27 diciembre 2006

El estanque














Hay distintos tipos de calor. Están los calores climáticos, los de la fiebre, la vergüenza o la pasión. Existe el calor de hogar o el del infierno, pero el de la casa del viejo era un calor distinto.
A Pablo lo llamaron por el panfleto que había pegado en la calle: "Clases de natación a domicilio".
La entrevista era para conocer al interesado y para evaluar si la pileta particular permitía las lecciones.
Pleno enero. Uno de los días más sofocantes del verano. Treinta y seis grados a la sombra, cuarenta y cuatro la sensación térmica y eso significa que no corría ni una ínfima brisa en toda la ciudad.
Lo recibió un viejo de mirada esquiva que llevaba una camisa y un pantalón desaliñados de tonalidades claras.
Entró.
Afuera el sol de las cuatro de la tarde. Adentro la penumbra. Con las persianas y las ventanas cerradas la sala estaba apenas iluminada por una lamparita de cuarenta wats, y el calor... el calor que había ahí era comparable al de estar en la cocina de una pizzería que hubiese estado funcionando un día entero sin ventilación.
El aire seco casi no dejaba respirar pero lo más sobrecogedor de esa atmósfera caliente era la fetidez. Imperaba un tufo ácido, como mezcla de orina y humedad o más bien de papa podrida. Si alguna vez olieron una papa putrefacta en el punto máximo de la delicuescencia saben a que me refiero.
A un costado del recibidor había un pasillo sombrío del que parecía provenir un silbido constante.
Atravesaron el living y salieron al jardín trasero en donde el ambiente era húmedo pero real. Una maraña de árboles que no dejaban ver el fondo, daban la sensación de un bosque interminable.
En el medio y rodeado de un revoltijo de yuyos sin podar, un estanque oscuro en donde era imposible nadar más de seis brazadas seguidas, intentaba hacer las veces de pileta.
-Yo sé que acá es difícil de practicar natación, pero tiene que ser acá por que yo no salgo desde que murió mamá.
El chico miró la superficie del agua estancada y creyó ver pasar a toda velocidad un cardume de renacuajos.
-por el agua no se preocupe que la voy a renovar este fin de semana y la profundidad es la adecuada aunque no sé cual es exactamente. Cuando murió mamá me vine muy abajo pero este año me decidí a cambiar, y entonces me llegó el cartelito suyo.
Entraron otra vez en la vivienda y el hedor pareció más fuerte.
Pablo se quería ir, pero el hombre lo hizo sentar en un sillón ajado que estaba sobre un desnivel elevado de la habitación. Desde allí, le sorprendió poder ver a través de una rendija de la persiana una parte del estanque.
-tendríamos que hablar de precios -dijo el viejo.
Y el zumbido desde el corredor que parecía aumentar hincándosele en la cabeza.
-Quisiera un vaso de agua por favor -pidió el muchacho.
El anciano desapareció en el pasillo y volvió en menos de un minuto con un vaso deslucido de agua casi caliente. Pablo humedeció sus labios y sintió nauseas.
Miró hacia el parque mientras sentía que el sudor le bajaba por la frente y la espalda. Le pareció que algo se movía en la podredumbre de la pileta. Dejó el vaso en una mesita desvencijada a su lado.
-la casa se vino abajo cuando murió mamá. Ella murió de repente y siempre se había hecho cargo de todo, entonces yo me dejé estar...
Con una creciente sensación de irrealidad Pablo miró al individuo decrépito y le pareció ver una mancha en el costado de su pantalón.
-La psicóloga me dice que tengo que relacionarme más con la gente, y usted es la primer persona que entra acá desde que murió mamá.
Para cerciorarse de que todavía existía el mundo sacudió la cabeza y miró hacia afuera. Algo flotaba en el estanque.
Se puso de pie y el universo le giró alrededor. Empezó a ir hacia la puerta de calle pero el anciano se paró adelante de el. Tenía un olor nauseabundo.
-¿Se siente mal? -le preguntó. La mancha de su pantalón se había extendido.
Pablo siguió caminando hacia la puerta dando brazadas y boqueando, intentando huir del aire asfixiante que parecía habitar en ese lugar mientras el zumbido crecía como una migraña aguda.
-¿se siente mal, querido?
Mientras caía en la oscuridad alcanzó a ver con pánico tras las espaldas del viejo en ese verano ardiente y en el fondo del pasillo la estufa, encendida al máximo.

18 junio 2006

¿A qué llamamos en la oscuridad?

Voy cediendo plácidamente al sueño.
Desde su cucha, me despiertan los gemidos de mi perro sufriendo una pesadilla.
Adormecida lo llamo y le ordeno subir a mi cama.
Él deja de soñar y por unos instantes reina el silencio en la negrura de la habitación.
Lo vuelvo a llamar hasta que advierto como trepa a mis pies y en la oscuridad se va acercando lentamente hacia mi rostro.
Noto la lentitud con que lo hace.
Siento su hocico frío olfateándome, la tibieza de su aliento en mi mejilla, una lamida suave. E
xtiendo la mano para recostarlo a mi lado.
Entonces, desde su cucha, oigo los gemidos de mi perro, tornando a su
pesadill
a.

