03 noviembre 2010

La Señora

-Acordate: -le repitió Rosa con afecto- La cabeza siempre gacha. No la mires a menos que ella lo pida.
Hacía seis meses que trabajaba en la casa y todavía no conocía a su patrona. Algunos empleados sin embargo, estaban desde hacía varios años y tampoco la habían visto nunca.
Hasta la habitación la acompañó Herminia.
-Que la Señora te quiera conocer es un privilegio -le dijo el ama de llaves- Estate agradecida.
Le acomodó el uniforme, le prolijó la vincha y le abrió la puerta.
Matilde entró tímidamente al dormitorio.
-Pasá nena -dijo la vieja con tono autoritario- ¿O esperás que te vaya a traer de la manito?
Matilde se ubicó en el centro del cuarto, delante de la silla de ruedas de su patrona, sin mirarle la cara.
-Así que sos huérfana y tu hermana está internada.
La chica asintió incómoda.
-Qué le pasa a tu hermana.
Matilde no contestó.
-Te estoy hablando. Contestame cuando te hablo. Qué le pasa a tu hermana.
Matilde dudó. Cuando habló lo hizo en voz muy baja.
-Es retrasada mental severa y no se puede quedar sola en casa.
-¿Nació así o tuvo alguna enfermedad?
-Nació así…
-Bueno -dijo la vieja- Vos tuviste suerte. Podrías haber nacido peor de lo que naciste. ¿No?
Matilde agachó más la cabeza y sintió que el rubor le cubría el rostro.
-Cuando te pregunto algo contestame -dijo la vieja en tono gélido- Podrías haber sido más estúpida. ¿No?
Matilde asintió.
-Agarrá la crema que hay sobre aquella cómoda y vení a masajearme los pies.
Matilde agarró el pote de crema y se agachó a los pies de la vieja. Comenzó a sacarle un zapato con delicadeza pero la mujer estiró el cuerpo y con la mano la empujó hacia atrás. Matilde cayó sentada sobre la alfombra.
-No te dije que me saques el zapato -dijo la mujer- Acostumbrate a hacer la cosas cuando te las digo.
Matilde se mantuvo mirando hacia abajo.
-Y ahora andate.
La chica dudó.
-¿Puedo levantarme? -preguntó en voz baja.
-¡Veo que vas aprendiendo! –exclamó la vieja- No. Ya que estás, salí del cuarto en cuatro patas.
Matilde caminó en cuatro patas hasta la puerta. Cuando llegó ahí se quedó esperando la orden.
-No exageres. Estúpida-dijo la vieja- Levantate y abrí la puerta. ¿O pretendés que te la abra yo?

La vieja hacía ir a Matilde todas las tardes a la hora del té. Tenía que servirla y masajearle los pies mientras la mujer merendaba. Matilde sentía que los otros empleados la miraban con envidia. Cada vez que ella entraba a un lugar en donde estaban charlando, se callaban de repente como si tuviesen miedo de que los fuese a buchonear; pero lo que más le dolía a ella, era el deterioro de la relación con Rosa.
-¿Qué se siente ser la preferida de la Señora?
-Nada -contestaba Matilde.
-¡Dale! ¡Contame! ¿Qué hacen juntas?
-Toma el té... Miramos televisión... Nada…
-¿Vos sabés que yo hace ocho años que estoy acá, y no la conozco? Contame. ¿Es verdad que no tenés que mirarla a la cara? ¿Te trata bien?
-Qué sé yo… Más o menos…
-Claro… ahora resulta que como sos la preferida de la Señora no hablás con el resto del personal.

Durante la semana Matilde cumplía órdenes. Los domingos visitaba a Mónica en el hospital. Se quedaba todo el día. Si había sol iban al jardín; si llovía, se quedaban en la sala general. Matilde llevaba sándwiches de miga, galletitas dulces y gaseosa. Mónica le preguntaba del trabajo y Matilde le inventaba historias sobre la maravillosa vida en la mansión y los privilegios que tenía por el importante cargo que ocupaba.
-La Señora es mi amiga. Me convida con masas de crema y miramos juntas la televisión.
Mónica se ponía tan feliz con la suerte de su hermana que Matilde sentía que era la única persona en el mundo que alguna vez la había querido. Estar con ella era lo que hacía más llevadera a su vida.
-Cuando junte plata te voy a sacar de acá y nos vamos a ir a vivir las dos a Miami. Vas a ver qué lindo, porque ahí siempre es verano. La gente trabaja pocas horas al día y vamos a poder estar juntas.
Por la noche, Matilde volvía a su puesto.

Algunos días la vieja aprovechaba las noticias que veían para hacerle preguntas sobre sus padres.
-¿Y vos serás hija del mismo padre que tu hermana o serás como los negros esos?
-No… soy hija del mismo padre…
-¿Qué sabés? Si tu mamá era putita no te lo iba a decir a vos. ¿No?
-No...
-Y tu papá era borracho como éste o tenía otro tipo de tara.
-No Señora… era albañil...
-Y sí. A esa gente la cabeza no le da para otras cosas. Como a vos, que sos sirvienta. ¿No es cierto?
-Sí...
-Tuviste suerte de quedar huérfana, o no hubieses tenido el privilegio de trabajar acá.

Cierta tarde dieron un programa sobre la discapacidad mental. Matilde masajeaba los pies de la Señora intentando prestar atención al programa. La vieja sorbía el té en silencio. Cuando terminó su hora, la chica juntó las cosas y empezó a cargar la bandeja para irse hasta que escuchó el comentario.
-Estaba pensando en que te voy a necesitar acá todos los días. No vas a salir más los domingos.
Matilde se quedó congelada un instante. Estuvo a punto de asentir, pero habló.
-No puedo, Señora. Los domingos visito a mi hermana…
-Visitabas –contestó la vieja con sequedad.
Matilde sintió algo muy parecido al miedo.
-Por favor, Señora –dijo en voz muy baja- le suplico que me permita salir a visitarla.
-¿Para qué querés ir a ver a esa mogólica? –contestó la vieja.
-Por favor, Señora…
-No me contestaste. ¿Para qué querés ir a ver a esa mogólica?
-Por favor Señora… -repitió Matilde.
-¡Por favor, Señora! ¡Por favor Señora! –se burló la mujer- ¿Y tu hermana es tan tarada como los inútiles del programa éste que están dando?
A Matilde se le aceleró la respiración. Percibía el corazón latiéndole en todo el cuerpo. Por primera vez en dos años, levantó la cabeza y miró a su patrona.
-¿Qué hacés, estúpida? ¿Quién te dio permiso para mirarme?
A la chica le sorprendió encontrar a una mujer muy joven y elegante.
-¿Qué me mirás? –gritó la Señora- ¿Te contagiaste de la mogólica de tu hermana?
Matilde sintió que el calor volvía a inundar su rostro como en su primera entrevista, pero esta vez, no agachó la cabeza.
-¡Negra de mierda y mogólica como tu hermanita! -canturreó la Señora.
Matilde la escuchaba casi con asombro. Como si después de todo ese tiempo descubriese por primera vez el significado de las palabras que oía.
-¡Negrita de mierda! ¡Negra y mogólica como tu hermana! ¡Como tu hermana la imbécil!
Matilde notó que una furia viva se le abría paso desde el estómago. Agarró la bandeja y la lanzó contra la vieja. La taza de porcelana, se estrelló en el piso haciéndose añicos. La azucarera golpeó en el borde de la silla de ruedas. Millones de granos de azúcar cayeron sobre la manta que cubría las piernas de su patrona. La mujer rió a carcajadas esquivando el ataque.
-¡Más mogólica que tu hermana! ¡Más mogólica que tu hermana! –cantó.
Matilde se le lanzó encima y le dio un golpe brutal en la cabeza. Inmediatamente sintió la necesidad imposible de volver el tiempo atrás unos segundos para no repetir la acción. La Señora bamboleó su cabeza unos instantes. Un hilo de sangre brotaba de su nariz. Se limpió con la mano y miró a Matilde asombrada. Después, sonrió.
-¡Tu hermanita la mogólica! ¡Tu hermanita la mogólica! –dijo en un susurro cargado de odio- ¿Qué serías capaz de hacer por esa mogólica que no sirve para nada?
Entonces una ira animal se apoderó de Matilde que se lanzó sobre el cuello de la mujer.
La otra intentó zafarse pero no pudo. El odio de la chica era puro poder. La cara de la mujer empezó a ponerse morada. Los ojos comenzaron a salirse de sus órbitas. Intentaba manotear pero la fuerza de la chica era irreductible. En la televisión sonó otra vez la música del comienzo del programa. Alguien golpeaba la puerta de la habitación.
-¡Señora! ¡Matilde! ¡¿Están bien?! –gritaba desde fuera el ama de llaves.
Matilde escuchó el llamado como desde la lejanía. Miró hacia un costado y vio el desorden. Volvió a mirar a la mujer que se asfixiaba aún sangrando por la nariz. Soltó. La mujer respiró y tosió hasta que recuperó el color.
-¡Señora! –gritaba el ama de llaves- ¡¿Están bien?! ¡Por favor contesten!
La chica se levantó horrorizada de sí misma. Se miraba las manos como si estuviesen llenas de sangre. Se dio vuelta y corrió hacia la puerta. Afuera, el ama de llaves volvió a golpear.
-¡Te olvidás de llevarte la bandeja! –dijo su patrona, todavía resollando.
Matilde se dio vuelta y miró las cosas tiradas por todos lados. Tenía los ojos muy abiertos.
Rápidamente juntó la tetera, la taza, la azucarera. Se incorporó y aún con expresión de horror en su cara, miró hacia abajo y esperó la orden.
-¡Señora! ¡Voy a entrar! ¡Matilde! ¡Contesten!
-Andate así se calla Herminia de una vez por todas -ordenó la Señora- Y mañana a la misma hora con el té. Entrá sin llamar. Como siempre. Y sin mirarme.

