que el procedimiento para operarme se terminase, así que mientras me llevaban por el pasillo y durante todo el tiempo que duró mi conciencia hasta que caí dormida, estuve gritando la verdad.
-¡No es un ataque de apéndice! ¡Es agua que me entró de cuando me masturbo con el duchador! ¡Por favor no me operen! ¡Es agua!
No hubo caso. Los médicos se miraban entre sí y me pareció que la enfermera se reía, pero no parecían entenderme por más que me esforzaba en ser clara. Uno de los enfermeros me dijo que me quede tranquila.
-Lo que pasa es que a veces uno come uvas, las semillitas en vez de bajar, se van para el costadito en donde está el apéndice y cuando ya hay muchas semillas, duele. Seguramente es eso.
Fue muy cariñoso conmigo, pero era obvio que nadie entendía lo que yo estaba queriendo explicar. Seguí intentándolo hasta que me pusieron una cosa en la cara, no pude respirar más y se ve que me dormí.
Cuando desperté, mamá parecía haber llorado mucho y papá no estaba. Después de que se me pasó el efecto de la anestesia le pregunté por qué me habían operado igual.
-Callate la boca -se limitó a ordenarme. Y eso fue todo lo que dijo hasta que volvimos a casa.
Me preocupó que el duchador ya no estuviese. Por un lado me parecía mejor porque me evitaba pecar e irme al infierno, pero me daba miedo tener ganas incontrolables de usarlo y no tenerlo. De todas formas, no tardé mucho en descubrir formas menos tecnológicas de masturbación. Inclusive mi primo, el que ahora tiene 13, se encargó, algunas veces, de ayudarme a descubrirlas, pero esa noche, la noche en la que llegué después de la operación y los días subsiguientes, las cosas me empezaron a parecer bastante negras.
Mamá y papá no hablaban del tema en lo más mínimo. A decir verdad,no hablaban de nada, ni conmigo ni entre sí. Mamá se pasaba mucho tiempo encerrada rezando y papá se iba. Había noches en las que ni siquiera volvía y aparecía recién al día siguiente con algún regalo para mí.
Una tarde, poco tiempo después de todo eso, llegó a mis manos una revista en donde aparecía dibujado el sistema digestivo y ahí estaba el apéndice a un costadito y colgando. Entonces entendí: al ponerme el duchador abajo, el agua iba subiendo por el intestino hasta llegar al apéndice y llenarlo como si fuese una bombita de agua.
Aquella tarde mamá y papá se habían estado peleando más que de costumbre pero a la hora de la cena la cosa parecía estar mejor porque casi no hablaban así que aproveché ese momento para hacer la pregunta:
-¿puede ser que el chorro vaya subiendo por los intestinos con las semillitas hasta llegar al apéndice y llenarlo como si fuera una bombita de agua?
-¿de qué hablás? -contestó papá.
-del ataque de apéndice y las semillitas de uva -expliqué- ¿puede ser que cuando me ponía el duchador abajo de...
No pude terminar. Papá se levantó de repente golpeando la mesa.
-¡Se terminó! -tronó su voz (esta oración también está en muchos libros pero parece especialmente hecha para papá en ese momento)- ¡Qué agua, qué semillitas ni qué carajo! ¡Mierda! ¡Lo que te entra al apéndice es mierda dura y no se hable más del asunto carajo!
Terminamos la cena en silencio pero yo estaba teniendo una nueva duda.
Esa noche fue rara. Mamá y papá se encerraron en el dormitorio. Yo oía ruidos y discusiones, pero no alcanzaba a entender bien lo que decían. Me daba cuenta de que mamá estaba llorando a los gritos.
De repente, se abrió la puerta y vi que pasaba mi papá con la valija que usábamos para irnos de vacaciones.
-¡Eso es lo que me mandó tu Dios! ¡Una hija puta y una esposa frígida!
Yo sabía lo que quería decir frígida porque lo había leído en los libros. Frígida era que mamá nunca había tenido un orgasmo ni con el duchador ni de ninguna otra manera y eso no debería ser muy lindo. Casi que debería ser más lindo ser puta, pero yo tenía dudas más importantes en ese momento.
Mamá le imploraba a los gritos que no se fuese, pero él se fue igual sin siquiera saludarme y pasó casi un año hasta que lo volví a ver de nuevo hace muy poco, pero antes, esa noche, vino mamá llorando a mi cuarto.
Se metió conmigo en la cama y me abrazó muy fuerte. Casi no me dejaba respirar pero como la vi cariñosa aproveché para hacerle la pregunta.
-entonces lo que el agua empuja por los intestinos hasta meterla en el apéndice, ¿es la mierda?
Mamá me voló la cara de un sopapo (esta oración nunca la vi aplicada a mí cara, pero está en los libros y parece hecha especialmente para este momento). Fue tan fuerte que la cabeza me quedó zumbando por un rato.
Ella salió corriendo del cuarto mientras gritaba y se encerró en su pieza.
Yo me quedé llorando de la bronca y la sorpresa que me había causado el golpe y después de un rato me levanté y me asomé a mirar a mi madre.
Estaba acurrucada en su cama envuelta en sus sábanas y llorando en silencio justo bajo el cuadrito de la Virgen María que tenía sobre la pared.
Me dio pena. Me acerqué y la abracé.
Ahora entendía todo: mamá era virgen, por eso era frígida. Me preguntaba si la virgencita también era frígida. Seguramente, saber que ella era parecida a esa mujer que admiraba tanto la pondría contenta. Pensé en preguntárselo, pero no soy tan estúpida, si quería alegrarla iba a tener que elegir otro momento. Ese, no era el indicado.
14 mayo 2008
La hermanita
Mariano y yo nos reencontrábamos después de veinte años sin vernos. Nos habíamos conocido en el ochenta y uno, dos meses antes de la muerte de su hermanita.
Ni bien conocernos congeniamos, en parte porque teníamos la misma edad y mucho en común, en parte porque ese día a él se lo veía mal de ánimo y muy drogado y a mí, pese a mis quince años, ya me empezaban a gustar los adictos a cualquier cosa por quienes sufrir.
Yo vivía con mamá, no porque lo prefiriera sino porque tenía miedo de que intentase suicidarse si le decía que me quería ir a vivir con papá. Por eso la odiaba, porque cada vez que no conseguía sus propósitos intentaba suicidarse. No es que me preocupase que se muriese, al contrario, pensar en su ausencia me tranquilizaba; lo que me preocupaba era llegar a quedarme con cargos de conciencia para siempre y tener que hacer terapia de por vida.
Mariano vivía con sus padres que eran la clase de padres que yo hubiese querido tener y con su hermanita Down de siete años. La nena había sobrevivido a la operación de una cardiopatía congénita, pero murió baleada poco tiempo después en un robo casual por un delincuente común que nunca más apareció.
-Mejor -había dicho mi madre cuando se enteró- si después crecía se iban a tener que hacer cargo para siempre de la chica mogólica.
Yo a ella le discutía todo, pero eso no se lo discutí porque desde hacía un par de años que había empezado a pensar por mí misma y me parecía estúpido discutir semejante idiotez pero sobre todo me parecía tristísimo el dolor tan silencioso de aquellos padres. Y por Mariano, que guardaba un silencio empecinado sobre el tema.
A papá también lo odiaba, más que nada porque sentía que nos había abandonado dejándome a mí la responsabilidad de los intentos de suicidio de mamá, pero vivir con él era más fácil, siempre me daba todo el dinero que le pedía y no lloraba a los gritos cuando alguien no estaba de acuerdo con lo que él decía.
Mariano y yo nos juntábamos en su casa a charlar, fumar porro y escuchar música casi todos los días. Siempre durante la noche cuando todos se habían ido a dormir.
A medida que íbamos creciendo, él se volvía más fanático de las drogas y cada vez hablaba menos con sus padres. Eso me llamaba la atención, porque ambos parecían buena gente pese a ser padres. Al viejo lo habían nombrado juez de algo. A mí no me gustaban mucho los jueces, pero el tipo este era buenazo y por eso lo quería.
-Tené cuidado con esa gente que nadie llega a juez siendo buenito -me decía mi mamá, que aunque a veces la acertaba, era la persona menos indicada para dar consejos.
Ellos eran simplemente los padres que yo hubiese querido tener, pero Mariano se cerraba cada vez más. No le hacía asco a ninguna droga nueva que apareciese y se la pasaba leyendo libros de sustancias alucinógenas en los que el protagonista alcanzaba niveles elevados de sabiduría y se transportaba a mundos diferentes en base a ceremonias misteriosas y tragos de mescalina.
Quería ser "espiritual", decía.
-¿Te parece que en algún momento podré llegar a tener paz espiritual? -me había preguntado muy seriamente una vez.
Yo, en cambio, me iba volviendo fan de los libros de autoayuda sobre mujeres que aman demasiado. Un poco porque mamá se la pasaba leyéndolos, otro poco porque me hacían sentir superada entre tantos testimonios de mujeres desesperadas, y además, porque ya me gustaban a todas luces los drogadictos incluido Mariano.
Él insistía tanto con lo de la paz espiritual, que un día se fue a buscarla por el mundo con la plata de sus padres. Para ese entonces yo estaba viviendo con un fanático de la merca al que estaba empezando a odiar porque según mi psicóloga reflejaba mis propias frustraciones al no poder rescatarlo. Teníamos veintiuno o veintidós años.
Al principio nos escribimos algunas cartas; después de unos años yo me casé con un alcohólico por quien me la pasé sufriendo la siguiente década de mi vida. Mi amigo se metió en una secta de algo de la ciencia de la paz del alma en México y perdimos contacto.
-¿Y tus viejos cómo están? -me preguntaba después de veinte años, café por medio, reencuentro casual.
-Bien. Mamá, después de que papá se casó con una mujer de mi edad, se puso a estudiar reiki, reflexología y tirada de runas y ahora dicta clases para mujeres abandonadas sobre cómo autosuperarse y ser feliz.
Los padres de él seguían juntos, que era lo esperado y justo lo que yo hubiese querido de mis padres.
Se lo veía bien, tranquilo, independiente. Superado.
Había mucho de que hablar, pero teníamos tiempo.
-Hay algo que nunca te conté -me dijo después de un rato de conversar trivialidades- ni a vos, ni a nadie... ¿Te acordás el día en que nos conocimos, que vos me dijiste que me veías mal?
-sí -le dije esperando una explicación infantil, ya vencida y desdibujada por el paso del tiempo.
-¿querés saber qué me pasaba?
-claro -le dije no muy segura.
Él estiró el cuerpo hacia delante y acercó su cara a la mía. Le veía por primera vez las arrugas cansadas alrededor de los ojos. Me miró fijamente durante unos segundos. Después, bajó la vista y susurró:
-ese día estaba mal, porque había escuchado una conversación privada entre mis viejos. Yo había salido. Me había olvidado un par de porros arriba de la cama y había vuelto en silencio para que no se diesen cuenta, entonces los oí. Estaban hablando de mi hermanita.
Hizo una pausa. Tuve una sensación incómoda. Desde la muerte de la nena, él nunca había hablado de ella. Vi que tenía la frente húmeda. Tomó aire, volvió a mirarme, y como escupiendo un horror atragantado durante tantos años agregó:
-estaban arreglando los últimos detalles para mandarla a matar.
09 octubre 2007
El señor Anselmo