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24 mayo 2006

El cumpleaños











Mañana tengo un cumpleaños importante.
-Te vas a sentar en la mesa con los Fernández y los Gutiérrez -dijeron. Yo me pregunto quiénes son los Fernández y los Bermúdez. Con esos nombres, deben ser aburridísimos.
-¿Quienes son los Fernández y los Bermúdez?
-Gutiérrez -me corrigen-
El cumpleaños no es algo que se haga siempre y aunque en esencia es siempre el mismo, esta es la primera vez que es a todo lujo.
Hay que estar a las diez. Después cierran las puertas y no puede entrar nadie.
-¿Podré cambiar de asiento con alguien que tenga un mejor nombre, como por ejemplo Juan, o Jorge?
-Vos te sentás con Juan Fernández , Jorge Gutiérrez y sus señoras.
Espero que las señoras no se llamen Susana o Marta.
-Marta y Susana, ¿las conocés?
-Creo que no. Y que se va a comer?
-Por las dudas andá comida. Es posible que los Fernández se coman todo, aunque seguramente los Gutiérrez te van a defender, pero eso no garantiza que finalmente comas. Son buena gente. No le hagas caso al chusmerío.
-¿Qué chusmerío? ¿Chusmerío sobre quién, sobre los Fernández o sobre los Bermúdez?
-Gutiérrez -me corrigen.
Hay que ir de Gala me dijeron.
-Vos preocupate por el vestido. Marta va de rojo y Susana de azul, así que te conviene vestirte de amarillo.
Busco y busco pero no consigo un vestido amarillo.
Al fin encuentro uno de seda. Es de color marfil, con encaje. Espero que Marta y Susana no me miren mal.
Esa noche sueño que recorro lugares y lugares y el regalo nunca está porque un montón de Martas y Susanas, Fernández y Bermúdez ya compraron todo. Cuando me despierto, decido que no tiene sentido salir a recorrer lugares, si total Martas y Susanas ya compraron todo.
-No conseguí vestido amarillo, pero tengo uno marfil.
-Igual, son nada más que chismes. No creo que haya problemas.
Espero ansiosa el instante en que en mi reloj sean las diez, momento en el que entraré al salón vestida de marfil, con el corazón latiendo fuerte mientras escucho los gritos de horror de Marta y de Susana, que esperan verme llegar de amarillo, en tanto una multitud desesperada, comprueba para siempre si los chismes son sólo chismes.

Por suerte, en todos los cumpleaños hay gente que sobrevive para contar los cosas.
¿Los maridos irán en composé con las esposas?
-¿El señor Fernández y el señor Bermúdez cómo van a ir vestidos?
-Gutiérrez -me corrigen.

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25 abril 2006

El paquete




















Valeria sale de su casa dando un portazo.

Mientras espera el ascensor, se seca con torpeza las últimas lágrimas.
Desde algún departamento vecino le llega el murmullo melancólico de un tango. Justo ahora, a ella, que no le gusta el tango.
Juan sale al pasillo enfurecido, la ve subir rápidamente al ascensor. Amaga gritar algo, pero se corta y se vuelve para adentro con otro golpe de puerta.
En la calle duda unos instantes sobre hacia adónde ir.
Todavía está temblando, pero lo disimula bien.
Le da un poco de miedo la noche, aunque en el fondo le atrae.
Se va para la avenida. Camina con paso decidido, con la cabeza en alto, con superioridad, sin mirar a la gente, como dándoles a entender que para ella, el mundo es algo fácil. Demostrando que es libre y fuerte.
En la prisión de su cabeza, los pensamientos le dan vueltas como una calesita.
Se le dividen las respuestas. La golpea la bronca. Se abre paso la angustia y la culpa.
Camina para ningún lado, con paso fuerte, hasta que el miedo allá adentro comienza a encogerse.
Quiere creer que su vida puede cambiar. Que un sincronismo mágico le cambiará el destino, pero la imágen desencajada de Juan, es como un arpón que la incrusta en la tierra.
A la vuelta de una esquina entra en un bar. Es un bodegón ruinoso.
Hay cuatro jugando al ajedrez. Parecen dos maquetas armadas de viejos polvorientos de boina y bandoneón.
Las paredes de azul oxidado se descascaran enmohecidas.
De fondo, suena el lógico tango desde un tocadiscos vetusto.
Durante un instante piensa en salir y seguir huyendo, pero hay algo en el ambiente que la invita a detenerse.
Se sienta en una mesa de fórmica pegajosa y se pide una gaseosa.
De a poco empieza a respirar mejor.
Un hombre aturdido, la mira desde la barra mientras sorbe un vino.
Un par de mujeres muy pintarrajeadas se dan vuelta como espiándola.
Una está muy teñida de rubio. La otra es una morocha desgreñada.
Comentan algo y se ríen. Deben tener cerca de cincuenta años.
Valeria siente que no es de allí. Sabe, que ese no es su territorio.
Presiente que en ese lugar sombrío, pasa algo a lo que no fue invitada. Algo que conjetura que no es suyo, pero que la vincula.
Una de las mujeres la está mirando fijo justo cuando alguien le toca el hombro.
Ella da un respingo asustada. Un individuo decrépito le pregunta si se puede sentar.
El bar le parece raro. La vida le parece rara. El aire se ha vuelto irreal.
El viejo se sienta.
Como todos los viejos de fonda, tiene el aliento rancio y la nariz grasosa como la frente. Todavía le nacen algunos pelos blancos y descuidados entre el brillo de la pelada.
-Vos sos la pibita del Turco, ¿no?.
El tipo está equivocado, pero ella no se molesta en decirle que no mientras le crece cierta incomodidad asfixiante
-Acá te doy lo que me mandó pedir.
Saca un paquete mediano envuelto en papel de diario y lo deposita en el centro de la mesa.
Valeria mira a su alrededor.
Las dos mujeres la miran sonriendo. El resto parece petrificado en sus ajedreces de piedra y madera. Va a decirle al viejo que se equivoca, pero este ya casi se ha ido.
La mujer morocha se levanta y sin pedir permiso se le sienta en la mesa.
-Te felicito, nena. Te lo debés haber ganado.
-No sé de que habla. El señor se equivocó. Yo no sé que es esto, ¿usted escuchó?, ni siquiera conozco a ningún turco -estira la mano y toca el paquete. Algo blando se le resbala entre los dedos detrás del papel.
-Vamos, Valeria- dice la mujer en un tono que a la chica le suena irónico- no te hagás la idiota. Ambas sabemos que te lo merecías.
Ante su nombre y el insulto, se le acelera el corazón y siente pánico. Algo no está bien. Esa gente de ahí no está bien. ¿O es ella la que no está bien? La mujer la mira gravemente.
Bajo la penumbra de la lamparilla que está justo sobre la mesa, le parece mucho más jóven de lo que le había parecido antes.
Quizás, tenga poco más de treinta años, pero está demasiado gastada, descuidada y pintada como una máscara.
Extiende la cabeza a una costado y observa a la otra mujer que está mirando hacia afuera.
-Ella también lo sabe -dice la morocha.
Hay un movimiento rápido que la chica no puede precisar.
Por un momento siente que está viviendo un sueño. Las cosas se le desdibujan, se alejan. La respiración se le dificulta. El tango se distorsiona.
La mujer de su mesa se incorpora y se le acerca.
Escucha como en un eco lejano que alguien le pregunta si está bién.
Ve una luz.
Oye una sirena. Debe ser la ambulancia. Un golpe.
Ve la luz, pero no está muerta.
-Te desmayaste piba -¿De dónde sacó que venía la ambulancia?- ¿Querés llamar a alguien?
Ella mira para todos lados.
Un par de ajedrecistas han dejado el juego y la miran extrañados.
La puerta del bar se cierra de golpe y ve a las dos mujeres que salen apresuradas.
El hombre de la barra la mira inútil desde la botella.
-¿Querés llamar a alguien, piba? -le repite el mozo con cara de "mejor andate".
De a poco se incorpora y mira la mesa.
El paquete no está.
Mira hacia afuera y ve a las mujeres terminando de meterse en un auto que ya está arrancando.
Valeria se levanta del piso y se sienta en la silla que está justo a su lado. En un susurro le pregunta al mozo cuánto es lo que le debe.
-No es nada nena, si no tomaste nada, quedate tranquila. Mejor andá lléndote a tu casa, que es tarde y tus padres deben estar preocupados ¿Cuántos años tenés?
Cada vez que se pelea con Juan, le dan mareos.
Justo cuando va a salir del bar, entra una chica que parece de su misma edad.
Ambas se miran en una fracción de segundo suspendida. Se sospechan en silencio y después siguen sus caminos cruzados.
En ese lugar se siente como una nena. A veces encuentra lugares o personas que la hacen sentir así.
Es hora de volver.
A lo lejos alguien da un portazo.
Tiene ganas de ponerse a llorar pero en cambio, empieza a susurrar un tango sin darse cuenta.