27 octubre 2010

El juego de química

Lo mejor de los caracoles es la lentitud. Está bueno para poder jugar tranquilos al hospital de animales. El juego consiste en armar camitas con cajas de fósforos o con maderas. Las ponemos una al lado de la otra como a las camas de los hospitales y ahí ponemos a los animalitos. Mis primos y yo hacemos de médicos o enfermeros. La abuela nos regaló una sábana vieja que cortamos en pedazos para tapar a los bichos. Ahora el hospital está cerrado por el tema de los ladrones, pero los mejores enfermos eran los caracoles. Claro que a veces usábamos ranas, aunque teníamos que clavarlas con un alfiler a la madera de la cama para que no se fueran. Una vez, hasta conseguimos un ratón. Lo cazó el primo Pablo después de acorralarlo contra un árbol. Mamá se enojó mucho con lo del ratón, porque para que se quedase quieto, tuvimos que usar clavos que llegaron a la madera del piso y la sangre dejó una mancha que hubo que frotar varias veces hasta poderla sacar.

Los caracoles en cambio se quedaban quietos un buen rato después de ingresar al hospital.
Si intentaban levantarse de la cama, los acompañábamos con calma, tratándolos con dulzura. Les explicábamos que debían quedarse ahí hasta sanar por completo. Los volvíamos a recostar despacio y esperábamos a que se durmiesen.
Una noche se escapó un paciente. Lo buscamos por toda la clínica pero no lo encontramos. El director citó al personal completo y nos prohibió hablar del tema con nadie. Ni con nuestros familiares y mucho menos con la prensa. Desde entonces, a la hora de dormir, a todos los dejamos bien amarrados a sus camas. La mayoría tienen problemas neurológicos graves, así que si no se los puede vigilar continuamente, hay que atarlos.
Mamá se enojó porque le gastamos casi toda la cinta adhesiva. Además, varios caracoles murieron asfixiados. Mi prima Maia lloró mucho por eso. Quiso que los enterremos como corresponde, así que les hicimos el funeral en el jardín del fondo mientras Julio tocaba la marcha fúnebre en la flauta que nos regaló la abuela. Fue un momento muy triste porque teníamos menos caracoles. Después, Pablo nos explicó que había que pegarlos a la cama con más suavidad y menos cinta, para que pudiesen respirar.

Pero lo mejor vino cuando la prima Elizabeth, trajo el juego de química.
Los experimentos comenzaron con un éxito rotundo desde que empezamos con los preparados del laboratorio. Algunos pacientes cambiaban de color y otros se inflaban como globos. A los que morían los enterrábamos en el cementerio del fondo del hospital durante la noche. A otros en cambio, los químicos les causaban un efecto diferente. Se ponían nerviosos y empezaban a dar vueltas por toda la sala. Los teníamos que agarrar entre cuatro o cinco enfermeros. Estaban también los que se iban durmiendo de a poco y se morían tan despacio que casi no nos dábamos cuenta.

-Es la mejor manera de morir -dijo la prima Elizabeth.

Los de mayor triunfo fueron los ensayos con el crecimiento molecular. Numerosos internados alcanzaban a tener cuatro veces su tamaño. Después se deshinchaban de a poco pero cada vez necesitaban menos cantidad de preparado para crecer. Algunos explotaban.

Mamá se enojó muchísimo cuando explotaron tres ranas en una misma mañana. Nos tuvo a mí y a todos los primos limpiando todo el día y durante varias semanas encontramos partecitas de achuras en los lugares menos pensados de la casa. Sobre las molduras de las paredes, al costado de una pata de la vitrina o hasta dentro del samovar ruso que la abuela tenía de adorno bajo la ventana y que de repente empezó a oler mal. Era como si esos restos se hubiesen escondido por su cuenta y para que los fuésemos encontrando por el olor.

Durante un tiempo experimentamos con la velocidad. Los caracoles, que siempre habían sido tan lentos, empezaron a correr más rápido que las cucarachas.
Los pacientes se trepaban por las paredes como insectos. Se deslizaban con rapidez dejando rastros de la baba amarilla. Yo creo que eso es lo que los mantiene adheridos a las paredes y al techo. A veces estaban días enteros hasta que caían rendidos pero felices. Entonces los acompañábamos a sus camas y podíamos ver la alegría en sus rostros.

El problema vino cuando juntamos los dos experimentos: el de la velocidad y el del tamaño.

Las ranas se volvieron tan grandes como perros, y de tan rápido que corrían casi ni las veíamos. Por suerte ninguna reventó. Simplemente se iban desinflando hasta que sólo quedaba la piel. A Pablo se le ocurrió que haciéndoles un agujerito en la cabeza, las podríamos inflar de nuevo para usar de globos, pero los bichos, que todavía estaban vivos, chillaban tanto que nos hacían doler los oídos.
Con los caracoles fue diferente. Probamos inyectando a cientos, porque los líquidos juntos parecían no hacerles efecto. Un mes después, empezaron a crecer de a poco y una mañana despertaron enormes y empezaron a correr.
Por suerte mamá, que es enfermera, estaba en el hospital. Se hubiese enfurecido de ver cómo los animales rompían las puertas y las ventanas para salir de la casa a los saltos. Pero como esa semana tuvo problemas en su trabajo, estuvimos solos en casa y cuando volvió, cansada y ojerosa, ni se mosqueó cuando le dijimos que habían entrado ladrones y por eso estaba todo roto.

Los pacientes crecieron el cuádruple de su tamaño y adquirieron una fuerza inusitada aunque ninguno se tornó agresivo con el personal. Sin embargo, forzaron las rejas del hospital y se escaparon causando pánico en las calles. No habíamos tenido en cuenta el efecto tardío de ciertos organismos.

-Me parece que les dimos demasiado del químico –dijo Pablo.

Vino el ejército armado y cortó las calles. Nosotros seguimos el conflicto por la televisión porque la abuela dormía y no tenemos permiso para salir a la calle cuando ella duerme. Mataron a todos, cosa completamente innecesaria porque seguramente iban a volver en poco tiempo a su tamaño y fuerza normales. Pero eran cientos. Algunos, hasta remontaban vuelo. Fue la primera vez que vimos volar a un caracol. Los soldados les disparaban en el aire y los bichos explotaban en miles de colores que fosforescían en el cielo nocturno como fuegos artificiales. Los vecinos aplaudían pensando que era un espectáculo montado. La gente salía a la calle con sus niños pese a que los militares y la policía intentaban hacerlos entrar. Por suerte nadie se dio cuenta de que habían salido de casa y como la abuela justo estaba durmiendo y se perdió todo, le dijo a mamá que por culpa de ese espectáculo de cuarta que había montado el gobierno, habían entrado ladrones a nuestra casa y habían destrozado todo.

El juego de química quedó destruido pero Elizabeth nos dijo que iba a conseguir otro antes de que termine el verano. Ya estamos planeando reconstruir el hospital, aunque con más precauciones para que los pacientes no puedan huir. También se nos ocurrió probar con palomas, además de con caracoles y ranas. Julio sugirió cucarachas, que con el calor está lleno. A Maia, a Elizabeth y a mí, no nos gustan los insectos y mucho menos gigantes, pero Julio nos prometió que con cuidado no iba a haber problemas.
Pensamos en usar el cuarto de las herramientas. El que era del abuelo. Nosotros ahí tenemos prohibida la entrada porque hay cosas peligrosas, así que tenemos que hacerlo en secreto. Total… La abuela, pobre; no se da cuenta de nada, y mamá cada verz está menos en casa.
Es que es enfermera. Trabaja tanto…

06 octubre 2010

La última navidad


A Milena no le gustaba el abuelo. Siempre le había dado miedo. Decrépito. Silencioso. Perdido dentro de sí. No le recordaba tiempos mejores. Lo había conocido decadente y senil. Unos años atrás, había empeorado y lo habían puesto en un geriátrico. Entonces su casa empezó a tener luz. Ya no había ese olor agrio a orina y a piel vieja ni reinaban las penumbras durante la noche con esa lamparita de 40 watts que su madre dejaba encendida "por las dudas”. El nacimiento de Lucas terminó de barrer los recuerdos tenebrosos que habían quedado de ese hombre. El bullicio del bebé había recuperado los colores que él se había llevado. El abuelo siempre había sido como un espectro cuando vivía con ellos. Los primos también le temían. Ninguno se animaba a acercársele. Por eso cuando mamá le dijo que tenían que llevarlo a vivir a un lugar en donde lo pudieran atender mejor, Milena sintió alivio. La noche anterior a la internación, se asomó a espiarlo mientras dormía. Se paró al lado de su cama porque quería entender qué era lo que le daba tanto miedo de esa persona ajada. Estuvo allí un largo rato contemplando las arrugas y escuchando la respiración dificultosa hasta que sintió que ese ser, era nada más que un pobre vejestorio desfalleciente. Cuando creyó que se había reconciliado con esa parte de sus fantasías, empezó a irse a su dormitorio. Antes de cerrar la puerta, un movimiento ínfimo le llamó la atención. Con cierta desconfianza se giró para mirar el camastro del viejo. Todo parecía estar igual. Para asegurarse se aproximó otra vez al hombre. Por un instante le pareció que no respiraba. Acercó su cara a la de él para poder oír mejor, y cuando estaba a unos quince centímetros, inesperadamente el viejo abrió sus ojos y la miró. Milena retrocedió tropezando consigo misma. Le pareció ver un destello feroz en esa mirada. Después corrió a su cuarto y se encerró. Permaneció despierta hasta la madrugada, cuando empezó a escuchar los primeros movimientos en la casa, y dejó de sentir que estaba sola.


La noticia la golpeó como una bofetada. "El abuelo va a venir a pasar las fiestas con nosotros".
Lo peor no era eso sino que además iba a dormir con ella.
-¿Por qué? -dijo suplicante- ¿Por qué no ponen a Lucas a dormir conmigo y el abuelo no duerme en su cuarto como antes?
-Porque ahora ese es el cuarto de Lucas que tiene que estar al lado del mío por si llora de noche o hay que darle la mamadera.
-¡Por favor mamá! ¡Dejame dormir a mí con Lucas entonces!
-Milena, no sigas con estas estupideces. El abuelo no puede dormir solo. Lo sabés. Y además ya sos lo bastante grandecita como para poder colaborar.