El señor Anselmo se mudó a nuestro edificio un día de verano en el que el sol, brillaba hasta en las sombras. Esta contingencia estival y una apariencia sosegada, demoraron la sospecha sobre su naturaleza maligna.
Tan pronto como se instaló, ocupó también la baulera individual que le correspondía en el sótano.
Nosotras somos (o quizás debería decir "éramos") cinco. La construcción es antigua, planta baja y dos pisos, dos departamentos iguales pero enfrentados como espejo en cada uno. El hombre vivía en el segundo B, enfrente de doña Haydée y justo arriba de mí.
Lo primero que nos llamó la atención fueron los ruidos. Durante la primera semana se los atribuimos a la mudanza reciente, pero con el correr de los días advertimos que no sólo no disminuían, si no que noche tras noche sostenían la misma rítmica. Comenzaban entre las nueve y las diez, y no finalizaban si no hasta las doce, poco más o poco menos. No son sencillos de describir. Como si alguien danzase arrastrando los pies, o como si un silbido se deslizase contra el suelo.
Si bien nadie más que yo tenía acceso a los sonidos de forma tan rotunda, Irene, que a cualquier hora andaba limpiando los pasillos, aseguró haberlos escuchado en dos oportunidades.
-Era como un enorme susurro que salía por debajo de la puerta -declaró. Y no mentía.
También fue ella la primera en preocuparse. Quiso la suerte, que una tarde, justo en la entrada al sótano y antes de bajar, se demorase en una pequeña mancha que había sobre la pared y mientras la limpiaba con su delantal, escuchó la voz llorosa de Anselmo que repetía una y otra vez "... un conjuro...", dijo doña Irene.
Esa noche con Carmen de campana en el segundo piso, Eulalia en el primero y Haydée en el umbral del sótano, la mismísima Irene y yo bajamos a inspeccionarle la baulera. Fue rápido. Todo lo que había era un enorme arcón sin llave, que para sorpresa de todas, estaba vacío.
Debatiendo la cuestión "cofre de Anselmo", llegamos a la conclusión de que el tipo, era mucho más extraño de lo que parecía así que nos decidimos a seguirlo.
Como durante las dos o tres semanas siguientes no sucedió nada, empezamos a descuidar el tema, pero tal como dice la frase, "los ratones salen cuando el gato se distrae", un amanecer de la cuarta semana, me llamó Haydée entusiasmadísima para contarme que había visto entrar al hombre con una mujer la noche previa, pero que si bien él se había ido a trabajar, ella, aún no había salido.
Decida, fui a tocar el timbre del segundo B, mas al no recibir respuesta, reuní a mis cinco amigas y para el mediodía ya teníamos un plan.
Atamos un pedrusco en la punta de una cuerda y balanceándola desde la terraza, rompimos el vidrio que daba al dormitorio de Don Anselmo, después, desde mi patio, con mucha paciencia arrojamos un trapo embebido en combustible y encendido.
Apenas empezó a salir un atisbo de fuego por la ventana, tuvimos la cortesía de llamar a los bomberos.
Ellos tuvieron que tirar la puerta abajo para apagar el incendio.
Nos figurábamos que estaría el cadáver de la señorita de la noche anterior, pero no. Un sommier, la alfombra y una biblioteca colgante estaban íntegramente quemados, pero ningún cuerpo. Ni allí, ni en ningún otro cuarto, pero lo que en cambio nos llamó la atención, fue un arcón vacío idéntico al del sótano que inexplicablemente, había resistido al siniestro.
Cuando se estaban yendo los bomberos, llegó el viejo.
Irene le refirió cómo de repente, habíamos visto el humo "...y de casualidad que lo vimos...", dijo Irene.
Por suerte el tipo estaba tranquilo. Nos dio las gracias por haber pedido ayuda a tiempo "...antes que que alguien muera...", acotó, y se encerró en su departamento.
Entre todas nos miramos aliviadas por haber zafado de toda sospecha y lo que sucedió a continuación todavía no me deja dormir: el individuo, que apenas hacía unos segundos había entrado a su domicilio, abrió súbitamente la puerta y salió portando una maleta. A sus espaldas, sonriendo alegremente, una mujer joven, rubia y elegante, salió, nos guiñó un ojo y desapareció tras él por las escaleras.
Era todo muy raro.
Aquella noche desapareció Eulalia.
La buscamos por todos lados pero nunca más la encontramos.
Nosotras nos tenemos sólo a nosotras mismas. Somos (o quizás debería decir "éramos") un grupo de cinco mujeres solteras, sin familia y muy unidas desde la infancia. Que una desapareciese tan de improviso, era del todo ilógico.
Así fue que diseñamos el plan b.
Una noche que Anselmo bajó a sacar la basura, lo redujimos entre las cuatro.
No fue difícil: Yo le tiré insecticida a los ojos, y Haydée le pegó con la botella en la cabeza. Mientras caía, Carmen e Irene ya iban atándolo de pies y manos pero por las dudas yo me encargué de rematar el golpe con el tarro de aerosol.
Cuando volvió en sí, lo teníamos prisionero en el sótano. No duró mucho. Sentí un chasquido a mis espaldas y no recuerdo nada más, aunque Irene, que fue la última en desmayarse dijo sentir "...como si un viento fuerte me abofetease de repente...".
Cuando despertamos, Anselmo ya no estaba y también habían huido nuestras ilusiones de hallar a Eulalia.
Irene lloraba y decía que "...Eulalita... pobre Eulalita..." decía Irene.
Al día siguiente despareció Carmen. Eso fue decisivo. Entre las tres que quedábamos lo enfrentamos en la calle, delante de todo el mundo, cuando se marchaba a trabajar.
-¡Asesino! -le gritaba una.
-¡Demonio! -agregaba otra.
-¡Confiese, por favor confiese! -creo que le grité yo. Él: ¡ni vuelta se dio!
Esa misma mañana, a pesar de su ausencia, hizo desaparecer a Haydée.
Irene y yo estábamos tan atemorizadas que decidimos ir a la comisaría.
Como sabíamos de los retrasos burocráticos, optamos por lo rápido: lo acusamos de homicidio porque en esencia estábamos (estamos) seguras de su culpabilidad.
Irene dijo que había visto como ahorcaba a Carmen con sus propios ojos, "...recién recién..." dijo Irene.
Esa tarde el señor no volvió. Dedujimos que se lo habrían llevado detenido desde su trabajo.
La policía vino varias veces e hizo muchas preguntas, buscó, revisó y a los pocos días, el evidente asesino estaba de vuelta.
Nomás volver, nos informó con una calma tétrica que se iba.
En vez de subir, se fue para el sótano.
De repente, como si el infierno hubiera abierto sus puertas para nosotras, escuchamos con claridad los gritos de nuestras amigas.
Las dos bajamos corriendo las escaleras y cuando llegamos donde estaba el señor Anselmo, todo concluyó en un instante.
Él estaba de pie dentro de su arcón abierto y un segundo después, ya no estaba.
Un silencio confuso ocupó el lugar.
Nunca más lo volvimos a ver. Ni a Eulalia, ni a Carmen, ni a Haydée aunque una vez que íbamos caminando por Almagro, nos pareció ver a la rubia saliendo de un acuario. La seguimos como media cuadra, pero le perdimos el rastro cuando llegó a la esquina.
Ahora Irene y yo vivimos juntas en mi departamento.
No vamos a la baulera ni subimos al segundo piso mientras esperamos la venta de alguna de las propiedades para poder mudarnos.
Se hace difícil dormir de noche con todos esos ruidos danzando sobre nuestras cabezas.
25 septiembre 2007
Antes del desayuno

Genoveva se despertó como todas las mañanas con urgencia de café.
Aún sin poder abrir bien los ojos, se sentó en la cama y en la penumbra, vio que su hermana, en el lecho de al lado, estaba muerta.
El brazo le colgaba laxo fuera de las cobijas, casi señalando las dos tabletas vacías en el piso.
Bastó rozarle la cara con un dedo para sentir la mejilla gélida.
Desde abajo se oían los ruidos de su familia que se preparaba para empezar el día.
Se vistió sin prender la luz y corrió despacio los blísteres hasta esconderlos bajo el acolchado.
Pensó en acomodarle la mano flácida bajo las mantas, pero temió que ese gesto amable develase su conocimiento.
Salió de la habitación sin mirar, cerrando la puerta suavemente y bajó a la cocina.
La familia ya se había ido.
Como siempre, el café sin hacer.
Preparó la cafetera, la enchufó y se sentó a esperar.
Estaba contenta. Su hermana se hubiese merecido una muerte más densa que esa.
Mala persona. Hermana pérfida.
De nuevo todo para ella, dueña absoluta del guardarropa completo, el auto, el dormitorio. Nunca más compartir.
Las únicas molestias iban a ser madre y padre llorando.
Consolar a mamá y tranquilizar a papá, eran dos situaciones que se planteaban del todo desagradables, por eso se ahorraba dar la noticia.
Llamó por teléfono a Jimena y con la excusa de las vacaciones hizo los arreglos para pasar la noche en su casa.
Planificó el cuento:
-Me levanté y me fui a lo de Jime. Mariel se quedó durmiendo. Yo no quise despertarla. No me di cuenta. Dormía. Pensé que dormía. Por Dios, pensé que estaba dormida.
Se sentía falsa, pero el discurso era rotundo y la realidad increíble.
Después de ducharse se sentó a tomar el café recién hecho.
Divagaba sobre el vestido carmín, el de las disputas, cuando entró su hermana arrastrando los pies con cara de dormida.
Genoveva la miró fijamente sosteniendo el pocillo en alto.
-pensé que estabas muerta -comentó.
Mariel sonrió de modo extraño mientras arrojaba a la basura los envases de trapax vacíos. Se sirvió un café muy caliente. Algo nuevo le brillaba en los ojos.
-sí, ya sé, -replicó secamente- es por el frío.
27 diciembre 2006