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17 abril 2006

El asesino piadoso


Un criminal abre un blog (desde un ciber cualquiera) y cuenta que cometerá un crímen.
Con premeditación, expone los datos completos de la víctima.
Se podría pensar que al decir a quien va a matar, el homicidio será más difícil porque la futura víctima al enterarse estará preparada, pero el asesino aclara que el homicidio será "algún día". No hoy, ni la semana que viene, ni el año que viene. Puede ser dentro un mes, dos años o veinte.
La víctima (a quien llamaremos Alexis), a partir de ahora vivirá sabiendo que tiene un asesino personal.
Durante un tiempo que le parecerá eterno, sentirá temor permanente. De a poco irá ganando confianza. Un día, habrá bajado la guardia por unos minutos, y en unos años se olvidará del asunto.
Por unos días.
Entonces, el asesino abrirá un nuevo post en el que le recordará que todavía no cumplió.
Alexis empieza a vivir en alarma nuevamente, esta vez, con la certeza de que alguien le sigue los pasos. Por algún motivo, siente que el asesino habla con la verdad.
La vida se le hace insoportable.
Ya no se relaja con el tiempo, al contrario, cada vez siente más desesperación.
El sueño y la noche, se tornan imposibles. El trabajo, y todo tipo de relaciones se resienten hasta que queda en la más absoluta soledad.
Entonces decide contratar un asesino a sueldo para que termine con su vida encontrando en esa eutanasia suicida, una suerte de venganza final.
Antes de morir, alcanza a leer el último post que le dedica el asesino:
"No es el dinero ni el odio lo que apura tu muerte. Es la piedad".

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04 abril 2006

Desde adentro


Escuchó por primera vez el ruido una tarde mientras leía "Casa tomada" en el porche. De repente, desde adentro de la casa donde no debería haber habido nadie, vino un sonido como de dos o tres pasos rápidos y el silencio.
Permaneció atemorizada del otro lado de la puerta, a la espera de oír algo más, pero no.
Cuando empezó a dudar de su oído, entró lentamente a su casa. La registró con cuidado y no encontró a nadie.
La siguiente vez que lo escuchó fue mientras entraba al baño. Desde afuera le llegó un sonido como de corridas y muebles atropellados. Paralizada contuvo el aire hasta que el ruido se detuvo. Después de un tiempo que no supo calcular, agarró el tubo del desodorante de ambiente, y esgrimiéndolo como si esto fuese a ofrecerle gran protección, salió lentamente del baño con el estómago endurecido.
Nada.
Por supuesto, la tercera vez, se acordó de las anteriores, pero el miedo no fue menor.
Estaba cerrando la puerta de su dormitorio para poder abrir el placard con comodidad. El ruido esta vez fue largo y bullicioso.
Alguien estaba corriendo por su casa, y esta vez, le pareció que había más de una persona.
Agarró la tijera que guardaba en su mesa de luz, y por primera vez dudó de salir antes de que los sonidos terminaran. Pero esperó, y obviamente, tampoco vio a nadie.
Aprendió a manejar lo de los ruidos viviendo con las puertas abiertas, hasta que una noche, al apagar la luz, lo sintió en su propio dormitorio y a su lado.
Con el corazón a punto de estallar, y el terror en la garganta, estiró la mano y de un golpe encendió la luz, pero al igual que las otras veces, no había nada.
A partir de allí, sus noches cambiaron para siempre.
Como cada vez que apagaba la luz, empezaban los ruidos que eran cada vez más fuertes y bullangueros, decidió dormir con las luces prendidas.
Previendo cortes de luz, compró una linterna que guardaba debajo de su almohada.
Descubrió que el tumulto aparecía siempre que ella no podía ver del otro lado, fuese detrás de una puerta, un armario, o cuando apagaba la luz, y entonces su vida se volvió más luminosa, y sus puertas se mantenían indefectiblemente abiertas.
Las pocas veces que escuchaba accidentalmente los ruidos, notaba que eran cada vez más violentos. Inclusive, una vez le pareció notar que había gritos en el bullicio.
La fatalidad la sorprendió una tarde tranquila, en la que se disponía a dormir una siesta.
Cerró los ojos con deleite y entonces lo escuchó.
Estuvo cuatro días sin dormir.
El último día, comenzó a gritar y a correr para evadir el sueño.
En eso estaba cuando se dio cuenta con pavor, que ahora ella era parte del ruido.