La víspera de la llegada, Milena soñó con un largo corredor sin salida. El viejo decrépito la perseguía arrastrándose. Estiraba sus manos en garra hacia ella intentando asirle los tobillos. De repente no era uno sino varios los vejestorios que ahora intentaban trepar por su cuerpo como insectos gigantescos que quisieran devorarla viva. Ella trataba de quitárselos de encima, pero siempre eran más.
La despertó su propio grito. Pasó el resto de la noche deseando con fuerza que el hombre muriese en el geriátrico antes del amanecer, y como siempre que le atacaba el pánico, pudo dormirse recién cuando empezó a clarear y las primeras luces se filtraron en el dormitorio.

La casa nunca había estado tan alegre. Toda la familia parecía estar contenta. El árbol resplandecía en el centro de la sala y Lucas disfrutaba de su primera navidad. El abuelo, más inerte que nunca, no había podido opacar esa vida nueva que bullía en todos los rincones. Desde que había llegado a media mañana, los resquemores de Milena se habían ido desvaneciendo bajo el sol navideño. Ahora jugaba feliz con sus primos mientras esperaban que dieran las doce para poder abrir los regalos. Se respiraba el aire de las vacaciones cercanas.
Sin embargo, cuando la fiesta terminó y llegó la hora de dormir, sus temores volvieron.
Los padres acostaron con esfuerzo al abuelo en el camastro de al lado suyo. Cuando se fueron ella se prometió no dormir. Lo vigiló un rato, pero la excitación de la fiesta y el insomnio de la noche anterior la hicieron caer en un profundo sueño.

La despertó un movimiento a sus pies. Lo primero que miró fue la cama del viejo, pero estaba vacía. Sintió un vértigo repentino. Alguien le tironeaba de las sábanas. Se incorporó en el lecho con la respiración entrecortada y lo vio. Estaba en el piso intentando trepar a la cama de ella. La chica intentó gritar pero apenas pudo soltar un sonido imperceptible. El hombre estiraba sus garras esqueléticas hacia los pies desnudos de ella. Un ronquido gutural salía de su garganta hueca. Entonces Milena saltó de la cama esquivándolo como un gato salvaje y el grito por fin se abrió paso por su garganta. Corrió atravesando la casa hasta el dormitorio de sus padres que despertaron sobresaltados.
-¡El abuelo! -chillaba histérica sin explicar más- ¡El abuelo!
Los padres corrieron a la habitación de la chica mientras en el cuarto de al lado su hermanito se ponía a llorar despabilado por el griterío. Milena se acostó sollozando en la cama de papá y mamá. Todavía asustada, se tapó con la frazada hasta la cabeza y esperó alerta a que sus padres volvieran, pero el grito de su madre la hizo saltar otra vez. Con miedo volvió hasta su dormitorio. Sentada en el piso a los pies de su cama estaba su mamá, sosteniendo al abuelo entre sus brazos. Su marido intentaba separarla con dulzura. Milena se acercó y vio que el hombre estaba muerto.
-Mejor, María… -decía su padre- Es lo mejor. Murió sin sufrir…
-Hay que llamar a una ambulancia –dijo la madre con voz quebrada- Y Justo el día de navidad…
-Atendé a Lucas, Milena, por favor –dijo su padre.
-Está bien, dejá. Yo voy –dijo mamá secándose una lágrima- para ella fue un golpe muy fuerte despertar y verlo así.
La madre se detuvo un instante en el marco de la puerta, abrazó a su hija y la besó con fuerza. Luego fue a atender al bebé. El padre tapó el cuerpo con una manta y empezó a irse. Milena estaba congelada sin terminar de entender.
-¿Te querés quedar un rato con él, para despedirte? –le preguntó su papá.
La chica asintió.
-Estaba muy anciano, ¿sabés? –Le explicó su padre antes de salir- Esto es lo mejor.
Le apoyó una mano cariñosa en el hombro y se fue. Cuando finalmente se quedó a solas con el viejo, ella le descubrió el rostro. Le pareció ver un movimiento mínimo en sus labios. La chica se levantó en silencio y agarró un espejito de mano de su mesa de luz. Como había visto hacer en algunas películas, lo puso bajo la nariz del hombre. El espejo se empañó ligeramente. Milena sintió una especie de euforia. Miró a la puerta de entrada a su cuarto. Desde lejos se escuchaba el sonido de su padre marcar el teléfono y avisar a la gente sobre la muerte del abuelo. Su madre preparaba en la cocina la mamadera de Lucas. Casi con amor, Milena miró a ese ser tan indefenso. Después, con suavidad, le presionó las fosas nasales y tapó su boca. Le sorprendió la poca fuerza que tuvo que hacer, y la rapidez con que pasó todo. Apenas un par de minutos. Luego lo volvió a recostar con dulzura en el piso, lo tapó nuevamente con la colcha, y fue, como buena hija, a ayudar a mamá con las cosas de la casa.



11 septiembre 2008

El premio


-Si echásemos ahora un cadáver con algo pesado para que se hunda, - dijo Sofía- nadie lo encontraría hasta el verano próximo.

Le faltaba poco para cumplir los catorce años y era la más grande.
-¿Y cuánto falta para el verano? -preguntó Natalia.
Estábamos las tres sentadas en el borde de la pileta de nuestra casa mirando el agua podrida. En invierno se ponía de un verde oscuro muy opaco. La imposibilidad de ver el fondo daba la sensación de gran profundidad. Ahí podía ocultarse cualquier cosa. Un noviembre, al vaciarla, papá había encontrado la cuchilla de carnicero que usaba para los asados y que había desaparecido tres meses atrás. Estuvo varios días preguntando retóricamente cómo había llegado allí.
-Capaz que alguien se salvó de ser acuchillado –había bromeado Sofía.
Ahora, desde dentro de la casa, Marta, la esposa de nuestro padre, nos preparaba la merienda.
-En cualquier momento nos llama para tomar la leche -dijo Sofía- Tenemos que decidirnos ya.
Ella lo tenía decidido.
-Estemos preparadas -dije sin mucha seguridad- Por las dudas.
-Entonces estamos las tres de acuerdo -afirmó Sofía.
-¿Y si justo llega papá? -preguntó Nati.
-Papá no va a llegar –contestó secamente Sofía.
Nos levantamos como tres sonámbulas y entramos. Marta horneaba un bizcochuelo que tenía un olor riquísimo.
-¿Y si primero comemos?-pregunté.
-Después -contestó Sofía.
Nos sentamos a la mesa. La esposa de papá se asomó por la puerta.
-¡Les tengo una sorpresa! -dijo sonriendo- ¿Se lavaron las manos?
Nos fuimos a lavar.
-¡Dice que tiene una sorpresa! -susurró Natalia contenta.
-Andá a buscarlo ahora -me ordenó Sofía en voz baja.
Yo había aceptado, pero me sorprendió la orden. Dudé.
-Andá. ¿Qué esperás?
-Pero Marta nos dijo que tiene una sorpresa -volvió a decir Natalia- A lo mejor llega papá.
-No sé si papá va a llegar -dije yo.
-No va a llegar –afirmó Sofía desafiante.
Me escabullí por el pasillo hasta el dormitorio de nuestro padre. Abrí el placard y usando los cajones de escalera me trepé hasta el estante superior. Al fondo, bajo unos manteles viejos estaba la caja con el arma. La agarré y volví al baño.
-¿Y si no está cargada? -pregunté.
-Está cargada -dijo Sofía- Papá siempre se enojaba porque ella quería tenerla cargada.
-¿La puedo ver? -dijo Natalia estirando la mano.
-No -le contesté esquivándola- sos muy chiquita para esto.
Volvimos al comedor. Yo llevaba el revólver en el buzo.
-Dámelo-me dijo Sofía.
Se lo pasé por debajo de la mesa. Natalia agarró el termo de café con leche para servirse.
-Después -la frenó Sofía.
-No -lloriqueó Nati- ¡Quiero ahora!
Entró Marta trayendo la bandeja con la torta y la puso sobre la mesa. Se la veía feliz.
-En algún lugar de la torta hay una cosa que tienen que descubrir. La primera que la encuentre tiene un premio –dijo, y canturreando agregó
-Torta con sorpresa... Torta con sorpresa...
Se fue.
-¿Qué hacemos? ¿La comemos? -pregunté.
-¿Estás loca? -dijo Sofía- ¿Todavía no entendiste? Seguro que hay una trampa. Capaz que hasta veneno le puso ¡Tiene que ser ahora!
-¿Ahora? –pregunté- Dijimos que “por las dudas”... ¿Estás segura?
Noté que le corría sudor por las sienes. Tenía las mejillas sonrosadas. Respiraba agitada. Empezó a sacar el arma.
-Yo siempre estuve segura porque yo lo sé -dijo- Ustedes no me creen, pero yo lo sé.
-¡No quiero! -exclamó Natalia- ¡Tengo miedo! ¡Quiero esperar a papá!
-¡Callate la boca mocosa! -gritó Sofía agitando el arma en el aire- ¡Papá no va a volver más!
-¡¿Y si no es verdad?! –me lancé yo- ¡¿Y si ella no lo mató y es verdad lo que dijo?!
-¡¿Qué decís?! ¡Estúpida! ¡A vos también te lavó el cerebro! -me increpó- ¿Cuándo cambiaste de opinión? ¡Hasta hace cinco minutos estabas de acuerdo!
Escuchamos que Marta venía por el pasillo.
-¡Mi idea era que estuviésemos alertas! -dije levantando la voz- ¡Era como un juego y pensé que vos también jugabas!
Sofía temblaba de furia. La miró a Natalia y la encaró:
-¿Y vos? ¿Vos también pensaste que era un juego?
Natalia se puso a llorar. Yo la miraba a Sofía. Otra vez, todo lo que habíamos hablado me parecía una locura. Sofía estaba completamente loca. Intentaba convencernos desesperada. Hablaba atropelladamente con los ojos desorbitados. Escupía salpicándonos como si ese discurso fuese cuestión de vida o muerte.
-¡¿No se dan cuenta de que nos miente?! ¡Nos mintió en todo! ¡Nos tiene acá atrapadas para poder matarnos a nosotras también!
Marta entró en el comedor sin mirarnos y se sentó. Yo estiré la mano hacia Sofía, le saqué con suavidad el arma y me la metí de nuevo debajo del buzo.
-¿No empezaron a comer? -preguntó sonriendo la mujer.
Me paré y me fui hacia la puerta.
-¿Dónde vas? -me preguntó Marta sin levantarse de la silla.
Miró a Natalia que lloriqueaba.
-¿Qué pasa querida?
Salí al jardín. Me acerqué al borde de la pileta dando la espalda al ventanal. Arrojé el arma al agua. La miré hundirse hasta que desapareció de la vista. Volví al comedor. Natalia masticaba la torta despacio. Sofía daba sorbos al café con leche. Me senté.
-Quería ver si había renacuajos -le dije sirviéndome una porción de torta- Siempre se llena de renacuajos cuando se pudre el agua.
-Coman despacio -dijo la mujer sin abandonar la sonrisa, y volviendo a canturrear agregó -no sea cosa que les caiga mal el bizcochuelo o se atraganten con la sorpresita.
-¿Y vos no comés? -le pregunté con súbita sospecha.
Natalia se sacó entusiasmada un objeto dorado de la boca.
-¡Me tocó a mí! –exclamó feliz alzando la bala en el aire- ¡¿Cuál es el premio?!
-Ahora no –me respondió Marta . Un gesto pérfido se le dibujó en la cara- Yo voy a esperar a a que llegue tu padre.