Hay distintos tipos de calor. Están los calores climáticos, los de la fiebre, la vergüenza o la pasión. Existe el calor de hogar o el del infierno, pero el de la casa del viejo era un calor distinto.
A Pablo lo llamaron por el panfleto que había pegado en la calle: "Clases de natación a domicilio".
La entrevista era para conocer al interesado y para evaluar si la pileta particular permitía las lecciones.
Pleno enero. Uno de los días más sofocantes del verano. Treinta y seis grados a la sombra, cuarenta y cuatro la sensación térmica y eso significa que no corría ni una ínfima brisa en toda la ciudad.
Lo recibió un viejo de mirada esquiva que llevaba una camisa y un pantalón desaliñados de tonalidades claras.
Entró.
Afuera el sol de las cuatro de la tarde. Adentro la penumbra. Con las persianas y las ventanas cerradas la sala estaba apenas iluminada por una lamparita de cuarenta wats, y el calor... el calor que había ahí era comparable al de estar en la cocina de una pizzería que hubiese estado funcionando un día entero sin ventilación.
El aire seco casi no dejaba respirar pero lo más sobrecogedor de esa atmósfera caliente era la fetidez. Imperaba un tufo ácido, como mezcla de orina y humedad o más bien de papa podrida. Si alguna vez olieron una papa putrefacta en el punto máximo de la delicuescencia saben a que me refiero.
A un costado del recibidor había un pasillo sombrío del que parecía provenir un silbido constante.
Atravesaron el living y salieron al jardín trasero en donde el ambiente era húmedo pero real. Una maraña de árboles que no dejaban ver el fondo, daban la sensación de un bosque interminable.
En el medio y rodeado de un revoltijo de yuyos sin podar, un estanque oscuro en donde era imposible nadar más de seis brazadas seguidas, intentaba hacer las veces de pileta.
-Yo sé que acá es difícil de practicar natación, pero tiene que ser acá por que yo no salgo desde que murió mamá.
El chico miró la superficie del agua estancada y creyó ver pasar a toda velocidad un cardume de renacuajos.
-por el agua no se preocupe que la voy a renovar este fin de semana y la profundidad es la adecuada aunque no sé cual es exactamente. Cuando murió mamá me vine muy abajo pero este año me decidí a cambiar, y entonces me llegó el cartelito suyo.
Entraron otra vez en la vivienda y el hedor pareció más fuerte.
Pablo se quería ir, pero el hombre lo hizo sentar en un sillón ajado que estaba sobre un desnivel elevado de la habitación. Desde allí, le sorprendió poder ver a través de una rendija de la persiana una parte del estanque.
-tendríamos que hablar de precios -dijo el viejo.
Y el zumbido desde el corredor que parecía aumentar hincándosele en la cabeza.
-Quisiera un vaso de agua por favor -pidió el muchacho.
El anciano desapareció en el pasillo y volvió en menos de un minuto con un vaso deslucido de agua casi caliente. Pablo humedeció sus labios y sintió nauseas.
Miró hacia el parque mientras sentía que el sudor le bajaba por la frente y la espalda. Le pareció que algo se movía en la podredumbre de la pileta. Dejó el vaso en una mesita desvencijada a su lado.
-la casa se vino abajo cuando murió mamá. Ella murió de repente y siempre se había hecho cargo de todo, entonces yo me dejé estar...
Con una creciente sensación de irrealidad Pablo miró al individuo decrépito y le pareció ver una mancha en el costado de su pantalón.
-La psicóloga me dice que tengo que relacionarme más con la gente, y usted es la primer persona que entra acá desde que murió mamá.
Para cerciorarse de que todavía existía el mundo sacudió la cabeza y miró hacia afuera. Algo flotaba en el estanque.
Se puso de pie y el universo le giró alrededor. Empezó a ir hacia la puerta de calle pero el anciano se paró adelante de el. Tenía un olor nauseabundo.
-¿Se siente mal? -le preguntó. La mancha de su pantalón se había extendido.
Pablo siguió caminando hacia la puerta dando brazadas y boqueando, intentando huir del aire asfixiante que parecía habitar en ese lugar mientras el zumbido crecía como una migraña aguda.
-¿se siente mal, querido?
Mientras caía en la oscuridad alcanzó a ver con pánico tras las espaldas del viejo en ese verano ardiente y en el fondo del pasillo la estufa, encendida al máximo.
18 junio 2006

Voy cediendo plácidamente al sueño.
Desde su cucha, me despiertan los gemidos de mi perro sufriendo una pesadilla.
Adormecida lo llamo y le ordeno subir a mi cama.
Él deja de soñar y por unos instantes reina el silencio en la negrura de la habitación.
Lo vuelvo a llamar hasta que advierto como trepa a mis pies y en la oscuridad se va acercando lentamente hacia mi rostro.
Noto la lentitud con que lo hace.
Siento su hocico frío olfateándome, la tibieza de su aliento en mi mejilla, una lamida suave. Extiendo la mano para recostarlo a mi lado.
Entonces, desde su cucha, oigo los gemidos de mi perro, tornando a su pesadilla.
cuentos, relatos, poemas
31 mayo 2006
El último día

Presentía la última noche.
Por hábito, antes de irse a dormir, revisó adentro del armario y debajo de la cama.
Apagó la luz.
Como tenía aprendido, relajó el pensamiento y desvaneció los fantasmas.
De a poco cedió al bienestar del sueño.
Desde adentro del placard emergió el puñal.
Desde bajo el lecho, la garra.
Con simétrica rutina se ejecutó el sacrificio.
Despertó en la mañana.
Una mañana igual, pero la última.
cuentos, poemas, relatos
24 mayo 2006

Mañana tengo un cumpleaños importante.
-Te vas a sentar en la mesa con los Fernández y los Gutiérrez -dijeron. Yo me pregunto quiénes son los Fernández y los Bermúdez. Con esos nombres, deben ser aburridísimos.
-¿Quienes son los Fernández y los Bermúdez?
-Gutiérrez -me corrigen-
El cumpleaños no es algo que se haga siempre y aunque en esencia es siempre el mismo, esta es la primera vez que es a todo lujo.
Hay que estar a las diez. Después cierran las puertas y no puede entrar nadie.
-¿Podré cambiar de asiento con alguien que tenga un mejor nombre, como por ejemplo Juan, o Jorge?
-Vos te sentás con Juan Fernández , Jorge Gutiérrez y sus señoras.
Espero que las señoras no se llamen Susana o Marta.
-Marta y Susana, ¿las conocés?
-Creo que no. Y que se va a comer?
-Por las dudas andá comida. Es posible que los Fernández se coman todo, aunque seguramente los Gutiérrez te van a defender, pero eso no garantiza que finalmente comas. Son buena gente. No le hagas caso al chusmerío.
-¿Qué chusmerío? ¿Chusmerío sobre quién, sobre los Fernández o sobre los Bermúdez?
-Gutiérrez -me corrigen.
Hay que ir de Gala me dijeron.
-Vos preocupate por el vestido. Marta va de rojo y Susana de azul, así que te conviene vestirte de amarillo.
Busco y busco pero no consigo un vestido amarillo.
Al fin encuentro uno de seda. Es de color marfil, con encaje. Espero que Marta y Susana no me miren mal.
Esa noche sueño que recorro lugares y lugares y el regalo nunca está porque un montón de Martas y Susanas, Fernández y Bermúdez ya compraron todo. Cuando me despierto, decido que no tiene sentido salir a recorrer lugares, si total Martas y Susanas ya compraron todo.
-No conseguí vestido amarillo, pero tengo uno marfil.
-Igual, son nada más que chismes. No creo que haya problemas.
Espero ansiosa el instante en que en mi reloj sean las diez, momento en el que entraré al salón vestida de marfil, con el corazón latiendo fuerte mientras escucho los gritos de horror de Marta y de Susana, que esperan verme llegar de amarillo, en tanto una multitud desesperada, comprueba para siempre si los chismes son sólo chismes.
Por suerte, en todos los cumpleaños hay gente que sobrevive para contar los cosas.
¿Los maridos irán en composé con las esposas?
-¿El señor Fernández y el señor Bermúdez cómo van a ir vestidos?
-Gutiérrez -me corrigen.
cuentos cortos, relatos breves, poemas
03 mayo 2006
Los vecinos