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28 marzo 2006

Arthur Conan Doyle

La cabeza del perro












Me arrellano en mi sillón junto a la chimenea donde crepita el fuego, con la copa de coñac en la mano derecha y la izquierda caída descuidadamente, acariciando la cabeza de mi perro...hasta que descubro que no tengo perro.

cuentos, relatos, poemas, sueños y pesadillas literarias

27 marzo 2006

No hay caso,

sigo sin aparecer en Google!

cuentos cortos, relatos breves, crónicas, pesadillas y otros desvaríos literarios

24 marzo 2006

Sin culpas


Hay veces en las que una llamada a tiempo, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Un segundo que puede cambiar el destino. Una grieta, una bifurcación.
Luego iba a pensar en eso, porque en ese momento Julia no era capaz de reconocer siquiera el sonido de su propia voz, y sin embargo, sintió verdadera alegría al despertar aquella tarde. Una euforia como jamás había sentido ni volvería a sentir.
Si bien no entendía lo que había pasado, poco le importaba.
Estaba tirada en el piso de cerámica impecable de su casa. Su cuerpo y sus manos estaba limpios, sentía la cara hinchada y la boca seca y tenía en su mano agarrotada el candelabro de plata, pero faltaba el cadáver de Ariel.
Se incorporó despacio. No podía creer lo que veía. En donde debería haber un cuerpo muerto, había un piso de cerámica brillante. Nada en ella, en los dormitorios. Ni siquiera en el cesto de la basura, ni en el baño.
Se asomó a la ventana. Dos pisos abajo, estaba su auto esperándola tal como ella lo había dejado.
Levemente se preocupó por recordar, pero la euforia excedía todo pensamiento.
Si bien no estaba segura de nada (ni siquiera del engaño), la seguridad ahora le parecía lo de menos.
Bajó a la calle. El sol brillaba pálido. Entró en el auto abierto y arrancó.
Había conducido algunas cuadras cuando empezó a sentir un malestar extraño.
Le había llamado la atención por la mañana que las calles estuviesen casi desiertas.
Frenó el auto despacio unas cuadras más adelante y bajó. a respirar.
Se sentía cansada. La euforia que había sentido al despertar, la estaba dejando vacía, como sin energía.
En la vereda de enfrente, un par de ancianos la contemplaban asombrados.
Ella se miró las manos, el cuerpo, se miró en el espejito retrovisor del auto pero no vió nada raro. Sabía que las miradas deberían ser parte de su paranoia inevitable.
Se subió al auto y recorrió las calles solitarias. Había algo extraño en el ambiente.
Llamó del celular a su marido. Nadie la atendía.
¿Porqué llamar a un muerto?. Marcó el número de informes. Nada. Podía llamar a "la otra", pero no. No tenía a nadie a quién llamar.
Decidió perderse en la avenida.
No eran muchos los autos que circulaban, y sentía las miradas en el suyo, como si estuviese cubierto de sangre.
Volvió a bajar y lo inspeccionó. Abrió el baúl.
Algo estaba definitivamente muy mal, pero no sabía que.
Ella lo había matado, y sin embargo, el cadáver había desaparecido.
Lo que en un principio había sido euforia, se iba convirtiendo de a poco en temor.
Pensó en la locura o inclusive en la posibilidad de un castigo infernal por haber matado a un hombre. Aunque ni siquiera sabía si realmente lo había matado y ni siquiera estaba segura de que hubiese habido un engaño y ya tampoco sabía de un marido o una infidelidad.
Siguió con el auto unas horas más, hasta que oscureció.
Sentía la fiebre en sus mejillas. Detuvo el auto en una calle lateral, y entre miedos y temblores, se durmió.



Primero la voz, primero las notas, primero las cartas, primero el teléfono, siempre la confusión.
Todo lo que Julia necesitaba para cambiar su vida era un segundo.
El silencio, el sonido, el llamado, el tono, la otra, desde el otro lado de la línea.
Venía arrastrándose desde hacía tiempo.
El abandono, el ahogo, el despecho, la desconfianza, y ahora la ansiedad.
Encarar la situación había ocupado su mente en el último año, pero el miedo siempre ahí, sin dejar paso al cambio.
Ahora su mente era una llama. Le ardía la cabeza y los ojos, como si el pensamiento desbordante se le escapase.
Murmuraba lo que diría, imaginaba respuestas, se contestaba a si misma, siempre dejando en claro que la verdad era suya. Pero no podía reconocerse ni a si misma.
El llamado todavía estaba detrás, y era lo único que estaba presente en su pensamiento.
Ideas que se mezclaban, asociaciones geniales pero sin freno. De repente todo se unía y hasta el más pequeño detalle resurgía hilvanando la tela de la certidumbre.
No había odio, sólo dolor, por ahora. Y no tenía pensado matar a nadie, aunque imploraba el castigo divino.
Estaba también, la esperanza del error.
Un año sin querer saber. Aún sin querer saber, pero inevitable hacerlo.
El encuentro, la carta, el llamado.
La ansiedad por sobre todas las cosas. El miedo absurdo de confirmar lo cierto.
El no le negó nada. Ella esperaba escuchar un perdón desesperado, un ruego, un juramento de amor único que le permitiría hacerse rogar hasta perdonar altiva y triunfante, pero lo único que hubo fue el silencio y el mirar hacia abajo.
La angustia se fue, y vino el odio.
Lo que más le dolió después, fue que nunca planeó nada, el impulso atroz, la fuerza y el sentimiento fuerte de que solamente un segundo se precisaría para volver atrás y contener el golpe definitivo. El arrepentimiento terrible. Saber que ese instante fatal le había cambiado la vida tanto y para siempre.
Dejó la puerta del auto abierta porque la ansiedad le entorpecía los movimientos y le inflaba el cerebro. La calle estaba desierta.
Subió los escalones rápido pero torpemente, sin esperar el ascensor.
Entró en el departamento y lo encontró asomado a la ventana mirando la nada. Él se dio vuelta y la miró sorprendido por la hora temprana.
-No entiendo -dijo ella en un susurro tembloroso- no entiendo cuándo empezó. cómo no me di cuenta.
El bajó la mirada. Podía sentir la rabia contenida de su mujer.
El silencio la hacía estremecer.
-¿Qué pensaban hacer?¿Cuánto tiempo pensaban seguir sin decirme nada?
-Pensábamos decírtelo hace un mes. Pero no sabíamos como. No queríamos lastimarte.
La mujer tragó saliva y respiró profundo. Ahora venía el momento de no tener palabras. Ahora tenía que golpearlo con fuerza hasta que entendiese lo terrible de lo que habían hecho.
No podía entender que ese hombre le dijese con tanta impunidad palabras tan huecas como aquellas. "No queríamos lastimarte", "Lo hicimos por vos" "Yo siempre te voy a querer".
-Contame todo -dijo respirando con dificultad.
-¿Para qué querés saber? Va a ser peor.
La rabia le daba golpes punzantes en todo el cuerpo.
La sensación incontrolable de que ellos podrían haberlo evitado. De que se lo habían hecho a propósito.
Sonó el teléfono. El se quedó quieto y ella miró el identificador.
-Atendé -ordenó.
Él esperó, pero ella le gritó que atienda.
-Estoy charlando con Julia. Después te llamo.
Entonces, fatalmente se dio la vuelta afirmando su destino. El tono íntimo. La exclusión, el "después" en dónde ella no existía hicieron que algo se rompa en su cabeza.
Julia agarró uno de los candelabros que adornaban la mesa, se le abalanzó de repente con un grito de odio y le golpeó en la cabeza con brutalidad desquiciada.
Con el primer golpe el se dio vuelta sorprendido, el segundo lo hizo caer. Con velocidad vino el tercero que lo desmayó sin darle tiempo a darse cuenta de lo que estaba pasando. Y siguió golpeando una y otra vez hasta que estuvo muerto y siguió hasta que casi no quedó cara ni cráneo y hasta que no tuvo fuerzas y el odio fue un sollozo infantil y vino la calma. Entonces quizo morir ella, pero en vez de eso se recostó al lado del cuerpo con arrepentimiento brutal, pero sin culpas.
No se arrepentía de haber matado a alguien, se arrepentía por lo que había cambiado de su propia vida. Él, ahora, no era más que un muerto capaz de marcarle para siempre el futuro. Antes, le había dado la seguridad de saberse casada. La social, la económica. La de ser una dama. La que temía que otra le quitase.
Ahora lo único que había era el estorbo de su crimen.
Y todo estaba rojo.