14 julio 2008

Angelito


Mi familia y yo vivimos en una enorme casa. Nosotros le decimos "La Mansión", aunque en el barrio la conocen como "La casa de los monstruos".

Yo soy la más chica. Hace una semana que cumplí los quince y ya estoy enamorada.
En La Mansión vivo con mis padres, mis abuelos, mis tíos y algunos primos. Somos todos hermosos y los vecinos no nos llaman "los monstruos" ni nos tienen miedo por mí o por mis familiares, sino por la vez que se escapó Angelito.

Angelito no es malo, pero es un poco impulsivo. A mí me gusta porque es todo blanco y tiene la piel tan transparente que se le marcan las venas hasta en el rostro. Esta característica y sus enormes ojos celestes, hacen que todo su cuerpo parezca resplandecer de azul claro.
Cuando duerme, me encanta mirarlo a través de la piedra aguamarina incrustada en la tapa de su cajita. Entonces se bifurca su imagen entre las mil facetas celestes de la piedra y se mezcla con la mía como en un caleidoscopio. Disfruto eso porque me imagino que él y yo nos casamos y tenemos hijos. Yo quiero tener hijos de Angelito y no me importa su edad ni que la gente haya dicho que es un monstruo. Yo lo amo igual aunque no tenga pene.

El día que se escapó, lo tuvimos que volver a meter en la casa entre toda la familia. Era mediodía cuando se oyó el grito de una vecina. Es raro que él esté despierto a esa hora. En general sale de noche cuando nos reunimos todos en el salón rojo a bailar y a cantar. Ángel baja y después de un rato se une tímidamente a nuestro baile. A veces canta. Cuando esto ocurre, el resto de los presentes guardamos un silencio admirado. Su cuerpo refulge tanto que el lugar parece volverse violáceo, entonces, mi tío del medio empieza paulatinamente a acompañarlo, los primos hacemos rondas lentas a su alrededor y al final terminamos todos gritando de felicidad, dando vueltas y saltando por el centro de la pista.

Aquel mediodía sentimos un grito y luego otro. Salimos a la calle a ver qué pasaba y ahí estaba Angelito yendo de casa en casa golpeando las puertas mientras reía a carcajadas todo desnudo con esas alitas pequeñas que le salen en la espalda cuando está contento. Me gusta porque es flaco, casi celeste y no tiene ni un solo pelo en todo el cuerpo.
Los tíos corrían por la calle llamándolo desesperados. La gente se asomaba a sus ventanas o se precipitaba calle abajo. Los abuelos iban de acá para allá sin saber qué hacer, mis primos y yo mirábamos y aplaudíamos contentos. Papá tuvo que salir con la escopeta. Yo sé que mi padre nunca le haría daño a nadie y sin embargo cuando disparó al aire me asusté, pero por suerte Angelito cayó de espaldas durante un segundo y eso bastó para que lo agarren entre varios. Lo que pasó entonces a mí me dio un poco de impresión.
Angelito empezó a ponerse nervioso. Los ojos le bullían de ira. Empezó a gritar algo indefinido y mientras lo sostenían entre mis ocho parientes más fuertes, empezó a moverse para todos lados con furia. Le salía espuma por la boca, tiraba manotazos para todas partes. Al tío más forzudo que intentaba sostenerlo, casi le saca un ojo de tan profundo que le hizo el rasguño en la cara. A mi papá le tuvieron que dar ocho puntos en la frente. Una de mis tías, la que pudo escabullirse para darle la inyección, tiene la cicatriz en el brazo de un tajo que casi le corta la arteria. Esa vez me quedó bien claro que no conviene hacerlo enojar.

-¿Cuántos años tiene Angelito? -le pregunté una vez a mi abuela más vieja.
-No sé -me contestó-, nadie lo sabe. Estaba en la familia desde que mi propia abuela tenía recuerdos.
-¿Y alguna vez se va a morir?
-Dios quiera que sí.

Yo no sé por qué mi abuela más vieja querrá que Angelito muera, porque con nosotros es tranquilo, come poco (apenas un par de frutas al día) y casi no ensucia.
Admito que el día que se escapó fue un problema. A la tarde vino la policía con una orden del Juez y revisaron toda la casa. Claro que no lo encontraron, porque cuando él duerme se vuelve tan chiquito que muy pocos lo vemos. Por eso me gusta mirarlo cuando está dormido. Lo miro través del aguamarina de la tapa de su cajita. Ahí donde mi reflejo se funde con su imagen entre las mil facetas de la piedra preciosa y me enamoro y quiero ser la madre de sus hijos y aunque sé que eso es imposible, igual lo amo: por su cuerpo, por su color, y porque sé que él también me amará algún día, desde dentro, muy desde dentro de su alma.


23 junio 2008

Ataque de apéndice

Apendicitis aguda:

...En la mayoría de los casos, se produce por una obstrucción que suele estar ocasionada por un fecalito (masa de materia fecal dura y seca) y con menor frecuencia, por cálculos, tumores, cuerpos extraños o parásitos...


A los diez años tuve mi primer orgasmo.
Papá es médico, mamá católica, y yo, según dicen todos, estúpida; pero no se crean que esto último es tan así. A mí lo que me pasa es que me cuesta hablar bien, o más bien expresar lo que quiero decir, sin embargo leo a la perfección aunque nadie lo sepa y por eso es que sé tantas cosas; porque siempre ando leyendo todos los libros y revistas que hay en casa, desde las cosas de catequesis de mamá hasta las revistas médicas que le mandaban a papá. Leo, inclusive, mejor que mi primo que ahora tiene 13 años. Claro que lo hago a escondidas porque todos creen que yo no sé leer y que cuando agarro los libros miro las letras imitando a la gente grande. Por eso, por todo lo que leo, sé que lo que yo tuve hace casi un año completo, fue un orgasmo.

Yo estaba bañándome con el duchador manual, y al llegar a lavarme la parte de la entrepierna me detuve como siempre en sentir esas sensaciones cosquilleantes que se me aparecían cuando lo usaba, pero esa vez, de repente, me estalló el orgasmo en toda la panza como si me hubiesen puesto una bomba por dentro. Enseguida supe lo que era y supe que eso que estaba haciendo era masturbarme, que es un pecado y que las mujeres sanas no lo debemos hacer, por lo tanto yo estaba enferma. A mamá y a papá decidí no decirles nada, porque seguramente se iban a enojar, sobre todo ella que siempre está rezándole a la virgen o enojada. Me prometí a mí misma no hacerlo nunca más, pero me mentí.

Empecé a bañarme casi tres o cuatro veces por día y como estaba siempre limpia, me dedicaba a ir directo al grano ni bien meterme en la bañadera. Yo sabía que lo que hacía estaba mal porque lo decían algunos folletos que tenía mamá. Intentaba controlarlo pero no podía. Aún cuando lo intentaba, necesitaba dedicarle aunque fuese unos minutos al duchador. A mamá le llamaba la atención que yo hubiese pasado de hacer tanto escándalo por no querer bañarme, a querer bañarme durante tantas horas. Me limité a explicar con dificultad que el Doctor Socolinsky, a quién me hacía ver en la televisión, había dicho que la higiene era muy importante en los niños.
Fue inútil que me insistiesen en que no era necesaria tanta, así que finalmente mi mamá me prohibió mirar al Doctor Socolinsky y esperó a que se me pase el ataque de limpieza.

En realidad lo que me pasó es que seguramente por el exceso de agua que me entraba por el canal de donde sale el pis, amanecí una mañana con un dolor terrible en el costado derecho del vientre. Casi no podía ni moverme, pero como yo no voy al colegio y mamá reza durante toda la mañana, nadie notó que ese día no me levanté.
Del dolor no dije nada porque mi papá es médico y supuse que ni bien me tocase se iba a dar cuenta de que tenía todo lleno de agua y entonces, por asociación, iban a entender qué hacía en el baño con el duchador a la hora de bañarme. Eso era del todo terrible. Mamá es capaz de pegarme muy fuerte cuando está enojada, así que me quedé todo el día en cama esperando que se terminen los pinchazos, pero a la noche, cuando fui a cenar no sólo eran peores, sino que empecé a vomitar sin poder evitarlo. Después de palparme el estómago, papá me dijo que era un ataque de apéndice y, como tenía mucha fiebre, me llevaron al hospital para operarme.
En el camino me explicó que cuando uno comía uvas, a veces las semillitas se iban acumulando en el apéndice hasta llenarlo y que había que sacarlo porque se podía infectar.