Todas las noches, cuando al parecer todos duermen, un gato amarillo brinca a la cornisa de la casa de enfrente y llega a la ventana del primer piso.
Como en un ritual mudo, al cabo de un rato se enciende una tímida luz, unas manos se asoman y lo entran al aposento.
Inútil es saber que la escena se repite invariablemente noche tras noche.
Siempre me asustan esas manos vacías de cuerpo.
Sin embargo, en el lugar vive gente.
Por la mañana, después de las seis, sale un hombre agrisado, se sube al auto que está en la puerta, y se va.
Una hora después, la mujer también gris, y la hija impecable con guardapolvo y mochila escolar, se marchan taciturnas vereda abajo hasta perderse de vista en la curva de la calle.
Al cabo de unos instantes, sale mansamente el gato por la ventanita de la cocina y trepando, desaparece alegremente entre los techos.
Durante doce horas, la casa queda vacía.
Vuelven todos juntos en silencio.
A las diez de la noche se apagan las luces, pero antes, si mucho antes pasamos con disimulo cerca de la casa, no se escucha ningún sonido que venga de adentro. Ni música, ni televisor, ni conversaciones, ni voces de niña repasando la lección.
Después de apagarse la última ventana, se repite el rito del gato y de las manos.
Los sábados la casa permanece en silencio hasta las diez de la mañana. Entonces, en una ceremonia tácita, se van todos prolijamente juntos hasta el domingo a la noche.
A las once sale el gato, que no vuelve hasta el lunes.
Tampoco para el observador fortuito son una familia más. Si uno intenta acercarse para preguntar algo o saludar, ellos dan vuelta la cara o apuran el paso sin abandonar la gravedad y la mesura de sus actos.
Y jamás hablan entre si.
Una vez, tuve un problema en casa y se me ocurrió ir a pedir ayuda a mis vecinos; los del gato.
Admito mi naturaleza testaruda, porque en realidad, no los precisaba para cubrir esa necesidad y más que por eso fue por mi curiosidad insistente que los hechos terminaron como terminaron.
Yo vivo enfrente.
Era la hora en la que se suponía que estarían despiertos; las ocho.
Todo estaba iluminado, pero como siempre, desde afuera el silencio era fulminante.
El ruido del timbre se oyó con intensa nitidez, pero nadie respondió. Toqué un par de veces más, y sorprendida por la seguridad de que deberían estar dentro, se me ocurrió asomarme por uno de los ventanales del costado de la puerta.
Durante un segundo, el aire se me heló en el pecho y ahogué un grito sordo.
Estaban ahí. Los tres.
Mi primer impulso fue salir corriendo, pero noté que no me habían visto.
Era el living.
El padre y la madre estaban sentados cada uno en un sillón individual, y enfrentándolos en el sofá, estaba la chica.
Ella lloraba en silencio y cada tanto se secaba alguna lágrima o se limpiaba la nariz con la remera que tenía puesta.
La pareja parecía imperturbable. El hombre, que estaba de perfil, comía algo similar a una barra de chocolate negro reblandecida.
Entonces, cuando me dispuse a irme, la niña giró la cabeza y me vio.
Fue un segundo en el que se me congeló el alma.
Alcancé a ver como un ruego desesperado, y el intento inútil de disimular mi presencia.
Los padres torcieron la vista hacia donde yo estaba y se quedaron mirándome fijo durante el tiempo eterno que aguanté estar ahí.
Algún movimiento poco preciso, hizo que mis ojos se fijen en los de la mujer, y juro que jamás voy a olvidar el odio agudo que reflejaban.
Casi sin aire me aparté del lugar sin dar la espalda, hasta que estuve lejos.
Esa noche no dormí.
Me asomé a la ventana en la oscuridad y contemplé el ritual de las luces, las manos y el gato, pero esa vez noté algo diferente.
El animal se dio vuelta por un segundo infinito y me miró.
A la semana consulté para poner en venta la casa.
-Es curioso -dijo el joven de la inmobiliaria- hace unos días pusieron en venta la casa de enfrente tan económica que ya la vendieron.
Así que cancelé la venta de la mía.
Cuando salí a la mañana siguiente, me crucé a las dos mujeres.
No quería verlas, pero percibía la mirada de la chica tan insistente que mi vista se desvió hacia la suya.
Era súplica. Un pedido de ayuda que me asustó, y me llenó de culpa. Como cuando se sabe de algo malo que no se puede distinguir qué es como para poder impedirlo.
Sé que el miedo es inherente al hombre, pero no hay nada más detestable que la cobardía.
Caminé un par de cuadras alejándome de aquellos ojos y después de un rodeo volví a mi edificio.
Como siempre, salía el gato por la ventanita de enfrente.
Lo llamé. Él alzó la cabeza y me miró. Entonces, un rayo de sol se reflejó en sus pupilas brillantes y juro que vi en ellas, el mismo odio hirviente de la mujer.
Después, se escabulló en un ligero destello amarillo entre los techos de las casas de enfrente.
Volverá al caer la noche, como siempre, a la misma casa sin almas, y sin cuerpos.
cuentos, relatos, poemas
25 abril 2006

Valeria sale de su casa dando un portazo.
Mientras espera el ascensor, se seca con torpeza las últimas lágrimas.
Desde algún departamento vecino le llega el murmullo melancólico de un tango. Justo ahora, a ella, que no le gusta el tango.
Juan sale al pasillo enfurecido, la ve subir rápidamente al ascensor. Amaga gritar algo, pero se corta y se vuelve para adentro con otro golpe de puerta.
En la calle duda unos instantes sobre hacia adónde ir.
Todavía está temblando, pero lo disimula bien.
Le da un poco de miedo la noche, aunque en el fondo le atrae.
Se va para la avenida. Camina con paso decidido, con la cabeza en alto, con superioridad, sin mirar a la gente, como dándoles a entender que para ella, el mundo es algo fácil. Demostrando que es libre y fuerte.
En la prisión de su cabeza, los pensamientos le dan vueltas como una calesita.
Se le dividen las respuestas. La golpea la bronca. Se abre paso la angustia y la culpa.
Camina para ningún lado, con paso fuerte, hasta que el miedo allá adentro comienza a encogerse.
Quiere creer que su vida puede cambiar. Que un sincronismo mágico le cambiará el destino, pero la imágen desencajada de Juan, es como un arpón que la incrusta en la tierra.
A la vuelta de una esquina entra en un bar. Es un bodegón ruinoso.
Hay cuatro jugando al ajedrez. Parecen dos maquetas armadas de viejos polvorientos de boina y bandoneón.
Las paredes de azul oxidado se descascaran enmohecidas.
De fondo, suena el lógico tango desde un tocadiscos vetusto.
Durante un instante piensa en salir y seguir huyendo, pero hay algo en el ambiente que la invita a detenerse.
Se sienta en una mesa de fórmica pegajosa y se pide una gaseosa.
De a poco empieza a respirar mejor.
Un hombre aturdido, la mira desde la barra mientras sorbe un vino.
Un par de mujeres muy pintarrajeadas se dan vuelta como espiándola.
Una está muy teñida de rubio. La otra es una morocha desgreñada.
Comentan algo y se ríen. Deben tener cerca de cincuenta años.
Valeria siente que no es de allí. Sabe, que ese no es su territorio.
Presiente que en ese lugar sombrío, pasa algo a lo que no fue invitada. Algo que conjetura que no es suyo, pero que la vincula.
Una de las mujeres la está mirando fijo justo cuando alguien le toca el hombro.
Ella da un respingo asustada. Un individuo decrépito le pregunta si se puede sentar.
El bar le parece raro. La vida le parece rara. El aire se ha vuelto irreal.
El viejo se sienta.
Como todos los viejos de fonda, tiene el aliento rancio y la nariz grasosa como la frente. Todavía le nacen algunos pelos blancos y descuidados entre el brillo de la pelada.
-Vos sos la pibita del Turco, ¿no?.
El tipo está equivocado, pero ella no se molesta en decirle que no mientras le crece cierta incomodidad asfixiante
-Acá te doy lo que me mandó pedir.
Saca un paquete mediano envuelto en papel de diario y lo deposita en el centro de la mesa.
Valeria mira a su alrededor.
Las dos mujeres la miran sonriendo. El resto parece petrificado en sus ajedreces de piedra y madera. Va a decirle al viejo que se equivoca, pero este ya casi se ha ido.
La mujer morocha se levanta y sin pedir permiso se le sienta en la mesa.
-Te felicito, nena. Te lo debés haber ganado.
-No sé de que habla. El señor se equivocó. Yo no sé que es esto, ¿usted escuchó?, ni siquiera conozco a ningún turco -estira la mano y toca el paquete. Algo blando se le resbala entre los dedos detrás del papel.
-Vamos, Valeria- dice la mujer en un tono que a la chica le suena irónico- no te hagás la idiota. Ambas sabemos que te lo merecías.
Ante su nombre y el insulto, se le acelera el corazón y siente pánico. Algo no está bien. Esa gente de ahí no está bien. ¿O es ella la que no está bien? La mujer la mira gravemente.
Bajo la penumbra de la lamparilla que está justo sobre la mesa, le parece mucho más jóven de lo que le había parecido antes.
Quizás, tenga poco más de treinta años, pero está demasiado gastada, descuidada y pintada como una máscara.
Extiende la cabeza a una costado y observa a la otra mujer que está mirando hacia afuera.
-Ella también lo sabe -dice la morocha.
Hay un movimiento rápido que la chica no puede precisar.
Por un momento siente que está viviendo un sueño. Las cosas se le desdibujan, se alejan. La respiración se le dificulta. El tango se distorsiona.
La mujer de su mesa se incorpora y se le acerca.
Escucha como en un eco lejano que alguien le pregunta si está bién.
Ve una luz.
Oye una sirena. Debe ser la ambulancia. Un golpe.
Ve la luz, pero no está muerta.
-Te desmayaste piba -¿De dónde sacó que venía la ambulancia?- ¿Querés llamar a alguien?
Ella mira para todos lados.
Un par de ajedrecistas han dejado el juego y la miran extrañados.
La puerta del bar se cierra de golpe y ve a las dos mujeres que salen apresuradas.
El hombre de la barra la mira inútil desde la botella.
-¿Querés llamar a alguien, piba? -le repite el mozo con cara de "mejor andate".
De a poco se incorpora y mira la mesa.
El paquete no está.
Mira hacia afuera y ve a las mujeres terminando de meterse en un auto que ya está arrancando.
Valeria se levanta del piso y se sienta en la silla que está justo a su lado. En un susurro le pregunta al mozo cuánto es lo que le debe.
-No es nada nena, si no tomaste nada, quedate tranquila. Mejor andá lléndote a tu casa, que es tarde y tus padres deben estar preocupados ¿Cuántos años tenés?
Cada vez que se pelea con Juan, le dan mareos.
Justo cuando va a salir del bar, entra una chica que parece de su misma edad.
Ambas se miran en una fracción de segundo suspendida. Se sospechan en silencio y después siguen sus caminos cruzados.
En ese lugar se siente como una nena. A veces encuentra lugares o personas que la hacen sentir así.
Es hora de volver.
A lo lejos alguien da un portazo.
Tiene ganas de ponerse a llorar pero en cambio, empieza a susurrar un tango sin darse cuenta.
cuentos, relatos, poemas
17 abril 2006
El asesino piadoso

Un criminal abre un blog (desde un ciber cualquiera) y cuenta que cometerá un crímen.
Con premeditación, expone los datos completos de la víctima.
Se podría pensar que al decir a quien va a matar, el homicidio será más difícil porque la futura víctima al enterarse estará preparada, pero el asesino aclara que el homicidio será "algún día". No hoy, ni la semana que viene, ni el año que viene. Puede ser dentro un mes, dos años o veinte.
La víctima (a quien llamaremos Alexis), a partir de ahora vivirá sabiendo que tiene un asesino personal.
Durante un tiempo que le parecerá eterno, sentirá temor permanente. De a poco irá ganando confianza. Un día, habrá bajado la guardia por unos minutos, y en unos años se olvidará del asunto.
Por unos días.
Entonces, el asesino abrirá un nuevo post en el que le recordará que todavía no cumplió.
Alexis empieza a vivir en alarma nuevamente, esta vez, con la certeza de que alguien le sigue los pasos. Por algún motivo, siente que el asesino habla con la verdad.
La vida se le hace insoportable.
Ya no se relaja con el tiempo, al contrario, cada vez siente más desesperación.
El sueño y la noche, se tornan imposibles. El trabajo, y todo tipo de relaciones se resienten hasta que queda en la más absoluta soledad.
Entonces decide contratar un asesino a sueldo para que termine con su vida encontrando en esa eutanasia suicida, una suerte de venganza final.
Antes de morir, alcanza a leer el último post que le dedica el asesino:
"No es el dinero ni el odio lo que apura tu muerte. Es la piedad".
cuentos, relatos, poemas, literatura
04 abril 2006
Desde adentro