La despertó un hombre rechoncho con cara de preocupación. Era un día brillante. Había pasado la noche en el auto y le dolía todo el cuerpo.
El hombre le mostraba el cartel de prohibido estacionar. Se dio cuenta que otras personas estaban mirándola también.
Se miró las manos. Limpias.
La cara desgreñada pero sin sangre.
Un segundo, era lo que había pedido para que su destino cambie. Siempre, toda la vida había pedido ese segundo. Una bifurcación.
Arrancó el auto sin contestarle a nadie, y estacionó a las dos cuadras.
Llamó por teléfono a su casa. La atendió una inesperada voz de mujer.
Pidió por su marido. Temiendo escuchar algo sobre el crimen, mintió cuando le preguntaron quien era. No sentía culpa por haberle quitado la vida a un hombre. Por lo único que se arrepentía, era por el giro bestial que podría tomar su vida de ser cierto aquello.
-Una amiga -mintió cuando le preguntaron quién era.
¿Había habido un asesinato? En su mente sin duda, pero quizás aún estaba a tiempo de elegir.
En esos pensamientos estaba cuando reconoció o recordó la voz.
Unas cartas, un mensaje, la sospecha desde hacía un año, los celos manipuladores, y el detonante: la llamada en el momento preciso que había decidido el futuro.
Su propia voz (o mejor dicho, la de la otra) hablándose a sí misma, entrando en la bifurcación de su destino desdoblado.
Para siempre, sin culpas.





cuentos, poemas, relatos, literatura

16 marzo 2006

Los Justos / Jorge Luis Borges













Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo
.


cuentos cortos, relatos breves, poemas

10 marzo 2006

Julio Cortázar

Progreso y retroceso
Inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía, empujaba un poco con la cabeza y pop ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca. Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viseversa, a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal que era muy fibroso. En seguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar adentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte.


cuentos, relatos cortos, sueños, pesadillas

09 marzo 2006

Casi siempre escribo sobre matar.
Yo no mataría ni una mosca,
tampoco Norman Bates.



















cuentos, poemas, sórdidos o felices, sueños y pesadillas literarias

07 marzo 2006

L.A ...P.I.E.D.R.A

Saqué a pasear a mi perro con su collar.
Una mujer jóven y elegante, iba caminando por la calle adelante mío.
Cada tanto se agachaba a mirar cosas en la zanja o en los canteros.
Yo la pasé, y cuando llegué a la esquina me detuve a juntar la mierda.

Entonces, ella se acercó a mi muy despacio y se me quedó mirando.
Pensé que me iba a decir algo sobre mi perro y su caca.
-Me encontré una piedrita y no la puedo tener, ¿La querés?
Y me dió un azulejito chiquito y sin valor.
Le dí las gracias.

Ella se quedó ahí, mirándome mientras yo volvía a mi casa.
La mierda en una mano y la piedrita en la otra.
A veces es azul.
Ahora está al lado del teclado.
He pensado en tirarla, pero me da culpa.
La pongo de dijecito en el collar de mi perro, y los saco a pasear.

Cuentos, relatos, desvaríos literarios, literatura

04 marzo 2006

S..i..n......t..í..t..u..l..o

Hoy pasé el Blog. Cuento por cuento y color por color.
El nombre del otro no me gustaba, y como por lo que leí, no se puede cambiar la url, cerré el otro y abrí este.
Fue uno de esos instantes de pelotudez que uno tiene, porque debería haber dejado abierto el otro y poner la nueva dirección. De todas formas, me parece que nadie entra.
Recorriendo otros blogs, me encontré con blogs abandonados desde hace tiempo, con posteos que no predicen para nada su suerte.
¿Me pregunto que será de la vida de aquella gente que los abrió?
Podrían haberse cansado, pero también podrían haberse muerto.
¡Qué vanal y poco comprometida es la vida de las relaciones virtuales!
En los blogs abandonados, tengo la sensación de estar flotando en un espacio silencioso. Como de ingravidez.


cuentos cortos, relatos breves, poemas en prosa

El niño no muerto


Está el museo, el silencio, el cuadro,
la pared, las pinturas invisibles, cuadro del niño.
Como todos los niños pintura antigua,
no es dulce;
Cruel, serio, sórdido,
tendrá una vida desquiciada,
prejuiciosa, programada.
Desde allí, (desde su vida futura pintada),
mira satánico y malvado.
No eran mejores los tiempos de antes.
El niño marinerito del cuadro seco lo confirma.
Lo confirma su represión,
su deseo de venganza,
el negro de sus fondos,
el gris de su mirada muerta tras los colores viejos.
Los ojos llenos, la no sonrisa.
Dale al niño un arma,un cuchillo, un fusil
dale una guerra (aunque ya la tenga)
al niño con cara de ángel.
Museo muerto, silencio.
Cuidado,si lo mirás más tiempo,
en cualquier momento,
te mata.