Yo no quería que me operen porque las operaciones me dan miedo, así que entré en la disyuntiva de si decir la verdad o no. Como parecían todos muy apurados por meterme al quirófano, en un momento en el que estaba con mamá y papá a solas en la habitación, les confesé llorando lo del duchador. No lloraba tanto por lo que contaba sino por el miedo a la operación.
Mamá se puso blanca como un papel. Tenía los ojos abiertos como dos platos (estas dos oraciones, están en muchos libros y aunque no hablen específicamente de mamá, parecen hechas especialmente para ella en ese momento).
Papá me miraba seriamente.
En ese momento entró el camillero para llevarme al quirófano y ellos no parecían haber entendido lo que pasaba porque no hacían nada para que el procedimiento para operarme se terminase, así que mientras me llevaban por el pasillo y durante todo el tiempo que duró mi conciencia hasta que caí dormida, estuve gritando la verdad.
-¡No es un ataque de apéndice! ¡Es agua que me entró de cuando me masturbo con el duchador! ¡Por favor no me operen! ¡Es agua!
No hubo caso. Los médicos se miraban entre sí y me pareció que la enfermera se reía, pero no parecían entenderme por más que me esforzaba en ser clara. Uno de los enfermeros me dijo que me quede tranquila.
-Lo que pasa es que a veces uno come uvas, las semillitas en vez de bajar, se van para el costadito en donde está el apéndice y cuando ya hay muchas semillas, duele. Seguramente es eso.
Fue muy cariñoso conmigo, pero era obvio que nadie entendía lo que yo estaba queriendo explicar. Seguí intentándolo hasta que me pusieron una cosa en la cara, no pude respirar más y se ve que me dormí.

Cuando desperté, mamá parecía haber llorado mucho y papá no estaba. Después de que se me pasó el efecto de la anestesia le pregunté por qué me habían operado igual.
-Callate la boca -se limitó a ordenarme. Y eso fue todo lo que dijo hasta que volvimos a casa.

Me preocupó que el duchador ya no estuviese. Por un lado me parecía mejor porque me evitaba pecar e irme al infierno, pero me daba miedo tener ganas incontrolables de usarlo y no tenerlo. De todas formas, no tardé mucho en descubrir formas menos tecnológicas de masturbación. Inclusive mi primo, el que ahora tiene 13, se encargó, algunas veces, de ayudarme a descubrirlas, pero esa noche, la noche en la que llegué después de la operación y los días subsiguientes, las cosas me empezaron a parecer bastante negras.
Mamá y papá no hablaban del tema en lo más mínimo. A decir verdad,no hablaban de nada, ni conmigo ni entre sí. Mamá se pasaba mucho tiempo encerrada rezando y papá se iba. Había noches en las que ni siquiera volvía y aparecía recién al día siguiente con algún regalo para mí.

Una tarde, poco tiempo después de todo eso, llegó a mis manos una revista en donde aparecía dibujado el sistema digestivo y ahí estaba el apéndice a un costadito y colgando. Entonces entendí: al ponerme el duchador abajo, el agua iba subiendo por el intestino hasta llegar al apéndice y llenarlo como si fuese una bombita de agua.
Aquella tarde mamá y papá se habían estado peleando más que de costumbre pero a la hora de la cena la cosa parecía estar mejor porque casi no hablaban así que aproveché ese momento para hacer la pregunta:
-¿puede ser que el chorro vaya subiendo por los intestinos con las semillitas hasta llegar al apéndice y llenarlo como si fuera una bombita de agua?
-¿de qué hablás? -contestó papá.
-del ataque de apéndice y las semillitas de uva -expliqué- ¿puede ser que cuando me ponía el duchador abajo de...
No pude terminar. Papá se levantó de repente golpeando la mesa.
-¡Se terminó! -tronó su voz (esta oración también está en muchos libros pero parece especialmente hecha para papá en ese momento)- ¡Qué agua, qué semillitas ni qué carajo! ¡Mierda! ¡Lo que te entra al apéndice es mierda dura y no se hable más del asunto carajo!

Terminamos la cena en silencio pero yo estaba teniendo una nueva duda.
Esa noche fue rara. Mamá y papá se encerraron en el dormitorio. Yo oía ruidos y discusiones, pero no alcanzaba a entender bien lo que decían. Me daba cuenta de que mamá estaba llorando a los gritos.
De repente, se abrió la puerta y vi que pasaba mi papá con la valija que usábamos para irnos de vacaciones.
-¡Eso es lo que me mandó tu Dios! ¡Una hija puta y una esposa frígida!
Yo sabía lo que quería decir frígida porque lo había leído en los libros. Frígida era que mamá nunca había tenido un orgasmo ni con el duchador ni de ninguna otra manera y eso no debería ser muy lindo. Casi que debería ser más lindo ser puta, pero yo tenía dudas más importantes en ese momento.
Mamá le imploraba a los gritos que no se fuese, pero él se fue igual sin siquiera saludarme y pasó casi un año hasta que lo volví a ver de nuevo hace muy poco, pero antes, esa noche, vino mamá llorando a mi cuarto.
Se metió conmigo en la cama y me abrazó muy fuerte. Casi no me dejaba respirar pero como la vi cariñosa aproveché para hacerle la pregunta.
-entonces lo que el agua empuja por los intestinos hasta meterla en el apéndice, ¿es la mierda?
Mamá me voló la cara de un sopapo (esta oración nunca la vi aplicada a mí cara, pero está en los libros y parece hecha especialmente para este momento). Fue tan fuerte que la cabeza me quedó zumbando por un rato.
Ella salió corriendo del cuarto mientras gritaba y se encerró en su pieza.
Yo me quedé llorando de la bronca y la sorpresa que me había causado el golpe y después de un rato me levanté y me asomé a mirar a mi madre.
Estaba acurrucada en su cama envuelta en sus sábanas y llorando en silencio justo bajo el cuadrito de la Virgen María que tenía sobre la pared.
Me dio pena. Me acerqué y la abracé.
Ahora entendía todo: mamá era virgen, por eso era frígida. Me preguntaba si la virgencita también era frígida. Seguramente, saber que ella era parecida a esa mujer que admiraba tanto la pondría contenta. Pensé en preguntárselo, pero no soy tan estúpida, si quería alegrarla iba a tener que elegir otro momento. Ese, no era el indicado.

14 mayo 2008

La hermanita

Y al final bastan unos segundos para hacer volar por los aires todo lo que uno creyó siempre. Y no es una pavada darse cuenta de que crecimos en el error y en el engaño de las apariencias. Cuando nos damos cuenta de esto, se derrumba hasta la confianza en nuestra propia intuición, o peor aún, nos damos cuenta de que en realidad nunca existió tal intuición.
Mariano y yo nos reencontrábamos después de veinte años sin vernos. Nos habíamos conocido en el ochenta y uno, dos meses antes de la muerte de su hermanita.
Ni bien conocernos congeniamos, en parte porque teníamos la misma edad y mucho en común, en parte porque ese día a él se lo veía mal de ánimo y muy drogado y a mí, pese a mis quince años, ya me empezaban a gustar los adictos a cualquier cosa por quienes sufrir.
Yo vivía con mamá, no porque lo prefiriera sino porque tenía miedo de que intentase suicidarse si le decía que me quería ir a vivir con papá. Por eso la odiaba, porque cada vez que no conseguía sus propósitos intentaba suicidarse. No es que me preocupase que se muriese, al contrario, pensar en su ausencia me tranquilizaba; lo que me preocupaba era llegar a quedarme con cargos de conciencia para siempre y tener que hacer terapia de por vida.
Mariano vivía con sus padres que eran la clase de padres que yo hubiese querido tener y con su hermanita Down de siete años. La nena había sobrevivido a la operación de una cardiopatía congénita, pero murió baleada poco tiempo después en un robo casual por un delincuente común que nunca más apareció.
-Mejor -había dicho mi madre cuando se enteró- si después crecía se iban a tener que hacer cargo para siempre de la chica mogólica.
Yo a ella le discutía todo, pero eso no se lo discutí porque desde hacía un par de años que había empezado a pensar por mí misma y me parecía estúpido discutir semejante idiotez pero sobre todo me parecía tristísimo el dolor tan silencioso de aquellos padres. Y por Mariano, que guardaba un silencio empecinado sobre el tema.
A papá también lo odiaba, más que nada porque sentía que nos había abandonado dejándome a mí la responsabilidad de los intentos de suicidio de mamá, pero vivir con él era más fácil, siempre me daba todo el dinero que le pedía y no lloraba a los gritos cuando alguien no estaba de acuerdo con lo que él decía.
Mariano y yo nos juntábamos en su casa a charlar, fumar porro y escuchar música casi todos los días. Siempre durante la noche cuando todos se habían ido a dormir.
A medida que íbamos creciendo, él se volvía más fanático de las drogas y cada vez hablaba menos con sus padres. Eso me llamaba la atención, porque ambos parecían buena gente pese a ser padres. Al viejo lo habían nombrado juez de algo. A mí no me gustaban mucho los jueces, pero el tipo este era buenazo y por eso lo quería.
-Tené cuidado con esa gente que nadie llega a juez siendo buenito -me decía mi mamá, que aunque a veces la acertaba, era la persona menos indicada para dar consejos.
Ellos eran simplemente los padres que yo hubiese querido tener, pero Mariano se cerraba cada vez más. No le hacía asco a ninguna droga nueva que apareciese y se la pasaba leyendo libros de sustancias alucinógenas en los que el protagonista alcanzaba niveles elevados de sabiduría y se transportaba a mundos diferentes en base a ceremonias misteriosas y tragos de mescalina.
Quería ser "espiritual", decía.
-¿Te parece que en algún momento podré llegar a tener paz espiritual? -me había preguntado muy seriamente una vez.
Yo, en cambio, me iba volviendo fan de los libros de autoayuda sobre mujeres que aman demasiado. Un poco porque mamá se la pasaba leyéndolos, otro poco porque me hacían sentir superada entre tantos testimonios de mujeres desesperadas, y además, porque ya me gustaban a todas luces los drogadictos incluido Mariano.
Él insistía tanto con lo de la paz espiritual, que un día se fue a buscarla por el mundo con la plata de sus padres. Para ese entonces yo estaba viviendo con un fanático de la merca al que estaba empezando a odiar porque según mi psicóloga reflejaba mis propias frustraciones al no poder rescatarlo. Teníamos veintiuno o veintidós años.
Al principio nos escribimos algunas cartas; después de unos años yo me casé con un alcohólico por quien me la pasé sufriendo la siguiente década de mi vida. Mi amigo se metió en una secta de algo de la ciencia de la paz del alma en México y perdimos contacto.