Escuchó por primera vez el ruido una tarde mientras leía "Casa tomada" en el porche. De repente, desde adentro de la casa donde no debería haber habido nadie, vino un sonido como de dos o tres pasos rápidos y el silencio.
Permaneció atemorizada del otro lado de la puerta, a la espera de oír algo más, pero no.
Cuando empezó a dudar de su oído, entró lentamente a su casa. La registró con cuidado y no encontró a nadie.
La siguiente vez que lo escuchó fue mientras entraba al baño. Desde afuera le llegó un sonido como de corridas y muebles atropellados. Paralizada contuvo el aire hasta que el ruido se detuvo. Después de un tiempo que no supo calcular, agarró el tubo del desodorante de ambiente, y esgrimiéndolo como si esto fuese a ofrecerle gran protección, salió lentamente del baño con el estómago endurecido.
Nada.
Por supuesto, la tercera vez, se acordó de las anteriores, pero el miedo no fue menor.
Estaba cerrando la puerta de su dormitorio para poder abrir el placard con comodidad. El ruido esta vez fue largo y bullicioso.
Alguien estaba corriendo por su casa, y esta vez, le pareció que había más de una persona.
Agarró la tijera que guardaba en su mesa de luz, y por primera vez dudó de salir antes de que los sonidos terminaran. Pero esperó, y obviamente, tampoco vio a nadie.
Aprendió a manejar lo de los ruidos viviendo con las puertas abiertas, hasta que una noche, al apagar la luz, lo sintió en su propio dormitorio y a su lado.
Con el corazón a punto de estallar, y el terror en la garganta, estiró la mano y de un golpe encendió la luz, pero al igual que las otras veces, no había nada.
A partir de allí, sus noches cambiaron para siempre.
Como cada vez que apagaba la luz, empezaban los ruidos que eran cada vez más fuertes y bullangueros, decidió dormir con las luces prendidas.
Previendo cortes de luz, compró una linterna que guardaba debajo de su almohada.
Descubrió que el tumulto aparecía siempre que ella no podía ver del otro lado, fuese detrás de una puerta, un armario, o cuando apagaba la luz, y entonces su vida se volvió más luminosa, y sus puertas se mantenían indefectiblemente abiertas.
Las pocas veces que escuchaba accidentalmente los ruidos, notaba que eran cada vez más violentos. Inclusive, una vez le pareció notar que había gritos en el bullicio.
La fatalidad la sorprendió una tarde tranquila, en la que se disponía a dormir una siesta.
Cerró los ojos con deleite y entonces lo escuchó.
Estuvo cuatro días sin dormir.
El último día, comenzó a gritar y a correr para evadir el sueño.
En eso estaba cuando se dio cuenta con pavor, que ahora ella era parte del ruido.
cuentos, relatos, poemas, literatura
28 marzo 2006
Arthur Conan Doyle
27 marzo 2006
No hay caso,
cuentos cortos, relatos breves, crónicas, pesadillas y otros desvaríos literarios
24 marzo 2006
Sin culpas

Hay veces en las que una llamada a tiempo, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Un segundo que puede cambiar el destino. Una grieta, una bifurcación.
Luego iba a pensar en eso, porque en ese momento Julia no era capaz de reconocer siquiera el sonido de su propia voz, y sin embargo, sintió verdadera alegría al despertar aquella tarde. Una euforia como jamás había sentido ni volvería a sentir.
Si bien no entendía lo que había pasado, poco le importaba.
Estaba tirada en el piso de cerámica impecable de su casa. Su cuerpo y sus manos estaba limpios, sentía la cara hinchada y la boca seca y tenía en su mano agarrotada el candelabro de plata, pero faltaba el cadáver de Ariel.
Se incorporó despacio. No podía creer lo que veía. En donde debería haber un cuerpo muerto, había un piso de cerámica brillante. Nada en ella, en los dormitorios. Ni siquiera en el cesto de la basura, ni en el baño.
Se asomó a la ventana. Dos pisos abajo, estaba su auto esperándola tal como ella lo había dejado.
Levemente se preocupó por recordar, pero la euforia excedía todo pensamiento.
Si bien no estaba segura de nada (ni siquiera del engaño), la seguridad ahora le parecía lo de menos.
Bajó a la calle. El sol brillaba pálido. Entró en el auto abierto y arrancó.
Había conducido algunas cuadras cuando empezó a sentir un malestar extraño.
Le había llamado la atención por la mañana que las calles estuviesen casi desiertas.
Frenó el auto despacio unas cuadras más adelante y bajó. a respirar.
Se sentía cansada. La euforia que había sentido al despertar, la estaba dejando vacía, como sin energía.
En la vereda de enfrente, un par de ancianos la contemplaban asombrados.
Ella se miró las manos, el cuerpo, se miró en el espejito retrovisor del auto pero no vió nada raro. Sabía que las miradas deberían ser parte de su paranoia inevitable.
Se subió al auto y recorrió las calles solitarias. Había algo extraño en el ambiente.
Llamó del celular a su marido. Nadie la atendía.
¿Porqué llamar a un muerto?. Marcó el número de informes. Nada. Podía llamar a "la otra", pero no. No tenía a nadie a quién llamar.
Decidió perderse en la avenida.
No eran muchos los autos que circulaban, y sentía las miradas en el suyo, como si estuviese cubierto de sangre.
Volvió a bajar y lo inspeccionó. Abrió el baúl.
Algo estaba definitivamente muy mal, pero no sabía que.
Ella lo había matado, y sin embargo, el cadáver había desaparecido.
Lo que en un principio había sido euforia, se iba convirtiendo de a poco en temor.
Pensó en la locura o inclusive en la posibilidad de un castigo infernal por haber matado a un hombre. Aunque ni siquiera sabía si realmente lo había matado y ni siquiera estaba segura de que hubiese habido un engaño y ya tampoco sabía de un marido o una infidelidad.
Siguió con el auto unas horas más, hasta que oscureció.
Sentía la fiebre en sus mejillas. Detuvo el auto en una calle lateral, y entre miedos y temblores, se durmió.

Primero la voz, primero las notas, primero las cartas, primero el teléfono, siempre la confusión.
Todo lo que Julia necesitaba para cambiar su vida era un segundo.
El silencio, el sonido, el llamado, el tono, la otra, desde el otro lado de la línea.
Venía arrastrándose desde hacía tiempo.
El abandono, el ahogo, el despecho, la desconfianza, y ahora la ansiedad.
Encarar la situación había ocupado su mente en el último año, pero el miedo siempre ahí, sin dejar paso al cambio.
Ahora su mente era una llama. Le ardía la cabeza y los ojos, como si el pensamiento desbordante se le escapase.
Murmuraba lo que diría, imaginaba respuestas, se contestaba a si misma, siempre dejando en claro que la verdad era suya. Pero no podía reconocerse ni a si misma.
El llamado todavía estaba detrás, y era lo único que estaba presente en su pensamiento.
Ideas que se mezclaban, asociaciones geniales pero sin freno. De repente todo se unía y hasta el más pequeño detalle resurgía hilvanando la tela de la certidumbre.
No había odio, sólo dolor, por ahora. Y no tenía pensado matar a nadie, aunque imploraba el castigo divino.
Estaba también, la esperanza del error.
Un año sin querer saber. Aún sin querer saber, pero inevitable hacerlo.
El encuentro, la carta, el llamado.
La ansiedad por sobre todas las cosas. El miedo absurdo de confirmar lo cierto.
El no le negó nada. Ella esperaba escuchar un perdón desesperado, un ruego, un juramento de amor único que le permitiría hacerse rogar hasta perdonar altiva y triunfante, pero lo único que hubo fue el silencio y el mirar hacia abajo.
La angustia se fue, y vino el odio.
Lo que más le dolió después, fue que nunca planeó nada, el impulso atroz, la fuerza y el sentimiento fuerte de que solamente un segundo se precisaría para volver atrás y contener el golpe definitivo. El arrepentimiento terrible. Saber que ese instante fatal le había cambiado la vida tanto y para siempre.
Dejó la puerta del auto abierta porque la ansiedad le entorpecía los movimientos y le inflaba el cerebro. La calle estaba desierta.
Subió los escalones rápido pero torpemente, sin esperar el ascensor.
Entró en el departamento y lo encontró asomado a la ventana mirando la nada. Él se dio vuelta y la miró sorprendido por la hora temprana.
-No entiendo -dijo ella en un susurro tembloroso- no entiendo cuándo empezó. cómo no me di cuenta.
El bajó la mirada. Podía sentir la rabia contenida de su mujer.
El silencio la hacía estremecer.
-¿Qué pensaban hacer?¿Cuánto tiempo pensaban seguir sin decirme nada?
-Pensábamos decírtelo hace un mes. Pero no sabíamos como. No queríamos lastimarte.
La mujer tragó saliva y respiró profundo. Ahora venía el momento de no tener palabras. Ahora tenía que golpearlo con fuerza hasta que entendiese lo terrible de lo que habían hecho.
No podía entender que ese hombre le dijese con tanta impunidad palabras tan huecas como aquellas. "No queríamos lastimarte", "Lo hicimos por vos" "Yo siempre te voy a querer".
-Contame todo -dijo respirando con dificultad.
-¿Para qué querés saber? Va a ser peor.
La rabia le daba golpes punzantes en todo el cuerpo.
La sensación incontrolable de que ellos podrían haberlo evitado. De que se lo habían hecho a propósito.
Sonó el teléfono. El se quedó quieto y ella miró el identificador.
-Atendé -ordenó.
Él esperó, pero ella le gritó que atienda.
-Estoy charlando con Julia. Después te llamo.
Entonces, fatalmente se dio la vuelta afirmando su destino. El tono íntimo. La exclusión, el "después" en dónde ella no existía hicieron que algo se rompa en su cabeza.
Julia agarró uno de los candelabros que adornaban la mesa, se le abalanzó de repente con un grito de odio y le golpeó en la cabeza con brutalidad desquiciada.
Con el primer golpe el se dio vuelta sorprendido, el segundo lo hizo caer. Con velocidad vino el tercero que lo desmayó sin darle tiempo a darse cuenta de lo que estaba pasando. Y siguió golpeando una y otra vez hasta que estuvo muerto y siguió hasta que casi no quedó cara ni cráneo y hasta que no tuvo fuerzas y el odio fue un sollozo infantil y vino la calma. Entonces quizo morir ella, pero en vez de eso se recostó al lado del cuerpo con arrepentimiento brutal, pero sin culpas.
No se arrepentía de haber matado a alguien, se arrepentía por lo que había cambiado de su propia vida. Él, ahora, no era más que un muerto capaz de marcarle para siempre el futuro. Antes, le había dado la seguridad de saberse casada. La social, la económica. La de ser una dama. La que temía que otra le quitase.
Ahora lo único que había era el estorbo de su crimen.
Y todo estaba rojo.