Teresa Piana 2006, cuentos cortos, poemas en prosa


La calle cuatro
Todo empezó con lo de los vidrios.Salí del edificio como todas las mañanas y Doña Esther, que estaba lustrando el portero eléctrico, me preguntó con voz neutra si había visto lo de la compra de los vidrios.
Yo lo había notado, pero no debí darle importancia
hasta que la encargada me lo recordó.
-Quisiera hablar con el administrador -dije cuando por fin me comuniqué.
-En este momento no está, ¿quiere dejar un mensaje?

Reviso el resúmen de los gastos de expensas. Mil quinientos pesos en compra de vidrios para el hall de entrada. Lo del cuarto piso también me llama la atención.
-No ha llegado todavía, ¿quiere dejar un mensaje?
Lo más raro son los dos mil pesos de antenas. .
-Es por lo del cuarto piso, lo de los vidrios, y lo de las antenas.
-Lo lamento, de esos temas se ocupa únicamente el señor Albertino.
Al cabo de dos días, consigo hablar con el señor Albertino.
-Quería saber que vidrios para el hall han sido comprados por mil quinientos pesos.
-Stock -me contesta el hombre.
-Pero si hace treinta años que aquí no se rompe un vidrio -contesto asombrada- Tampoco entiendo el gasto de dos mil pesos en antenas.
-Es lo que salen.
-¿Y de qué son las antenas?
-Si no confía puede venir a ver las boletas. Están todas a su disposición.
-¿Pero antenas de qué?
-Antenas, es obvio que están muy económicas, si usted quiere puede averiguar otros precios y verá que las conseguimos muy económicas.
-¿Y el arreglo del cuarto piso, ese que dice cambio de ventana a la calle Cuatro? De este edificio no se ve ninguna calle Cuatro. Creo que ni siquiera en la ciudad hay calle cuatro.
-Si mira bien, verá que desde el baño se ve la calle Cuatro. Por cierto, una vista muy bella.
Decido ir a hablar con el vecino del cuarto piso.
-Si, por supuesto -me dice indignado- desde aquí se ve mucho más que la calle cuatro.
-¿Vió el gasto de los vidrios?
-Stock, es una idea genial -se entusiasma- piense que durante treinta años aquí no se ha roto ninguno, por lo que según la ley de probabilidades, en cualquier momento pueden empezar a romperse todos juntos. Es matemática pura.
-Quizás podría usted decirme qué son las antenas que se compraron por dos mil pesos -intento saber aprovechando las matemáticas.

El hombre abre muy grandes los ojos. Por un instante sonrío y asiento ante el apoyo desmedido del vecino.
-¿Dos mil pesos? ¡Dos mil! ¿Se da cuenta? ¡Es baratísimo! -y me cierra la puerta en la cara mientras repite la cifra en voz baja.
Encuentro a Doña Esther lustrando el portero eléctrico y aprovecho para preguntarle si sabe a qué antenas se refiere el resúmen de gastos del mes.
-Lo de las antenas está bien. Antes que preocuparse por lo de las antenas, debería preocuparse por lo del ascensor.
-¿Qué le pasa al ascensor?

-Pregunte en la administración, ellos saben.
-
Hasta que no sepa que pasa, decido subir por las escaleras.
-Algo pasa con el ascensor -le digo a Albertino.
-Es cierto, pero hemos tomado cartas en el asunto. Todo está bajo control.
-¿Que tiene el ascensor?
-¿No lo sabe? Qué extraño, usted que tanto se interesa por las cuestiones del consorcio.
-No, no lo sé.
-Es curioso que no lo sepa viviendo usted en el séptimo. Sin duda sabe que se han comprado vidrios para el hall de entrada, y bueno, eso es esencial en lo del ascensor -parece concluír.
-¿Esencial?, No entiendo.
-¡Déjeme terminar! Cuando compramos las antenas, tuvimos en cuenta el ascensor, así que si se fija en el cuarto piso, es lo de siempre. Está todo resuelto como para que se siga en ese orden. No tiene nada de qué preocuparse. Ahora, si me disculpa, estoy muy ocupado con lo de las antenas. Como verá, siempre me ocupo de su edificio y siempre estoy a su disposición para aclarar sus dudas -me dice con una sonrisa en la voz, y me
corta.

Esa tarde, cuando vuelvo a casa después del trabajo, encuentro al señor Albertino hablando con la encargada que lustra el portero eléctrico.
-¡A usted estaba esperando! -me increpa. Por un instante temo que Albertino saque un arma y me mate, pero en cambio saca una carta y me la entrega.
-Para su tranquilidad, aquí le traigo lo que me pidió -y se va.
En casa, luego de subir por la escalera, abro el sobre. Es la boleta de las antenas
A lo lejos se escucha el ruido de un vidrio que se rompe.
Respiro profundo en la noche. Otro vidrio; mil vidrios.
Algunos, en casos como estos, podrían matar o suicidarse; otros, menos sensacionalistas, prefieren hacer juicios, mudarse o dejar que la cabeza gire como una calesita obsesiva. Yo, cierro los ojos, respiro profundo; y mientras oigo caer el ascensor repleto quién sabe de qué, contemplo con resignación las luces de la calle cuatro.