-¿Y tus viejos cómo están? -me preguntaba después de veinte años, café por medio, reencuentro casual.
-Bien. Mamá, después de que papá se casó con una mujer de mi edad, se puso a estudiar reiki, reflexología y tirada de runas y ahora dicta clases para mujeres abandonadas sobre cómo autosuperarse y ser feliz.
Los padres de él seguían juntos, que era lo esperado y justo lo que yo hubiese querido de mis padres.
Se lo veía bien, tranquilo, independiente. Superado.
Había mucho de que hablar, pero teníamos tiempo.
-Hay algo que nunca te conté -me dijo después de un rato de conversar trivialidades- ni a vos, ni a nadie... ¿Te acordás el día en que nos conocimos, que vos me dijiste que me veías mal?
-sí -le dije esperando una explicación infantil, ya vencida y desdibujada por el paso del tiempo.
-¿querés saber qué me pasaba?
-claro -le dije no muy segura.
Él estiró el cuerpo hacia delante y acercó su cara a la mía. Le veía por primera vez las arrugas cansadas alrededor de los ojos. Me miró fijamente durante unos segundos. Después, bajó la vista y susurró:
-ese día estaba mal, porque había escuchado una conversación privada entre mis viejos. Yo había salido. Me había olvidado un par de porros arriba de la cama y había vuelto en silencio para que no se diesen cuenta, entonces los oí. Estaban hablando de mi hermanita.
Hizo una pausa. Tuve una sensación incómoda. Desde la muerte de la nena, él nunca había hablado de ella. Vi que tenía la frente húmeda. Tomó aire, volvió a mirarme, y como escupiendo un horror atragantado durante tantos años agregó:
-estaban arreglando los últimos detalles para mandarla a matar.

09 octubre 2007

El señor Anselmo


El señor Anselmo se mudó a nuestro edificio un día de verano en el que el sol, brillaba hasta en las sombras. Esta contingencia estival y una apariencia sosegada, demoraron la sospecha sobre su naturaleza maligna.
Tan pronto como se instaló, ocupó también la baulera individual que le correspondía en el sótano.
Nosotras somos (o quizás debería decir "éramos") cinco. La construcción es antigua, planta baja y dos pisos, dos departamentos iguales pero enfrentados como espejo en cada uno. El hombre vivía en el segundo B, enfrente de doña Haydée y justo arriba de mí.
Lo primero que nos llamó la atención fueron los ruidos. Durante la primera semana se los atribuimos a la mudanza reciente, pero con el correr de los días advertimos que no sólo no disminuían, si no que noche tras noche sostenían la misma rítmica. Comenzaban entre las nueve y las diez, y no finalizaban si no hasta las doce, poco más o poco menos. No son sencillos de describir. Como si alguien danzase arrastrando los pies, o como si un silbido se deslizase contra el suelo.
Si bien nadie más que yo tenía acceso a los sonidos de forma tan rotunda, Irene, que a cualquier hora andaba limpiando los pasillos, aseguró haberlos escuchado en dos oportunidades.

-Era como un enorme susurro que salía por debajo de la puerta -declaró. Y no mentía.
También fue ella la primera en preocuparse. Quiso la suerte, que una tarde, justo en la entrada al sótano y antes de bajar, se demorase en una pequeña mancha que había sobre la pared y mientras la limpiaba con su delantal, escuchó la voz llorosa de Anselmo que repetía una y otra vez "... un conjuro...", dijo doña Irene.
Esa noche con Carmen de campana en el segundo piso, Eulalia en el primero y Haydée en el umbral del sótano, la mismísima Irene y yo bajamos a inspeccionarle la baulera. Fue rápido. Todo lo que había era un enorme arcón sin llave, que para sorpresa de todas, estaba vacío.
Debatiendo la cuestión "cofre de Anselmo", llegamos a la conclusión de que el tipo, era mucho más extraño de lo que parecía así que nos decidimos a seguirlo.
Como durante las dos o tres semanas siguientes no sucedió nada, empezamos a descuidar el tema, pero tal como dice la frase, "los ratones salen cuando el gato se distrae", un amanecer de la cuarta semana, me llamó Haydée entusiasmadísima para contarme que había visto entrar al hombre con una mujer la noche previa, pero que si bien él se había ido a trabajar, ella, aún no había salido.
Decida, fui a tocar el timbre del segundo B, mas al no recibir respuesta, reuní a mis cinco amigas y para el mediodía ya teníamos un plan.
Atamos un pedrusco en la punta de una cuerda y balanceándola desde la terraza, rompimos el vidrio que daba al dormitorio de Don Anselmo, después, desde mi patio, con mucha paciencia arrojamos un trapo embebido en combustible y encendido.
Apenas empezó a salir un atisbo de fuego por la ventana, tuvimos la cortesía de llamar a los bomberos.

Ellos tuvieron que tirar la puerta abajo para apagar el incendio.
Nos figurábamos que estaría el cadáver de la señorita de la noche anterior, pero no. Un sommier, la alfombra y una biblioteca colgante estaban íntegramente quemados, pero ningún cuerpo. Ni allí, ni en ningún otro cuarto, pero lo que en cambio nos llamó la atención, fue un arcón vacío idéntico al del sótano que inexplicablemente, había resistido al siniestro.

Cuando se estaban yendo los bomberos, llegó el viejo.
Irene le refirió cómo de repente, habíamos visto el humo "...y de casualidad que lo vimos...", dijo Irene.
Por suerte el tipo estaba tranquilo. Nos dio las gracias por haber pedido ayuda a tiempo "...antes que que alguien muera...", acotó, y se encerró en su departamento.

Entre todas nos miramos aliviadas por haber zafado de toda sospecha y lo que sucedió a continuación todavía no me deja dormir: el individuo, que apenas hacía unos segundos había entrado a su domicilio, abrió súbitamente la puerta y salió portando una maleta. A sus espaldas, sonriendo alegremente, una mujer joven, rubia y elegante, salió, nos guiñó un ojo y desapareció tras él por las escaleras.
Era todo muy raro.
Aquella noche desapareció Eulalia.
La buscamos por todos lados pero nunca más la encontramos.
Nosotras nos tenemos sólo a nosotras mismas. Somos (o quizás debería decir "éramos") un grupo de cinco mujeres solteras, sin familia y muy unidas desde la infancia. Que una desapareciese tan de improviso, era del todo ilógico.
Así fue que diseñamos el plan b.
Una noche que Anselmo bajó a sacar la basura, lo redujimos entre las cuatro.
No fue difícil: Yo le tiré insecticida a los ojos, y Haydée le pegó con la botella en la cabeza. Mientras caía, Carmen e Irene ya iban atándolo de pies y manos pero por las dudas yo me encargué de rematar el golpe con el tarro de aerosol.
Cuando volvió en sí, lo teníamos prisionero en el sótano. No duró mucho. Sentí un chasquido a mis espaldas y no recuerdo nada más, aunque Irene, que fue la última en desmayarse dijo sentir "...como si un viento fuerte me abofetease de repente...".
Cuando despertamos, Anselmo ya no estaba y también habían huido nuestras ilusiones de hallar a Eulalia.
Irene lloraba y decía que "...Eulalita... pobre Eulalita..." decía Irene.
Al día siguiente despareció Carmen. Eso fue decisivo. Entre las tres que quedábamos lo enfrentamos en la calle, delante de todo el mundo, cuando se marchaba a trabajar.
-¡Asesino! -le gritaba una.
-¡Demonio! -agregaba otra.
-¡Confiese, por favor confiese! -creo que le grité yo. Él: ¡ni vuelta se dio!
Esa misma mañana, a pesar de su ausencia, hizo desaparecer a Haydée.

Irene y yo estábamos tan atemorizadas que decidimos ir a la comisaría.
Como sabíamos de los retrasos burocráticos, optamos por lo rápido: lo acusamos de homicidio porque en esencia estábamos (estamos) seguras de su culpabilidad.
Irene dijo que había visto como ahorcaba a Carmen con sus propios ojos, "...recién recién..." dijo Irene.

Esa tarde el señor no volvió. Dedujimos que se lo habrían llevado detenido desde su trabajo.
La policía vino varias veces e hizo muchas preguntas, buscó, revisó y a los pocos días, el evidente asesino estaba de vuelta.
Nomás volver, nos informó con una calma tétrica que se iba.
En vez de subir, se fue para el sótano.
De repente, como si el infierno hubiera abierto sus puertas para nosotras, escuchamos con claridad los gritos de nuestras amigas.
Las dos bajamos corriendo las escaleras y cuando llegamos donde estaba el señor Anselmo, todo concluyó en un instante.
Él estaba de pie dentro de su arcón abierto y un segundo después, ya no estaba.
Un silencio confuso ocupó el lugar.
Nunca más lo volvimos a ver. Ni a Eulalia, ni a Carmen, ni a Haydée aunque una vez que íbamos caminando por Almagro, nos pareció ver a la rubia saliendo de un acuario. La seguimos como media cuadra, pero le perdimos el rastro cuando llegó a la esquina.
Ahora Irene y yo vivimos juntas en mi departamento.
No vamos a la baulera ni subimos al segundo piso mientras esperamos la venta de alguna de las propiedades para poder mudarnos.
Se hace difícil dormir de noche con todos esos ruidos danzando sobre nuestras cabezas.


25 septiembre 2007

Antes del desayuno


Genoveva se despertó como todas las mañanas con urgencia de café.
Aún sin poder abrir bien los ojos, se sentó en la cama y en la penumbra, vio que su hermana, en el lecho de al lado, estaba muerta.
El brazo le colgaba laxo fuera de las cobijas, casi señalando las dos tabletas vacías en el piso.
Bastó rozarle la cara con un dedo para sentir la mejilla gélida.
Desde abajo se oían los ruidos de su familia que se preparaba para empezar el día.
Se vistió sin prender la luz y corrió despacio los blísteres hasta esconderlos bajo el acolchado.
Pensó en acomodarle la mano flácida bajo las mantas, pero temió que ese gesto amable develase su conocimiento.
Salió de la habitación sin mirar, cerrando la puerta suavemente y bajó a la cocina.
La familia ya se había ido.
Como siempre, el café sin hacer.
Preparó la cafetera, la enchufó y se sentó a esperar.
Estaba contenta. Su hermana se hubiese merecido una muerte más densa que esa.
Mala persona. Hermana pérfida.
De nuevo todo para ella, dueña absoluta del guardarropa completo, el auto, el dormitorio. Nunca más compartir.
Las únicas molestias iban a ser madre y padre llorando.
Consolar a mamá y tranquilizar a papá, eran dos situaciones que se planteaban del todo desagradables, por eso se ahorraba dar la noticia.
Llamó por teléfono a Jimena y con la excusa de las vacaciones hizo los arreglos para pasar la noche en su casa.
Planificó el cuento:
-Me levanté y me fui a lo de Jime. Mariel se quedó durmiendo. Yo no quise despertarla. No me di cuenta. Dormía. Pensé que dormía. Por Dios, pensé que estaba dormida.
Se sentía falsa, pero el discurso era rotundo y la realidad increíble.
Después de ducharse se sentó a tomar el café recién hecho.
Divagaba sobre el vestido carmín, el de las disputas, cuando entró su hermana arrastrando los pies con cara de dormida.
Genoveva la miró fijamente sosteniendo el pocillo en alto.
-pensé que estabas muerta -comentó.
Mariel sonrió de modo extraño mientras arrojaba a la basura los envases de trapax vacíos. Se sirvió un café muy caliente. Algo nuevo le brillaba en los ojos.
-sí, ya sé, -replicó secamente- es por el frío.