La despertó un hombre rechoncho con cara de preocupación. Era un día brillante. Había pasado la noche en el auto y le dolía todo el cuerpo.
El hombre le mostraba el cartel de prohibido estacionar. Se dio cuenta que otras personas estaban mirándola también.
Se miró las manos. Limpias.
La cara desgreñada pero sin sangre.
Un segundo, era lo que había pedido para que su destino cambie. Siempre, toda la vida había pedido ese segundo. Una bifurcación.
Arrancó el auto sin contestarle a nadie, y estacionó a las dos cuadras.
Llamó por teléfono a su casa. La atendió una inesperada voz de mujer.
Pidió por su marido. Temiendo escuchar algo sobre el crimen, mintió cuando le preguntaron quien era. No sentía culpa por haberle quitado la vida a un hombre. Por lo único que se arrepentía, era por el giro bestial que podría tomar su vida de ser cierto aquello.
-Una amiga -mintió cuando le preguntaron quién era.
¿Había habido un asesinato? En su mente sin duda, pero quizás aún estaba a tiempo de elegir.
En esos pensamientos estaba cuando reconoció o recordó la voz.
Unas cartas, un mensaje, la sospecha desde hacía un año, los celos manipuladores, y el detonante: la llamada en el momento preciso que había decidido el futuro.
Su propia voz (o mejor dicho, la de la otra) hablándose a sí misma, entrando en la bifurcación de su destino desdoblado.
Para siempre, sin culpas.

cuentos, poemas, relatos, literatura
16 marzo 2006
Los Justos / Jorge Luis Borges

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
cuentos cortos, relatos breves, poemas
10 marzo 2006
Julio Cortázar
Inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía, empujaba un poco con la cabeza y pop ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca. Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viseversa, a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal que era muy fibroso. En seguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar adentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte.
cuentos, relatos cortos, sueños, pesadillas
09 marzo 2006
07 marzo 2006

Saqué a pasear a mi perro con su collar.
Una mujer jóven y elegante, iba caminando por la calle adelante mío.
Cada tanto se agachaba a mirar cosas en la zanja o en los canteros.
Yo la pasé, y cuando llegué a la esquina me detuve a juntar la mierda.
Entonces, ella se acercó a mi muy despacio y se me quedó mirando.
Pensé que me iba a decir algo sobre mi perro y su caca.
-Me encontré una piedrita y no la puedo tener, ¿La querés?
Y me dió un azulejito chiquito y sin valor.
Le dí las gracias.
Ella se quedó ahí, mirándome mientras yo volvía a mi casa.
La mierda en una mano y la piedrita en la otra.
A veces es azul.
Ahora está al lado del teclado.
He pensado en tirarla, pero me da culpa.
La pongo de dijecito en el collar de mi perro, y los saco a pasear.
Cuentos, relatos, desvaríos literarios, literatura
04 marzo 2006

Hoy pasé el Blog. Cuento por cuento y color por color.
El nombre del otro no me gustaba, y como por lo que leí, no se puede cambiar la url, cerré el otro y abrí este.
Fue uno de esos instantes de pelotudez que uno tiene, porque debería haber dejado abierto el otro y poner la nueva dirección. De todas formas, me parece que nadie entra.
Recorriendo otros blogs, me encontré con blogs abandonados desde hace tiempo, con posteos que no predicen para nada su suerte.
¿Me pregunto que será de la vida de aquella gente que los abrió?
Podrían haberse cansado, pero también podrían haberse muerto.
¡Qué vanal y poco comprometida es la vida de las relaciones virtuales!
En los blogs abandonados, tengo la sensación de estar flotando en un espacio silencioso. Como de ingravidez.
cuentos cortos, relatos breves, poemas en prosa
El niño no muerto

Está el museo, el silencio, el cuadro,
la pared, las pinturas invisibles, cuadro del niño.
Como todos los niños pintura antigua,
no es dulce;
Cruel, serio, sórdido,
tendrá una vida desquiciada,
prejuiciosa, programada.
Desde allí, (desde su vida futura pintada),
mira satánico y malvado.
No eran mejores los tiempos de antes.
El niño marinerito del cuadro seco lo confirma.
Lo confirma su represión,
su deseo de venganza,
el negro de sus fondos,
el gris de su mirada muerta tras los colores viejos.
Los ojos llenos, la no sonrisa.
Dale al niño un arma,un cuchillo, un fusil
dale una guerra (aunque ya la tenga)
al niño con cara de ángel.
Museo muerto, silencio.
Cuidado,si lo mirás más tiempo,
en cualquier momento,
te mata.
Teresa Piana 2006, cuentos cortos, poemas en prosa
La calle cuatro
Todo empezó con lo de los vidrios.
Salí del edificio como todas las mañanas y Doña Esther, que estaba lustrando el portero eléctrico, me preguntó con voz neutra si había visto lo de la compra de los vidrios.Yo lo había notado, pero no debí darle importancia hasta que la encargada me lo recordó.
-Quisiera hablar con el administrador -dije cuando por fin me comuniqué.
-En este momento no está, ¿quiere dejar un mensaje?
Reviso el resúmen de los gastos de expensas. Mil quinientos pesos en compra de vidrios para el hall de entrada. Lo del cuarto piso también me llama la atención.
-No ha llegado todavía, ¿quiere dejar un mensaje?
Lo más raro son los dos mil pesos de antenas. .
-Es por lo del cuarto piso, lo de los vidrios, y lo de las antenas.
-Lo lamento, de esos temas se ocupa únicamente el señor Albertino.
Al cabo de dos días, consigo hablar con el señor Albertino.
-Quería saber que vidrios para el hall han sido comprados por mil quinientos pesos.
-Stock -me contesta el hombre.
-Pero si hace treinta años que aquí no se rompe un vidrio -contesto asombrada- Tampoco entiendo el gasto de dos mil pesos en antenas.
-Es lo que salen.
-¿Y de qué son las antenas?
-Si no confía puede venir a ver las boletas. Están todas a su disposición.
-¿Pero antenas de qué?
-Antenas, es obvio que están muy económicas, si usted quiere puede averiguar otros precios y verá que las conseguimos muy económicas.
-¿Y el arreglo del cuarto piso, ese que dice cambio de ventana a la calle Cuatro? De este edificio no se ve ninguna calle Cuatro. Creo que ni siquiera en la ciudad hay calle cuatro.
-Si mira bien, verá que desde el baño se ve la calle Cuatro. Por cierto, una vista muy bella.
Decido ir a hablar con el vecino del cuarto piso.
-Si, por supuesto -me dice indignado- desde aquí se ve mucho más que la calle cuatro.
-¿Vió el gasto de los vidrios?
-Stock, es una idea genial -se entusiasma- piense que durante treinta años aquí no se ha roto ninguno, por lo que según la ley de probabilidades, en cualquier momento pueden empezar a romperse todos juntos. Es matemática pura.
-Quizás podría usted decirme qué son las antenas que se compraron por dos mil pesos -intento saber aprovechando las matemáticas.
El hombre abre muy grandes los ojos. Por un instante sonrío y asiento ante el apoyo desmedido del vecino.
-¿Dos mil pesos? ¡Dos mil! ¿Se da cuenta? ¡Es baratísimo! -y me cierra la puerta en la cara mientras repite la cifra en voz baja.
Encuentro a Doña Esther lustrando el portero eléctrico y aprovecho para preguntarle si sabe a qué antenas se refiere el resúmen de gastos del mes.
-Lo de las antenas está bien. Antes que preocuparse por lo de las antenas, debería preocuparse por lo del ascensor.
-¿Qué le pasa al ascensor?
-Pregunte en la administración, ellos saben.
-Hasta que no sepa que pasa, decido subir por las escaleras.
-Algo pasa con el ascensor -le digo a Albertino.
-Es cierto, pero hemos tomado cartas en el asunto. Todo está bajo control.
-¿Que tiene el ascensor?
-¿No lo sabe? Qué extraño, usted que tanto se interesa por las cuestiones del consorcio.
-No, no lo sé.
-Es curioso que no lo sepa viviendo usted en el séptimo. Sin duda sabe que se han comprado vidrios para el hall de entrada, y bueno, eso es esencial en lo del ascensor -parece concluír.
-¿Esencial?, No entiendo.
-¡Déjeme terminar! Cuando compramos las antenas, tuvimos en cuenta el ascensor, así que si se fija en el cuarto piso, es lo de siempre. Está todo resuelto como para que se siga en ese orden. No tiene nada de qué preocuparse. Ahora, si me disculpa, estoy muy ocupado con lo de las antenas. Como verá, siempre me ocupo de su edificio y siempre estoy a su disposición para aclarar sus dudas -me dice con una sonrisa en la voz, y me corta.
Esa tarde, cuando vuelvo a casa después del trabajo, encuentro al señor Albertino hablando con la encargada que lustra el portero eléctrico.
-¡A usted estaba esperando! -me increpa. Por un instante temo que Albertino saque un arma y me mate, pero en cambio saca una carta y me la entrega.
-Para su tranquilidad, aquí le traigo lo que me pidió -y se va.
En casa, luego de subir por la escalera, abro el sobre. Es la boleta de las antenas
A lo lejos se escucha el ruido de un vidrio que se rompe.
Respiro profundo en la noche. Otro vidrio; mil vidrios.
Algunos, en casos como estos, podrían matar o suicidarse; otros, menos sensacionalistas, prefieren hacer juicios, mudarse o dejar que la cabeza gire como una calesita obsesiva. Yo, cierro los ojos, respiro profundo; y mientras oigo caer el ascensor repleto quién sabe de qué, contemplo con resignación las luces de la calle cuatro.
cuentos cortos, relatos breves, poemas en prosa
Espejo e infierno