cuentos cortos, relatos breves, poemas en prosa

Espejo e infierno


Cuenta una famosa leyenda urbana que si te parás frente a un espejo a medianoche y te mirás fijo mientras las campanadas de alguna iglesia dan las doce, en el momento en el que suena la última campanada, verás el rostro del demonio, y tu alma estará condenada eternamente al infierno.
La historia tiene sus variantes, en algunas se ilumina el rostro con una vela, en otras se repite una frase un número determinado de veces; pero en esencia es la misma. Sé que el hecho de hablar de ella es infantil y sin embargo he estado mirándome fijo en el espejo a las doce de la noche algunas veces, creo; claro que nunca pasó nada, y no piensen que voy a terminar la historia diciendo que esta vez por fin he visto algo. No es esa mi intención. Nunca vi ni veré nada en el espejo. No recuerdo bien con que frecuencia hago esto, pero nunca he visto algo.
Esta vez no será distinto.
Se ha escrito mucho sobre los espejos. Transporte a mundos mágicos o infernales. Sabios, místicos, omniscientes espejos. Espejos abominables; veraces o futuristas.
El mío es un espejo común, y es una sensación de dejadez la que me paraliza frente al espejo esta noche cuando me doy cuenta, como saliendo de un sueño, que está terminando de sonar la primera campanada de la iglesia de la avenida.
Y debo reconocer que tengo miedo, como si algo me dijese que deje de mirarme. Tengo suerte de tener una iglesia a media cuadra, porque si la leyenda es cierta, sólo podemos comprobarlo los que vivimos cerca de una iglesia y podemos oír las campanadas nocturnas.

La segunda campanada y un bocinazo me vuelve a la realidad. Si bien sé que nada pasará, me doy cuenta que espero que algo pase. Después de todo, si algo pasase, sería como confirmar la existencia de Dios, porque si existe el Diablo debería existir Dios.

Tercera campanada y volviendo al clima. Otra vez espero que algo suceda, aunque preferiría que no, y créanme que esto no es un cuento de terror. Igual, siento aprensión. Si confirmo la existencia del Diablo, no significa forzosamente que exista Dios, pero si existiese, ¿querría yo comprobar la existencia de un Dios que en el instante en el que por fin creo en el, me manda directamente al infierno?

La lenta cuarta campanada, suena bizarra como una vieja película de vampiros. En el pecho siento una ansiedad creciente. Las películas de horror se basan en la sorpresa que causa el descreimiento. Los que mueren son los descreídos, los irrespetuosos de las leyendas. Tengo una sensación de intranquilidad, un cosquilleo de ansiedad. Pero si Dios ni siquiera existe y estamos en manos del diablo, mirar o no mirar el espejo no supone ninguna diferencia.

Y la quinta campanada suena helada. Noto que mi mente y mi cuerpo están preparados para tener miedo. Reconozco que estoy sugestionada y todo me sobresalta. Ahora estamos el espejo, las campanadas y yo. Y también el Diablo como figura posible, y el infierno. Quizás, romper el círculo sería lo correcto.

Lo único que está en este momento es la sexta campanada retumbando en mi cabeza. Mis ojos fijos. Mi mente que espera pero no espera. Me digo que quizá esta vez podría ser distinto.

Séptima campanada, quiero llegar al final. Hay un desafío, y aunque sé que pasará lo de siempre no me tranquilizo. Es que en el fondo, tener la prueba de que cualquier mito existe, es como entrar en un mundo fantástico. En este caso, un mundo de pesadilla. Y la sugestión me lleva al pánico.

Octava campanada casi muda de silencio. No hay calle ni edificios, hay sólo campanadas lejanas. Miro de reojo, y cada mínimo sonido me sobresalta. Estoy aterrada. Con ansiedad creciente pienso por primera vez en la locura.

La novena campanada me sumerge en un remolino de negrura. ¿Y si en el instante de la campanada final mi mente se rompe y quedo loca para siempre en un infierno imaginario? Considero como otras veces la posibilidad de irme, pero estoy pegada al espejo aunque me propongo llegar al final.

Décima campanada. El corazón me late fuerte. Siento cómo un escalofrío me recorre la espalda, descubro que eso no es una simple frase, es como un dedo frío caminando por mi espina dorsal. Ante mí están mis ojos fijos muy abiertos en medio de un mar esfumado de oscuridad.

Undécima campanada. Los nervios cortan mi respiración. La garganta se me seca de improviso. Faltan unos segundos. Siento la cabeza como un globo y un fino sudor nace de mis sienes hinchadas. Las manos agarrotadas en el vacío. Una brisa me roza la frente, como la locura.
Pero como ya dije antes, sucederá lo de siempre.

Antes de la última campanada, con un suspiro de alivio, cierro decididamente el espejo; y entonces, recuerdo por un instante, con súbito vértigo mientras suena la primera campanada, que mi infierno es la repetición diabólica de este episodio cobarde, eterno y circular.

cuentos cortos, cuentos, cuentos breves, relatos, literatura

Matar al vendedor

Es fácil imaginarse asesinando a algunos vendedores que intentan venderte un zapato de frágil taco aguja y altura ilimitada.
Es de cabritilla roja resplandeciente.
Yo quería los bajos de color negro, pero él me ha traído este modelo rojo taco de hilo e insiste emperrado en vendérmelo.
-Es que los tacos les sientan bien a las mujeres -me dice el joven de sonrisa crónica.
-No uso tacos y no me gusta el rojo.
-Debería probarlos, hace que la postura sea más sensual.
-No sé caminar con tacos.
-Es cuestión de costumbre- Y su sonrisa centellea.
-No me interesan los tacos, -digo empezándome a sentir incómoda- además creo que voy a seguir mirando vidrieras antes de decidirme.
-Pero este zapato a usted la favorece. Fíjese, le combina con el pelo -y sus dientes titilan como luces de kermese.
-También combinan con su lapicera -contesto esta vez con seca irritación -¿Porque no los usa usted?
Ahora brilla de felicidad y me pregunto por qué no me voy y para qué quiero yo hacerle entender a este hombre necio que a mí los tacos no me sientan bien.
-Los tacos se acompañan con vestimenta especial, a esa pollera por ejemplo le quedarían bien.
-También a esos pantalones, de hecho mi hermana tiene unos parecidos y los acompaña con tacos.
-No son mi número -me explica con voz festiva.
No entiendo como nadie lo mató hasta ahora. Sus labios tensos me miran en una mueca macabra.
Intento explicarle que así no es, que de esta manera alguien algún día lo va a asesinar, pero él sonríe y sonríe y además asiente.
-Parecerá más delgada -está diciendo ahora, e imagino el taco incrustado en su cráneo, el taco rojo y brillante con la sangre de rubí inundando el esmalte radiante de su sonrisa.
-No necesita llevar nada más que estos zapatos para lucir elegante.
¿No entiende que lo van a matar? ¿Es que no percibe la locura en la mirada o el silencio helado que lo rodea?
¿Que espero para escapar de esa sonrisa payasesca?
Advierto con horror que no es él quien está intentando venderme obstinadamente el zapato; soy yo. Yo, empecinada y terca, soy la que intenta venderle la comprensión. Pero sin embargo no comprendo nada.
El olvido sería una solución, pero me faltan fuerzas.
La serenidad me embarga cuando descubro resignada que mi destino es quedarme.
Alguien va a entrar algún día con el coraje suficiente y no querría perderme por nada del mundo, el instante perfecto y único de su muerte.