27 diciembre 2006

El estanque














Hay distintos tipos de calor. Están los calores climáticos, los de la fiebre, la vergüenza o la pasión. Existe el calor de hogar o el del infierno, pero el de la casa del viejo era un calor distinto.
A Pablo lo llamaron por el panfleto que había pegado en la calle: "Clases de natación a domicilio".
La entrevista era para conocer al interesado y para evaluar si la pileta particular permitía las lecciones.
Pleno enero. Uno de los días más sofocantes del verano. Treinta y seis grados a la sombra, cuarenta y cuatro la sensación térmica y eso significa que no corría ni una ínfima brisa en toda la ciudad.
Lo recibió un viejo de mirada esquiva que llevaba una camisa y un pantalón desaliñados de tonalidades claras.
Entró.
Afuera el sol de las cuatro de la tarde. Adentro la penumbra. Con las persianas y las ventanas cerradas la sala estaba apenas iluminada por una lamparita de cuarenta wats, y el calor... el calor que había ahí era comparable al de estar en la cocina de una pizzería que hubiese estado funcionando un día entero sin ventilación.
El aire seco casi no dejaba respirar pero lo más sobrecogedor de esa atmósfera caliente era la fetidez. Imperaba un tufo ácido, como mezcla de orina y humedad o más bien de papa podrida. Si alguna vez olieron una papa putrefacta en el punto máximo de la delicuescencia saben a que me refiero.
A un costado del recibidor había un pasillo sombrío del que parecía provenir un silbido constante.
Atravesaron el living y salieron al jardín trasero en donde el ambiente era húmedo pero real. Una maraña de árboles que no dejaban ver el fondo, daban la sensación de un bosque interminable.
En el medio y rodeado de un revoltijo de yuyos sin podar, un estanque oscuro en donde era imposible nadar más de seis brazadas seguidas, intentaba hacer las veces de pileta.
-Yo sé que acá es difícil de practicar natación, pero tiene que ser acá por que yo no salgo desde que murió mamá.
El chico miró la superficie del agua estancada y creyó ver pasar a toda velocidad un cardume de renacuajos.
-por el agua no se preocupe que la voy a renovar este fin de semana y la profundidad es la adecuada aunque no sé cual es exactamente. Cuando murió mamá me vine muy abajo pero este año me decidí a cambiar, y entonces me llegó el cartelito suyo.
Entraron otra vez en la vivienda y el hedor pareció más fuerte.
Pablo se quería ir, pero el hombre lo hizo sentar en un sillón ajado que estaba sobre un desnivel elevado de la habitación. Desde allí, le sorprendió poder ver a través de una rendija de la persiana una parte del estanque.
-tendríamos que hablar de precios -dijo el viejo.
Y el zumbido desde el corredor que parecía aumentar hincándosele en la cabeza.
-Quisiera un vaso de agua por favor -pidió el muchacho.
El anciano desapareció en el pasillo y volvió en menos de un minuto con un vaso deslucido de agua casi caliente. Pablo humedeció sus labios y sintió nauseas.
Miró hacia el parque mientras sentía que el sudor le bajaba por la frente y la espalda. Le pareció que algo se movía en la podredumbre de la pileta. Dejó el vaso en una mesita desvencijada a su lado.
-la casa se vino abajo cuando murió mamá. Ella murió de repente y siempre se había hecho cargo de todo, entonces yo me dejé estar...
Con una creciente sensación de irrealidad Pablo miró al individuo decrépito y le pareció ver una mancha en el costado de su pantalón.
-La psicóloga me dice que tengo que relacionarme más con la gente, y usted es la primer persona que entra acá desde que murió mamá.
Para cerciorarse de que todavía existía el mundo sacudió la cabeza y miró hacia afuera. Algo flotaba en el estanque.
Se puso de pie y el universo le giró alrededor. Empezó a ir hacia la puerta de calle pero el anciano se paró adelante de el. Tenía un olor nauseabundo.
-¿Se siente mal? -le preguntó. La mancha de su pantalón se había extendido.
Pablo siguió caminando hacia la puerta dando brazadas y boqueando, intentando huir del aire asfixiante que parecía habitar en ese lugar mientras el zumbido crecía como una migraña aguda.
-¿se siente mal, querido?
Mientras caía en la oscuridad alcanzó a ver con pánico tras las espaldas del viejo en ese verano ardiente y en el fondo del pasillo la estufa, encendida al máximo.

18 junio 2006

¿A qué llamamos en la oscuridad?

Voy cediendo plácidamente al sueño.
Desde su cucha, me despiertan los gemidos de mi perro sufriendo una pesadilla.
Adormecida lo llamo y le ordeno subir a mi cama.
Él deja de soñar y por unos instantes reina el silencio en la negrura de la habitación.
Lo vuelvo a llamar hasta que advierto como trepa a mis pies y en la oscuridad se va acercando lentamente hacia mi rostro.
Noto la lentitud con que lo hace.
Siento su hocico frío olfateándome, la tibieza de su aliento en mi mejilla, una lamida suave. E
xtiendo la mano para recostarlo a mi lado.
Entonces, desde su cucha, oigo los gemidos de mi perro, tornando a su
pesadill
a.

cuentos, relatos, poemas

31 mayo 2006

El último día




Presentía la última noche.
Por hábito, antes de irse a dormir, revisó adentro del armario y debajo de la cama
Apagó la luz
Como tenía aprendido, relajó el pensamiento y desvaneció los fantasmas
De a poco cedió al bienestar del sueño
Desde adentro del placard emergió el puñal
Desde bajo el lecho, la garra
Con simétrica rutina se ejecutó el sacrificio.
Despertó en la mañana:
Una mañana igual, pero la última.


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24 mayo 2006

El cumpleaños











Mañana tengo un cumpleaños importante.
-Te vas a sentar en la mesa con los Fernández y los Gutiérrez -dijeron. Yo me pregunto quiénes son los Fernández y los Bermúdez. Con esos nombres, deben ser aburridísimos.
-¿Quienes son los Fernández y los Bermúdez?
-Gutiérrez -me corrigen-
El cumpleaños no es algo que se haga siempre y aunque en esencia es siempre el mismo, esta es la primera vez que es a todo lujo.
Hay que estar a las diez. Después cierran las puertas y no puede entrar nadie.
-¿Podré cambiar de asiento con alguien que tenga un mejor nombre, como por ejemplo Juan, o Jorge?
-Vos te sentás con Juan Fernández , Jorge Gutiérrez y sus señoras.
Espero que las señoras no se llamen Susana o Marta.
-Marta y Susana, ¿las conocés?
-Creo que no. Y que se va a comer?
-Por las dudas andá comida. Es posible que los Fernández se coman todo, aunque seguramente los Gutiérrez te van a defender, pero eso no garantiza que finalmente comas. Son buena gente. No le hagas caso al chusmerío.
-¿Qué chusmerío? ¿Chusmerío sobre quién, sobre los Fernández o sobre los Bermúdez?
-Gutiérrez -me corrigen.
Hay que ir de Gala me dijeron.
-Vos preocupate por el vestido. Marta va de rojo y Susana de azul, así que te conviene vestirte de amarillo.
Busco y busco pero no consigo un vestido amarillo.
Al fin encuentro uno de seda. Es de color marfil, con encaje. Espero que Marta y Susana no me miren mal.
Esa noche sueño que recorro lugares y lugares y el regalo nunca está porque un montón de Martas y Susanas, Fernández y Bermúdez ya compraron todo. Cuando me despierto, decido que no tiene sentido salir a recorrer lugares, si total Martas y Susanas ya compraron todo.
-No conseguí vestido amarillo, pero tengo uno marfil.
-Igual, son nada más que chismes. No creo que haya problemas.
Espero ansiosa el instante en que en mi reloj sean las diez, momento en el que entraré al salón vestida de marfil, con el corazón latiendo fuerte mientras escucho los gritos de horror de Marta y de Susana, que esperan verme llegar de amarillo, en tanto una multitud desesperada, comprueba para siempre si los chismes son sólo chismes.

Por suerte, en todos los cumpleaños hay gente que sobrevive para contar los cosas.
¿Los maridos irán en composé con las esposas?
-¿El señor Fernández y el señor Bermúdez cómo van a ir vestidos?
-Gutiérrez -me corrigen.