Cuenta una famosa leyenda urbana que si te parás frente a un espejo a medianoche y te mirás fijo mientras las campanadas de alguna iglesia dan las doce, en el momento en el que suena la última campanada, verás el rostro del demonio, y tu alma estará condenada eternamente al infierno.
La historia tiene sus variantes, en algunas se ilumina el rostro con una vela, en otras se repite una frase un número determinado de veces; pero en esencia es la misma. Sé que el hecho de hablar de ella es infantil y sin embargo he estado mirándome fijo en el espejo a las doce de la noche algunas veces, creo; claro que nunca pasó nada, y no piensen que voy a terminar la historia diciendo que esta vez por fin he visto algo. No es esa mi intención. Nunca vi ni veré nada en el espejo. No recuerdo bien con que frecuencia hago esto, pero nunca he visto algo.
Esta vez no será distinto.
Se ha escrito mucho sobre los espejos. Transporte a mundos mágicos o infernales. Sabios, místicos, omniscientes espejos. Espejos abominables; veraces o futuristas.
El mío es un espejo común, y es una sensación de dejadez la que me paraliza frente al espejo esta noche cuando me doy cuenta, como saliendo de un sueño, que está terminando de sonar la primera campanada de la iglesia de la avenida.
Y debo reconocer que tengo miedo, como si algo me dijese que deje de mirarme. Tengo suerte de tener una iglesia a media cuadra, porque si la leyenda es cierta, sólo podemos comprobarlo los que vivimos cerca de una iglesia y podemos oír las campanadas nocturnas.
La segunda campanada y un bocinazo me vuelve a la realidad. Si bien sé que nada pasará, me doy cuenta que espero que algo pase. Después de todo, si algo pasase, sería como confirmar la existencia de Dios, porque si existe el Diablo debería existir Dios.
Tercera campanada y volviendo al clima. Otra vez espero que algo suceda, aunque preferiría que no, y créanme que esto no es un cuento de terror. Igual, siento aprensión. Si confirmo la existencia del Diablo, no significa forzosamente que exista Dios, pero si existiese, ¿querría yo comprobar la existencia de un Dios que en el instante en el que por fin creo en el, me manda directamente al infierno?
La lenta cuarta campanada, suena bizarra como una vieja película de vampiros. En el pecho siento una ansiedad creciente. Las películas de horror se basan en la sorpresa que causa el descreimiento. Los que mueren son los descreídos, los irrespetuosos de las leyendas. Tengo una sensación de intranquilidad, un cosquilleo de ansiedad. Pero si Dios ni siquiera existe y estamos en manos del diablo, mirar o no mirar el espejo no supone ninguna diferencia.
Y la quinta campanada suena helada. Noto que mi mente y mi cuerpo están preparados para tener miedo. Reconozco que estoy sugestionada y todo me sobresalta. Ahora estamos el espejo, las campanadas y yo. Y también el Diablo como figura posible, y el infierno. Quizás, romper el círculo sería lo correcto.
Lo único que está en este momento es la sexta campanada retumbando en mi cabeza. Mis ojos fijos. Mi mente que espera pero no espera. Me digo que quizá esta vez podría ser distinto.
Séptima campanada, quiero llegar al final. Hay un desafío, y aunque sé que pasará lo de siempre no me tranquilizo. Es que en el fondo, tener la prueba de que cualquier mito existe, es como entrar en un mundo fantástico. En este caso, un mundo de pesadilla. Y la sugestión me lleva al pánico.
Octava campanada casi muda de silencio. No hay calle ni edificios, hay sólo campanadas lejanas. Miro de reojo, y cada mínimo sonido me sobresalta. Estoy aterrada. Con ansiedad creciente pienso por primera vez en la locura.
La novena campanada me sumerge en un remolino de negrura. ¿Y si en el instante de la campanada final mi mente se rompe y quedo loca para siempre en un infierno imaginario? Considero como otras veces la posibilidad de irme, pero estoy pegada al espejo aunque me propongo llegar al final.
Décima campanada. El corazón me late fuerte. Siento cómo un escalofrío me recorre la espalda, descubro que eso no es una simple frase, es como un dedo frío caminando por mi espina dorsal. Ante mí están mis ojos fijos muy abiertos en medio de un mar esfumado de oscuridad.
Undécima campanada. Los nervios cortan mi respiración. La garganta se me seca de improviso. Faltan unos segundos. Siento la cabeza como un globo y un fino sudor nace de mis sienes hinchadas. Las manos agarrotadas en el vacío. Una brisa me roza la frente, como la locura.
Pero como ya dije antes, sucederá lo de siempre.
Antes de la última campanada, con un suspiro de alivio, cierro decididamente el espejo; y entonces, recuerdo por un instante, con súbito vértigo mientras suena la primera campanada, que mi infierno es la repetición diabólica de este episodio cobarde, eterno y circular.
cuentos cortos, cuentos, cuentos breves, relatos, literatura
Matar al vendedor
Es fácil imaginarse asesinando a algunos vendedores que intentan venderte un zapato de frágil taco aguja y altura ilimitada.Es de cabritilla roja resplandeciente.
Yo quería los bajos de color negro, pero él me ha traído este modelo rojo taco de hilo e insiste emperrado en vendérmelo.
-Es que los tacos les sientan bien a las mujeres -me dice el joven de sonrisa crónica.
-No uso tacos y no me gusta el rojo.
-Debería probarlos, hace que la postura sea más sensual.
-No sé caminar con tacos.
-Es cuestión de costumbre- Y su sonrisa centellea.
-No me interesan los tacos, -digo empezándome a sentir incómoda- además creo que voy a seguir mirando vidrieras antes de decidirme.
-Pero este zapato a usted la favorece. Fíjese, le combina con el pelo -y sus dientes titilan como luces de kermese.
-También combinan con su lapicera -contesto esta vez con seca irritación -¿Porque no los usa usted?
Ahora brilla de felicidad y me pregunto por qué no me voy y para qué quiero yo hacerle entender a este hombre necio que a mí los tacos no me sientan bien.
-Los tacos se acompañan con vestimenta especial, a esa pollera por ejemplo le quedarían bien.
-También a esos pantalones, de hecho mi hermana tiene unos parecidos y los acompaña con tacos.
-No son mi número -me explica con voz festiva.
No entiendo como nadie lo mató hasta ahora. Sus labios tensos me miran en una mueca macabra.
Intento explicarle que así no es, que de esta manera alguien algún día lo va a asesinar, pero él sonríe y sonríe y además asiente.
-Parecerá más delgada -está diciendo ahora, e imagino el taco incrustado en su cráneo, el taco rojo y brillante con la sangre de rubí inundando el esmalte radiante de su sonrisa.
-No necesita llevar nada más que estos zapatos para lucir elegante.
¿No entiende que lo van a matar? ¿Es que no percibe la locura en la mirada o el silencio helado que lo rodea?
¿Que espero para escapar de esa sonrisa payasesca?
Advierto con horror que no es él quien está intentando venderme obstinadamente el zapato; soy yo. Yo, empecinada y terca, soy la que intenta venderle la comprensión. Pero sin embargo no comprendo nada.
El olvido sería una solución, pero me faltan fuerzas.
La serenidad me embarga cuando descubro resignada que mi destino es quedarme.
Alguien va a entrar algún día con el coraje suficiente y no querría perderme por nada del mundo, el instante perfecto y único de su muerte.
Teresa Piana 2005 (relato breve)
cuentos cortos, relatos, sueños y pesadillas literarias
Dos relatos cortos

Desde la ventana
Estaba bajando la persiana cuando se cortó la soga. Yo, tenía la mano izquierda apoyada en el marco de la ventana y el filo de la cortina ¡sock! me la cortó.
En el acto intenté subir la celosía por si mi mano aún estaba ahí, pero levantarla usando sólo la derecha era difícil, así que para cuando lo conseguí mi preciosa extremidad ya no estaba.
Bajé corriendo los tres pisos por las escaleras, y ya en la calle la distinguí a lo lejos caminando con prudencia entre la gente. Estaba bastante cerca y andaba despacio. Me apresuré a buscarla, pero en cuanto oyó mis pasos se alejó a toda velocidad.
Como no soy una persona veloz, tuve que hacer un gran esfuerzo para ponerme a su altura, pero ella no estaba dispuesta a dejarse alcanzar y cuando yo estaba a punto de rozarla dio un brinco tan largo que de repente se alejó de mi más de media cuadra.
Para entonces, mi brazo había perdido tanta sangre que en la calle se había formado un río rojo en el que navegaban las hojas de los árboles. La sangre llegaba hasta donde estaba mi mano y ella, aprovechando la situación, se alejó nadando, esta vez para siempre, por la corriente intensa de la avenida.
A veces, cuando miro hacia afuera desde la ventana, tengo la esperanza de que aparezca hastiada de tanto viajar, y que en un respingo se una a mi brazo como en otro tiempo. A veces incluso, me parece verla venir arrepentida, pero no son más que ilusiones, manos que otros han perdido.
Cada mañana, por si vuelve, me pongo en mi muñón una hermosa esclava de oro, mientras espero vanamente su regreso.
Sé que retornará cuando yo abandone la espera, que entonces algo en ella despertará de su letargo de seguridad y sin un llamado estará otra vez en su lugar. Pero no insistir es algo tan distante por ahora, que parecería que nunca más la veré de nuevo.
He pensado en liberar a su compañera para que vaya en su búsqueda; pero para que esto sea posible tendría que estar aquí ella misma, en este instante, para que baje la persiana, que ¡sock! cortará mi mano derecha que está ahora apoyada en la ventana.
octubre 2005
Calle Humahuaca.
Tengo especial cuidado cuando camino por La Calle Humahuaca.
Por ejemplo, cuando es de día voy por la sombra, pero si es de noche , camino justito sobre el cordón.
Si hay perros, cruzo; y si están en ambas aceras, voy por el medio de la calle, siempre más cerca de la vereda derecha.
A veces, cuando entro en ella, la saludo con efusividad, para que no dude de mi cariño.
Si empieza a llover mientras estoy allí, voy saltando al grito de "¡lapislázuli!", porque intuyo que a Calle Humahuaca le agrada.
Sé muy bien que a algunas personas les llama la atención mi comportamiento, pero cualquier otra cosa sería ser descortés con este sitio que no merece menos.
Cuando me voy, me despido dando grandilocuentes muestras de pesar. Puedo caer teatralmente al piso y gritar repitiendo "¡No, no, no!" una y otra vez, o bien salirme de ella simplemente con la cabeza exageradamente gacha , arrastrando los pies con el rostro transfigurado por el dolor.
Soy una persona simple. En las noches calurosas, lloro al pensar cuán complicada es la vida en la Calle Humahuaca.
noviembre 2005 (Cuentos, sueños y otras realidades)
cuentos, relatos, poemas, literaturaOliverio Girondo -12