Teresa Piana 2005 (relato breve)
cuentos cortos, relatos, sueños y pesadillas literarias

Oliverio Girondo -12



Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden y se entregan.


Oliverio Girondo

Cuentos, relatos, poemas.



La muerta de al lado (Sin crónica)



Hoy mataron a la de al lado. Casi treinta puñaladas.

La policía me tuvo toda la tarde en la comisaría.
Yo lo ví al tipo, pero en ese momento no podía saber que la persona con la que hablaba, era un asesino brotado.
-¿Qué pasó? -pregunta estúpida a alguien que acaba de reventar a cuchilladas a su amante
-No sé, no sé.
Hacía una hora que discutían.
En la comisaría me preguntaron todo. Aunque no tuviese valor legal.
-¿Y cuándo se compró?¿Cuándo? -le gritaba ella.
Susurros indefinidos de el.
-¡Sabés que no es verdad! ¡Es obvio que se olvidó!
El contesta algo que no se entiende "en las dos", agrega.
-Nada que ver -ella se ríe.
Susurros de el. Risas de ella.
-¿En dónde?¡carajo! -es lo único claro que se le escucha a el.
Entonces ella empezó a gritar. Y realmente, gritaba como si la estuvieran matando.
Gritó todo el tiempo en el que yo me vestía para asomarme a ver qué pasaba. Y entre los gritos, se sentían las emebestidas contra la pared que da justo a mi dormitorio.
Primero pensé que ella estaba teniendo alguna crisis de locura. Después, que él la estaría golpeando fuerte, pero matándola nunca.
Entonces me empecé a vestir.Cuando salí al pasillo habrían pasado diez o quince minutos. La puerta de mi departamento se cerró de golpe y el salió del de ella corriendo cubierto de sangre. Se oía que otras personas salían de sus casas. Ahora sé que quizás eso me salvó la vida.
-¿Qué pasó? -porque uno cree que los asesinos no existen, o que nunca va a estar delante de uno
¿Cómo suponer que la sangre no era de un accidente y que era lo único que había quedado vivo de la chica de al lado?
-No sé, no sé - y se fué corriendo dejando la puerta abierta.No tenía la mirada terrible que debería tener un asesino pasional en el momento del crímen. Tenía la mirada de nada.
Algunas personas rumoreaban en los pasillos superiores, mientras yo iba entrando y encontrándola muerta. Desfigurada. Carne picada sobre la pared que del otro lado es mi dormitorio. Rojo por todos lados. Juro que no me imaginé nunca que adentro de una persona podía haber tanta sangre, y que por primera vez comprobé la frase repetida en tantos lugares sobre el "olor a sangre", que yo jamás había sentido. Reventada e irreconocible.
Sólo en ese momento, sentí miedo, pero no grité.

Me quedé congelada unos segundos, con el pecho agarrotado hasta que la gente empezó a bajar.
La toqué, porque aún en esa masacre infernal tuve dudas de su muerte, y todavía siento la sensación de plasticola resbaladiza en las yemas de mis dedos.
Creo que no tendría más de veinte años. Siempre prolija. Siempre buenita.
La madre llegó después, con el hermano. No se la dejaron ver, le dieron algo. Me lloraba a los gritos.
-¡Fué el hijo de puta de Antonio! ¡Ese es Antonio! ¡Yo sabía que iba a terminar así! ¡Maldito hijo de puta!
Era Antonio. Facilísimo. Ya está detenido. Parece que ni se mosqueó cuando lo fueron a buscar a la casa. Estaba ahí, dócil, entregado y lleno de sangre. Parece que en la calle nadie lo vió.
Me había hablado, me había mirado, me había escuchado ( o ninguna de las tres cosas) y ningún diario, ni ningún medio dijeron nada.
Policías, policías y más policías.
Tarde de calor asfixiante en la comisaría donde me trataron como si a la pendeja la hubiera matado yo.
Los vecinos me miran, se mueren por preguntar. Yo me muero por hablar, pero sigo el patrón social del "no quiero hablar de eso, mejor no, me hace mal, prefiero no recordar", porque de eso no se habla.
¿Hay algo más morboso que el placer de haber sido casi testigo de algo prácticamente fílmico?
No salió en ningún diario, pero es evidente, que la vida real también existe.

Dudo que pueda no soñar. Estuve con nauseas todo el día, desde que el olor a sangre se me pegó a la nariz.
La cabeza inflada por el calor y el ruido.
¿Porqué negarlo? En mi vida vacía, la muerte de esta mujer algo anónima, ha sido una maravilla. Una fiesta.
Ahora espero la segunda.

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Catalina esperando bajo el laurel


A Catalina la vieja, se la chupa el mosquito. El único mosquito que a mi no me pica nunca.
No es que esté celosa. Añosa, esperando bajo el laurel, devorada, Catalina suplica por un poco de off.
Hace años que a mi no me pican. Como si mi sangre se hubiese secado. Como si no tuviese sangre.

Así estoy a salvo de los vampiros, mejor para mí. Pero sé que la gente me mira como si Catalina fuese mejor.
Y tienen razón.


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