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03 mayo 2006

Los vecinos

















Todas las noches, cuando al parecer todos duermen, un gato amarillo brinca a la cornisa de la casa de enfrente y llega a la ventana del primer piso.
Como en un ritual mudo, al cabo de un rato se enciende una tímida luz, unas manos se asoman y lo entran al aposento.
Inútil es saber que la escena se repite invariablemente noche tras noche.
Siempre me asustan esas manos vacías de cuerpo.
Sin embargo, en el lugar vive gente.
Por la mañana, después de las seis, sale un hombre agrisado, se sube al auto que está en la puerta, y se va.
Una hora después, la mujer también gris, y la hija impecable con guardapolvo y mochila escolar, se marchan taciturnas vereda abajo hasta perderse de vista en la curva de la calle.
Al cabo de unos instantes, sale mansamente el gato por la ventanita de la cocina y trepando, desaparece alegremente entre los techos.
Durante doce horas, la casa queda vacía.
Vuelven todos juntos en silencio.
A las diez de la noche se apagan las luces, pero antes, si mucho antes pasamos con disimulo cerca de la casa, no se escucha ningún sonido que venga de adentro. Ni música, ni televisor, ni conversaciones, ni voces de niña repasando la lección.
Después de apagarse la última ventana, se repite el rito del gato y de las manos.
Los sábados la casa permanece en silencio hasta las diez de la mañana. Entonces, en una ceremonia tácita, se van todos prolijamente juntos hasta el domingo a la noche.
A las once sale el gato, que no vuelve hasta el lunes.
Tampoco para el observador fortuito son una familia más. Si uno intenta acercarse para preguntar algo o saludar, ellos dan vuelta la cara o apuran el paso sin abandonar la gravedad y la mesura de sus actos.
Y jamás hablan entre si.
Una vez, tuve un problema en casa y se me ocurrió ir a pedir ayuda a mis vecinos; los del gato.
Admito mi naturaleza testaruda, porque en realidad, no los precisaba para cubrir esa necesidad y más que por eso fue por mi curiosidad insistente que los hechos terminaron como terminaron.
Yo vivo enfrente.
Era la hora en la que se suponía que estarían despiertos; las ocho.
Todo estaba iluminado, pero como siempre, desde afuera el silencio era fulminante.
El ruido del timbre se oyó con intensa nitidez, pero nadie respondió. Toqué un par de veces más, y sorprendida por la seguridad de que deberían estar dentro, se me ocurrió asomarme por uno de los ventanales del costado de la puerta.
Durante un segundo, el aire se me heló en el pecho y ahogué un grito sordo.
Estaban ahí. Los tres.
Mi primer impulso fue salir corriendo, pero noté que no me habían visto.
Era el living.
El padre y la madre estaban sentados cada uno en un sillón individual, y enfrentándolos en el sofá, estaba la chica.
Ella lloraba en silencio y cada tanto se secaba alguna lágrima o se limpiaba la nariz con la remera que tenía puesta.
La pareja parecía imperturbable. El hombre, que estaba de perfil, comía algo similar a una barra de chocolate negro reblandecida.
Entonces, cuando me dispuse a irme, la niña giró la cabeza y me vio.
Fue un segundo en el que se me congeló el alma.
Alcancé a ver como un ruego desesperado, y el intento inútil de disimular mi presencia.
Los padres torcieron la vista hacia donde yo estaba y se quedaron mirándome fijo durante el tiempo eterno que aguanté estar ahí.
Algún movimiento poco preciso, hizo que mis ojos se fijen en los de la mujer, y juro que jamás voy a olvidar el odio agudo que reflejaban.
Casi sin aire me aparté del lugar sin dar la espalda, hasta que estuve lejos.
Esa noche no dormí.
Me asomé a la ventana en la oscuridad y contemplé el ritual de las luces, las manos y el gato, pero esa vez noté algo diferente.
El animal se dio vuelta por un segundo infinito y me miró.
A la semana consulté para poner en venta la casa.
-Es curioso -dijo el joven de la inmobiliaria- hace unos días pusieron en venta la casa de enfrente tan económica que ya la vendieron.
Así que cancelé la venta de la mía.
Cuando salí a la mañana siguiente, me crucé a las dos mujeres.
No quería verlas, pero percibía la mirada de la chica tan insistente que mi vista se desvió hacia la suya.
Era súplica. Un pedido de ayuda que me asustó, y me llenó de culpa. Como cuando se sabe de algo malo que no se puede distinguir qué es como para poder impedirlo.
Sé que el miedo es inherente al hombre, pero no hay nada más detestable que la cobardía.
Caminé un par de cuadras alejándome de aquellos ojos y después de un rodeo volví a mi edificio.
Como siempre, salía el gato por la ventanita de enfrente.
Lo llamé. Él alzó la cabeza y me miró. Entonces, un rayo de sol se reflejó en sus pupilas brillantes y juro que vi en ellas, el mismo odio hirviente de la mujer.
Después, se escabulló en un ligero destello amarillo entre los techos de las casas de enfrente.
Volverá al caer la noche, como siempre, a la misma casa sin almas, y sin cuerpos.



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25 abril 2006

El paquete




















Valeria sale de su casa dando un portazo.

Mientras espera el ascensor, se seca con torpeza las últimas lágrimas.
Desde algún departamento vecino le llega el murmullo melancólico de un tango. Justo ahora, a ella, que no le gusta el tango.
Juan sale al pasillo enfurecido, la ve subir rápidamente al ascensor. Amaga gritar algo, pero se corta y se vuelve para adentro con otro golpe de puerta.
En la calle duda unos instantes sobre hacia adónde ir.
Todavía está temblando, pero lo disimula bien.
Le da un poco de miedo la noche, aunque en el fondo le atrae.
Se va para la avenida. Camina con paso decidido, con la cabeza en alto, con superioridad, sin mirar a la gente, como dándoles a entender que para ella, el mundo es algo fácil. Demostrando que es libre y fuerte.
En la prisión de su cabeza, los pensamientos le dan vueltas como una calesita.
Se le dividen las respuestas. La golpea la bronca. Se abre paso la angustia y la culpa.
Camina para ningún lado, con paso fuerte, hasta que el miedo allá adentro comienza a encogerse.
Quiere creer que su vida puede cambiar. Que un sincronismo mágico le cambiará el destino, pero la imágen desencajada de Juan, es como un arpón que la incrusta en la tierra.
A la vuelta de una esquina entra en un bar. Es un bodegón ruinoso.
Hay cuatro jugando al ajedrez. Parecen dos maquetas armadas de viejos polvorientos de boina y bandoneón.
Las paredes de azul oxidado se descascaran enmohecidas.
De fondo, suena el lógico tango desde un tocadiscos vetusto.
Durante un instante piensa en salir y seguir huyendo, pero hay algo en el ambiente que la invita a detenerse.
Se sienta en una mesa de fórmica pegajosa y se pide una gaseosa.
De a poco empieza a respirar mejor.
Un hombre aturdido, la mira desde la barra mientras sorbe un vino.
Un par de mujeres muy pintarrajeadas se dan vuelta como espiándola.
Una está muy teñida de rubio. La otra es una morocha desgreñada.
Comentan algo y se ríen. Deben tener cerca de cincuenta años.
Valeria siente que no es de allí. Sabe, que ese no es su territorio.
Presiente que en ese lugar sombrío, pasa algo a lo que no fue invitada. Algo que conjetura que no es suyo, pero que la vincula.
Una de las mujeres la está mirando fijo justo cuando alguien le toca el hombro.
Ella da un respingo asustada. Un individuo decrépito le pregunta si se puede sentar.
El bar le parece raro. La vida le parece rara. El aire se ha vuelto irreal.
El viejo se sienta.
Como todos los viejos de fonda, tiene el aliento rancio y la nariz grasosa como la frente. Todavía le nacen algunos pelos blancos y descuidados entre el brillo de la pelada.
-Vos sos la pibita del Turco, ¿no?.
El tipo está equivocado, pero ella no se molesta en decirle que no mientras le crece cierta incomodidad asfixiante
-Acá te doy lo que me mandó pedir.
Saca un paquete mediano envuelto en papel de diario y lo deposita en el centro de la mesa.
Valeria mira a su alrededor.
Las dos mujeres la miran sonriendo. El resto parece petrificado en sus ajedreces de piedra y madera. Va a decirle al viejo que se equivoca, pero este ya casi se ha ido.
La mujer morocha se levanta y sin pedir permiso se le sienta en la mesa.
-Te felicito, nena. Te lo debés haber ganado.
-No sé de que habla. El señor se equivocó. Yo no sé que es esto, ¿usted escuchó?, ni siquiera conozco a ningún turco -estira la mano y toca el paquete. Algo blando se le resbala entre los dedos detrás del papel.
-Vamos, Valeria- dice la mujer en un tono que a la chica le suena irónico- no te hagás la idiota. Ambas sabemos que te lo merecías.
Ante su nombre y el insulto, se le acelera el corazón y siente pánico. Algo no está bien. Esa gente de ahí no está bien. ¿O es ella la que no está bien? La mujer la mira gravemente.
Bajo la penumbra de la lamparilla que está justo sobre la mesa, le parece mucho más jóven de lo que le había parecido antes.
Quizás, tenga poco más de treinta años, pero está demasiado gastada, descuidada y pintada como una máscara.
Extiende la cabeza a una costado y observa a la otra mujer que está mirando hacia afuera.
-Ella también lo sabe -dice la morocha.
Hay un movimiento rápido que la chica no puede precisar.
Por un momento siente que está viviendo un sueño. Las cosas se le desdibujan, se alejan. La respiración se le dificulta. El tango se distorsiona.
La mujer de su mesa se incorpora y se le acerca.
Escucha como en un eco lejano que alguien le pregunta si está bién.
Ve una luz.
Oye una sirena. Debe ser la ambulancia. Un golpe.
Ve la luz, pero no está muerta.
-Te desmayaste piba -¿De dónde sacó que venía la ambulancia?- ¿Querés llamar a alguien?
Ella mira para todos lados.
Un par de ajedrecistas han dejado el juego y la miran extrañados.
La puerta del bar se cierra de golpe y ve a las dos mujeres que salen apresuradas.
El hombre de la barra la mira inútil desde la botella.
-¿Querés llamar a alguien, piba? -le repite el mozo con cara de "mejor andate".
De a poco se incorpora y mira la mesa.
El paquete no está.
Mira hacia afuera y ve a las mujeres terminando de meterse en un auto que ya está arrancando.
Valeria se levanta del piso y se sienta en la silla que está justo a su lado. En un susurro le pregunta al mozo cuánto es lo que le debe.
-No es nada nena, si no tomaste nada, quedate tranquila. Mejor andá lléndote a tu casa, que es tarde y tus padres deben estar preocupados ¿Cuántos años tenés?
Cada vez que se pelea con Juan, le dan mareos.
Justo cuando va a salir del bar, entra una chica que parece de su misma edad.
Ambas se miran en una fracción de segundo suspendida. Se sospechan en silencio y después siguen sus caminos cruzados.
En ese lugar se siente como una nena. A veces encuentra lugares o personas que la hacen sentir así.
Es hora de volver.
A lo lejos alguien da un portazo.
Tiene ganas de ponerse a llorar pero en cambio, empieza a susurrar un tango sin darse cuenta.

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