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden y se entregan.
Oliverio Girondo
Cuentos, relatos, poemas.
Miuki y otro relato
Miuki
En mi cocina hay pájaros muertos. No hablo de pollos ni de codornices. Son pájaros, muertos en mi cocina. Ahora por ejemplo hay dos gorriones cerca de la puerta. Yo no los maté. Yo todavía no he matado a nadie.
Siempre los trae Miuki, mi gato. Miuki mata a cualquier animal que no le agrade demasiado. Miuki es un gato un asesino.
Por mí siente adoración, no lo dudo, pero a veces me sobresalta cuando entra sigiloso en la sala y me mira triunfante con el hocico ensangrentado.
Primero fueron las cucarachas. Claro que es común que estos animales tan bellos jueguen con esos insectos hasta matarlos. Después aparecieron las primeras ratas hasta que un día llegó con un perro muerto. Lo traía a la rastra entre las fauces rojas. Comprendí que no era un gato normal.
Vivo en un vecindario tranquilo. Mi hogar es amplio y agradable. Las paredes blancas, los muebles de colores claros, escucho música suave y aromatizo el ambiente. Las matanzas no modificaron esto: la luz sigue brillando en los rincones y hay espacio para el sol por donde se mire. Soy una mujer serena, pero me estremeció lo del potrillo.
Salía yo como cualquier otro día a correr por la mañana cuando lo encontré muerto en los escalones de la entrada. Por los desgarros supe quién lo había matado. Aquella vez, vislumbré el final.
Es muy cariñoso cuando quiere, pero sangriento tantas otras veces.
No es fácil ser dueña de Miuki. Apareció en mi jardín de pequeño con su nombre marcado en el cuello y lo crié como al hijo que nunca tuve. Quizás, sólo yo conozca sus habilidades, o quizás su creador comparta conmigo el infierno de saber desbocado su experimento, pero nadie más podría sospechar de tan delicado ser.
La dueña del caballo, una adolescente consentida gritaba enajenada. La gente se agolpaba en el vestíbulo de mi casa echándole la culpa quién sabe a que espécimen fugado de que macabro zoológico sobrenatural. El padre de la joven, descontrolado, pedía un arma para matar al monstruo que suponía suelto y, sin saber que hablaba del criminal, me gritó desaforado que protejiera a mi pequeña mascota.
Por un momento atroz, pensé que la bestia iba a brotar en Miuki y ante la mirada paralizada de todos iba a acabar con el hombre, pero él se mantuvo hermético dentro de sí.
Me contempla ahora con afecto. Menos mal que me quiere.
Cuando está a punto de asesinar se transforma.
Una sola vez, aterrada entre las sombras nocturnas, atisbé su naturaleza infernal. Su cuerpo había crecido el triple de su tamaño y las garras relumbraban bajo el resplandor de la luna.
Claro que este ser también es compasivo. A mí me quiere con idolatría animal y no está conmigo por el alimento. Eso, puede procurárselo solo.
Un día le supliqué que no le quitara la vida a mis congéneres y admito que está haciendo un gran esfuerzo; desde entonces sólo mata avecillas. Él es fiel y sin embargo, auguro el descarrilamiento. Intuyo su sed, noto la respiración acelerada, palpo el suave estremecimiento de su pelaje ante ciertas presencias. Valoro su intento y lo agradezco.
Por ahora cocino pájaros, en este momento un gorrión; pero la tensión aumenta.
Desde sus ojillos lúcidos me mira con mansedumbre resignada. Presagia mi decisión urgente. Sé que no se moverá para impedirla. Sé que tengo por aliado el hastío de su infinita soledad ¿O acaso habrá otros como él que lo apuren a defenderse?
Afilo la cuchilla para Miuki.
Mi amor, mi miedo y mi dolor están con él.
(corregido en mayo del 2008)
De fondo
¿Qué es ese ruido? Me preguntás mirándome intranquilo aquí, en pleno día y en pleno centro de la ciudad.
Salimos del cine hace un instante, y vimos una película de terror, al mediodía y en pleno centro.
Las calles no están vacías, y sin embargo tu pregunta es acertada, ¿Qué es ese ruido?
Hay ruidos de voces, de bocinas de músicas mezcladas, risas, celulares, puertas, autos; pero hay algo detrás de la algarabía, un rumor que no es parte del bullicio urbano.
Las cosas están iguales, no hay dudas. Miro a mi alrededor para cerciorarme de esto, a ver si descubro algo que cambió y yo no me di cuenta, pero no; la gente igual, la coloración idéntica, la estructura es la misma y los olores, pero el ruido en el fondo.
El aire no ha variado, y vos estás ahí, suspendido y mudo mirando el ruido.
Observo a la gente a ver si noto que ellos también lo perciben; entonces comprendo que estamos nosotros dos solos en el mundo porque nadie mas es capaz de oír algo tan evidente como ese ruido inmutable que ahora nos satura.
Intento buscar de donde viene, pero está en todas partes y está arriba y abajo y quién sabe qué es y si es bueno o es malo, pero nosotros acabamos de salir aunque en pleno día y a pleno sol de ver una película de terror, y de pronto el ruido... ¿Que es ese ruido?
escritos en octubre de 2005
La muerta de al lado (Sin crónica)

Hoy mataron a la de al lado. Casi treinta puñaladas.
La policía me tuvo toda la tarde en la comisaría.
Yo lo ví al tipo, pero en ese momento no podía saber que la persona con la que hablaba, era un asesino brotado.
-¿Qué pasó? -pregunta estúpida a alguien que acaba de reventar a cuchilladas a su amante
-No sé, no sé.
Hacía una hora que discutían.
En la comisaría me preguntaron todo. Aunque no tuviese valor legal.
-¿Y cuándo se compró?¿Cuándo? -le gritaba ella.
Susurros indefinidos de el.
-¡Sabés que no es verdad! ¡Es obvio que se olvidó!
El contesta algo que no se entiende "en las dos", agrega.
-Nada que ver -ella se ríe.
Susurros de el. Risas de ella.
-¿En dónde?¡carajo! -es lo único claro que se le escucha a el.
Entonces ella empezó a gritar. Y realmente, gritaba como si la estuvieran matando.
Gritó todo el tiempo en el que yo me vestía para asomarme a ver qué pasaba. Y entre los gritos, se sentían las emebestidas contra la pared que da justo a mi dormitorio.
Primero pensé que ella estaba teniendo alguna crisis de locura. Después, que él la estaría golpeando fuerte, pero matándola nunca.
Entonces me empecé a vestir.Cuando salí al pasillo habrían pasado diez o quince minutos. La puerta de mi departamento se cerró de golpe y el salió del de ella corriendo cubierto de sangre. Se oía que otras personas salían de sus casas. Ahora sé que quizás eso me salvó la vida.
-¿Qué pasó? -porque uno cree que los asesinos no existen, o que nunca va a estar delante de uno
¿Cómo suponer que la sangre no era de un accidente y que era lo único que había quedado vivo de la chica de al lado?
-No sé, no sé - y se fué corriendo dejando la puerta abierta.No tenía la mirada terrible que debería tener un asesino pasional en el momento del crímen. Tenía la mirada de nada.
Algunas personas rumoreaban en los pasillos superiores, mientras yo iba entrando y encontrándola muerta. Desfigurada. Carne picada sobre la pared que del otro lado es mi dormitorio. Rojo por todos lados. Juro que no me imaginé nunca que adentro de una persona podía haber tanta sangre, y que por primera vez comprobé la frase repetida en tantos lugares sobre el "olor a sangre", que yo jamás había sentido. Reventada e irreconocible.
Sólo en ese momento, sentí miedo, pero no grité.
Me quedé congelada unos segundos, con el pecho agarrotado hasta que la gente empezó a bajar.
La toqué, porque aún en esa masacre infernal tuve dudas de su muerte, y todavía siento la sensación de plasticola resbaladiza en las yemas de mis dedos.
Creo que no tendría más de veinte años. Siempre prolija. Siempre buenita.
La madre llegó después, con el hermano. No se la dejaron ver, le dieron algo. Me lloraba a los gritos.
-¡Fué el hijo de puta de Antonio! ¡Ese es Antonio! ¡Yo sabía que iba a terminar así! ¡Maldito hijo de puta!
Era Antonio. Facilísimo. Ya está detenido. Parece que ni se mosqueó cuando lo fueron a buscar a la casa. Estaba ahí, dócil, entregado y lleno de sangre. Parece que en la calle nadie lo vió.
Me había hablado, me había mirado, me había escuchado ( o ninguna de las tres cosas) y ningún diario, ni ningún medio dijeron nada.
Policías, policías y más policías.
Tarde de calor asfixiante en la comisaría donde me trataron como si a la pendeja la hubiera matado yo.
Los vecinos me miran, se mueren por preguntar. Yo me muero por hablar, pero sigo el patrón social del "no quiero hablar de eso, mejor no, me hace mal, prefiero no recordar", porque de eso no se habla.
¿Hay algo más morboso que el placer de haber sido casi testigo de algo prácticamente fílmico?
No salió en ningún diario, pero es evidente, que la vida real también existe.
Dudo que pueda no soñar. Estuve con nauseas todo el día, desde que el olor a sangre se me pegó a la nariz.
La cabeza inflada por el calor y el ruido.
¿Porqué negarlo? En mi vida vacía, la muerte de esta mujer algo anónima, ha sido una maravilla. Una fiesta.
Ahora espero la segunda.
cuentos, relatos, poemas y pesadillas literarias
Catalina esperando bajo el laurel

A Catalina la vieja, se la chupa el mosquito. El único mosquito que a mi no me pica nunca.
No es que esté celosa. Añosa, esperando bajo el laurel, devorada, Catalina suplica por un poco de off.
Hace años que a mi no me pican. Como si mi sangre se hubiese secado. Como si no tuviese sangre.
Así estoy a salvo de los vampiros, mejor para mí. Pero sé que la gente me mira como si Catalina fuese mejor.
Y tienen razón.
cuentos, relatos, poemas y pesadillas literarias




